Europa entra en una fase de recomposición estratégica en la que los equilibrios heredados de la posguerra se mueven con rapidez. El acelerado rearme de Alemania, impulsado tras la invasión rusa de Ucrania, constituye uno de los cambios más profundos del paisaje geopolítico europeo desde el fin de la Guerra Fría. Berlín avanza hacia un papel militar central, asumido y pensado para perdurar.
La hoja de ruta es clara. Las autoridades alemanas proyectan ampliar sus fuerzas armadas hasta 260.000 efectivos activos, frente a los cerca de 180.000 actuales. Si el reclutamiento voluntario no alcanza los objetivos, el retorno del servicio militar obligatorio a partir de 2027 figura entre las opciones oficialmente contempladas. La posibilidad supone una ruptura simbólica relevante en una sociedad que durante décadas evitó cualquier normalización del hecho militar.
En el plano presupuestario, el salto de escala resulta igual de significativo. Tras la creación en 2022 de un fondo extraordinario de 100.000 millones de euros, Berlín aspira ahora a un esfuerzo global en defensa equivalente al 5 % del PIB, incorporando el gasto en infraestructuras vinculadas al sector. Para 2029, Alemania podría destinar alrededor de 150.000 millones de euros anuales a defensa, superando con holgura a Francia y consolidándose como la primera potencia militar convencional de Europa dentro de la OTAN.
Este giro cuestiona un equilibrio tácito que estructuró la construcción europea durante décadas: a París le correspondía la primacía militar; a Berlín, la potencia económica. Esa división ayudó a contener las memorias conflictivas de las guerras franco-alemanas. El despliegue en 2025 de la primera brigada alemana permanente en el extranjero desde 1945, en Lituania, consagra un cambio doctrinal. Alemania deja de limitarse a financiar la seguridad europea y pasa a contribuir de forma directa.
De manera oficial, el viraje se justifica por la percepción de una amenaza rusa persistente. Desde Moscú se denuncia una instrumentalización del riesgo para legitimar una militarización que evoca episodios oscuros de la historia alemana. Más allá del discurso, el movimiento parece estructural. Polonia, muy activa en el esfuerzo militar, incrementa también de forma notable su gasto. Ningún otro país europeo dispone, sin embargo, del mismo músculo financiero, del mismo crédito internacional ni de una capacidad industrial comparable a la alemana.
La Unión Europea ha validado un relajamiento inédito de las reglas presupuestarias para facilitar estas inversiones. La decisión refuerza la lógica de largo plazo del proyecto conocido como Zeitenwende, el “cambio de época”. Según diversos analistas, las fuerzas alemanas podrían convertirse en el pilar de la defensa convencional europea, aunque los desafíos humanos, industriales y políticos siguen siendo considerables.
Otro factor pesa de manera decisiva. La incertidumbre asociada a la política estadounidense y a la figura de Donald Trump ha erosionado la confianza europea. Berlín apuesta ahora por una autonomía estratégica reforzada, especialmente en el ámbito industrial, limitando de forma deliberada la cuota de proveedores estadounidenses. Esta orientación beneficia a grupos como Rheinmetall, cuya expansión ilustra la transformación en marcha.
El desenlace de la guerra en Ucrania sigue siendo una incógnita. Una paz negociada podría ralentizar el ritmo, sin alterar la dirección general. Los compromisos de inversión previstos hasta 2035 superan ya los 370.000 millones de euros, señal de una apuesta concebida para el largo plazo.
Alemania cambia de postura y, con ella, Europa. El rearme alemán deja de ser un ajuste coyuntural para convertirse en un factor estructural que redefine los equilibrios internos de la Unión y los márgenes de poder del continente. La cuestión de fondo queda abierta: si Europa será capaz de integrar esta nueva centralidad militar alemana dentro de una coherencia estratégica común en un mundo cada vez más fragmentado.