Berlín. Alemania ha introducido este martes una nota de fuerte incomodidad política y jurídica en plena escalada bélica contra Irán. El presidente federal, Frank-Walter Steinmeier, calificó la ofensiva lanzada por Estados Unidos e Israel de “ilegal” y de “guerra evitable e innecesaria”, en una intervención pronunciada en Berlín durante la conmemoración del 75º aniversario de la refundación del Ministerio de Asuntos Exteriores alemán.
La dureza del pronunciamiento no pasó desapercibida. Steinmeier sostuvo que hay “pocas dudas” sobre la ilegalidad de la guerra y la definió además como un “error políticamente desastroso”, marcando así una distancia visible respecto a la cautela con la que el Gobierno alemán había evitado hasta ahora una calificación tan rotunda.
El jefe del Estado alemán vinculó su crítica a la demolición de la vía diplomática abierta en 2015 con el acuerdo nuclear con Irán. Recordó que, tras aquel pacto, Teherán nunca estuvo tan lejos de la bomba atómica como entonces, y lamentó que Washington abandonara unilateralmente el entendimiento en 2018 durante el primer mandato de Donald Trump. Según su argumento, si el objetivo real era impedir la nuclearización iraní, la guerra no solo era evitable: era la peor vía posible.
Steinmeier, que fue ministro de Exteriores en la etapa en que se cerró ese acuerdo, defendió de forma implícita la tesis de que el colapso del marco negociado abrió el camino al actual incendio regional. Su mensaje encierra una crítica doble: a la opción militar inmediata y a la frivolidad estratégica con la que, en su opinión, se despreció un mecanismo diplomático que sí había contenido el programa nuclear iraní.
Más allá de Irán, el presidente alemán aprovechó su discurso para reivindicar el derecho internacional como pilar de la seguridad europea. Advirtió de que Europa no puede sobrevivir en un mundo gobernado por la fuerza bruta y defendió que las violaciones del derecho no deben dejar de llamarse por su nombre, incluso cuando proceden de aliados occidentales.
La declaración adquiere un peso particular porque no llega desde una voz marginal del debate alemán, sino desde una de las figuras más experimentadas del establishment diplomático del país. Y, sobre todo, porque reabre una fractura incómoda en Occidente: la distancia entre quienes siguen invocando la legalidad internacional y quienes la subordinan, una vez más, a la lógica de las bombas.