Canadá anunció que tiene la intención de reconocer oficialmente al Estado palestino durante la próxima Asamblea General de Naciones Unidas. Con esta decisión, el gobierno del primer ministro Mark Carney refuerza una nueva corriente diplomática que ya integran Francia y el Reino Unido, elevando la presión internacional sobre Israel en un momento crítico del conflicto en Gaza.
El anuncio llega en medio de un clima de condena global por la crisis humanitaria que afecta a la Franja de Gaza y tras crecientes llamados a preservar la viabilidad de una solución de dos Estados. Carney señaló que los hechos sobre el terreno —los asentamientos, las expropiaciones y las muertes— amenazan con convertir esa solución en una ilusión irrecuperable.
La medida incluye condiciones: la Autoridad Palestina deberá comprometerse a realizar elecciones en 2026, sin participación del movimiento Hamas, y avanzar en la desmilitarización del territorio. Según Ottawa, el presidente Mahmoud Abbas ha manifestado su disposición a iniciar este proceso como paso necesario hacia la paz regional.
Israel ha respondido con firmeza. Desde Tel Aviv, el Ministerio de Relaciones Exteriores calificó la declaración canadiense como una “recompensa al Hamas” y acusó a Ottawa de entorpecer los esfuerzos por un cese del fuego. A su vez, voces cercanas a Washington advirtieron que esta decisión podría afectar relaciones económicas entre Canadá y Estados Unidos.
El gesto canadiense representa un giro sustancial respecto a su histórica postura diplomática. Durante décadas, Canadá fue uno de los aliados más constantes de Israel dentro del G7, respaldando su derecho a la seguridad y votando sistemáticamente en contra de resoluciones críticas. Sin embargo, los recientes gobiernos liberales han optado por una posición más equilibrada, defendiendo simultáneamente los derechos del pueblo palestino.
Con este movimiento, Canadá marca distancia frente a la parálisis diplomática de años anteriores. Reconocer a Palestina en el marco de Naciones Unidas no implica un cambio inmediato sobre el terreno, pero sí establece una señal clara de que la comunidad internacional comienza a reorganizar sus prioridades frente a un conflicto cada vez más insostenible.
El reconocimiento buscado por Ottawa se presenta como un acto de responsabilidad geopolítica. En palabras del propio Carney, la política exterior no puede ser rehén del inmovilismo. Lo que está en juego la posibilidad misma de evitar una generación más nacida en guerra.
En este escenario, el gesto canadiense suma peso simbólico y práctico. La incorporación de otro miembro del G7 a la lista de países que apoyan activamente la solución de dos Estados indica una pérdida de consenso para el actual gobierno israelí, que mantiene su negativa a cualquier fórmula que implique reconocer formalmente a Palestina.
El tablero diplomático se está moviendo. Lo que parecía una declaración retórica hace pocos años —reconocer al Estado palestino como paso hacia la paz— empieza a consolidarse como una herramienta concreta de presión internacional. Canadá, Francia y el Reino Unido, cada uno a su manera, han decidido no quedarse inmóviles.
La pregunta gira ahora en torno a cuántos países se sumarán al reconocimiento de Palestina antes de que ese acto adquiera un peso político real.