La monarquía española que mira hacia el futuro: de las lecciones del pasado a una heredera de la Generación Z
El año 2025 marca un punto de inflexión para la Casa del Rey. Al tiempo Felipe VI consolida un reinado basado en transparencia y servicio público, la princesa Leonor emerge como símbolo de renovación. Más mujeres en puestos clave, menos presencia militar, apertura institucional, la monarquía española intenta construir un modelo para el siglo XXI. Pero la publicación de las memorias del rey emérito desde Abu Dabi es un recordatorio incómodo: no se puede mirar al futuro sin haber saldado cuentas con el pasado. Este balance de 2025 analiza los cambios, los desafíos y plantea la pregunta crucial: ¿puede la corona española reinventarse?
El 24 de diciembre de 2025, Felipe VI pronunció su tradicional mensaje de Navidad desde el salón de Columnas del Palacio Real. Como cada año desde su proclamación en 2014, el discurso fue una pieza de equilibrio entre la defensa de la democracia y el reconocimiento de las dificultades que atraviesa el país. «En democracia, las ideas propias nunca pueden ser dogmas, ni las ajenas, amenazas», afirmó el Rey, en clara alusión a la polarización política que atraviesa España.
No mencionó a su padre. No hubo referencias al 50 aniversario de la restauración de la monarquía tras la muerte de Franco. Y, sobre todo, ninguna palabra sobre la publicación de «Reconciliación», las memorias de Juan Carlos I desde Abu Dabi, que apenas tres semanas antes habían desatado la polémica en España. Ese silencio institucional es elocuente: La Zarzuela ha decidido que la mejor estrategia para lidiar con el pasado es construir un futuro radicalmente diferente.

Leonor: heredera de la Generación Z
Ese futuro tiene rostro joven, femenino y militar: la princesa Leonor. A sus 19 años recién cumplidos el 31 de octubre, la heredera al trono representa todo lo que su abuelo no fue. Cuando Juan Carlos I se formaba en las academias militares en los años 50, España era una dictadura y los cuarteles estaban llenos de «héroes de la Guerra Civil», como él mismo escribe en sus memorias. Leonor, en cambio, se forma en un Ejército plenamente democrático y profesionalizado.
La primogénita de los Reyes está cursando su segundo año en la Academia General del Aire y del Espacio en San Javier (Murcia), siguiendo el modelo que Franco diseñó para Juan Carlos I y que éste replicó con Felipe VI: formación militar en las tres academias antes de ir a la universidad. Pero las diferencias son sustanciales. Juan Carlos I cuenta en «Reconciliación» cómo le castigaban por tener un chimpancé mascota en el cuartel, cómo los instructores eran todos hombres y militares franquistas, cómo el adoctrinamiento era explícito.
Leonor se forma en academias donde la presencia de mujeres es cada vez mayor, donde no hay adoctrinamiento político, donde la profesionalización prima sobre el espíritu de casta. «Leonor necesita una presencia pública dosificada, gente y coherente, donde la cercanía monárquica institucional sino actualiza se trivializa», explica Camilo Villarino, actual jefe de la Casa del Rey.
El desafío de Leonor es generacional. Según datos del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) de noviembre de 2025, el 61% de los españoles menores de 30 años se declara indiferente o contrario a la monarquía. Solo un 28% expresa apoyo a la institución. La tarea de la princesa —querida o heredada— será reconectar con una generación que desconfía de las instituciones pero valora la autenticidad.
«Tiene credibilidad innata», afirma el historiador Emilio Lamo de Espinosa, catedrático emérito y presidente del Real Instituto Elcano. «Es una suerte para los españoles», añade, en referencia a su formación internacional en el UWC Atlantic College de Gales. El informe concluye que «la princesa Leonor necesita establecerse en vínculo con las generaciones más jóvenes, ayudando a mantener la fiabilidad de la monarquía en una sociedad cambiante».

La transformación silenciosa de La Zarzuela
Más allá del simbolismo de Leonor, la Casa del Rey ha experimentado cambios estructurales profundos en los últimos años. El más visible: la feminización de la cúpula directiva. Durante el reinado de Juan Carlos I, La Zarzuela fue un entorno eminentemente masculino y militar. Sus colaboradores más cercanos eran generales, diplomáticos varones, hombres de Estado que reproducían un modelo de poder patriarcal.
Hoy, la secretaria de la Reina es mujer. La consejera diplomática es mujer. El último bastión en renovarse ha sido el departamento de Comunicación, tradicionalmente el más conservador de La Zarzuela. Cuando llegó Camilo Villarino como jefe de la Casa en 2024, se encontró con «una Casa muchísimo más profesional que la de sus antecesoras —las infantas Elena y Cristina no forman parte de la Familia Real oficial—, cree que la que diferencia la monarquía de Felipe VI de la de su padre en que ahora «la institución está encontrando su sitio sin necesitarle a nadie en concreto pero con un mensaje dirigido a nadie en concreto pero con un mensaje dirigido a todos».
En 2024, Felipe VI nombró a María Ocaña, civil de 51 años y abogada del Estado, como secretaria de la reina Letizia en sustitución de José Manuel Zuleta y Alejandro, un general de división del Ejército de Tierra. El cambio fue simbólico: de lo militar a lo civil, de lo masculino a lo femenino, de la opacidad a la profesionalización.
La Casa del Rey inauguró cuenta en Instagram en 2018, acumula más de un millón de seguidores y utiliza las redes sociales para acercar la institución a los jóvenes. Es un contraste radical con el modelo de Juan Carlos I, que cultivó durante décadas una imagen de rey inaccesible, rodeado de misterio y opacidad.
El discurso navideño: cohesión frente a fragmentación
El mensaje de Felipe VI el 24 de diciembre fue una defensa de la convivencia democrática en tiempos de polarización. «Vivimos tiempos ciertamente exigentes. Muchos ciudadanos sienten que el aumento del coste de la vida limita sus opciones de progreso, que el acceso a la vivienda es un obstáculo para los proyectos de tantos jóvenes», reconoció el Rey.
Fue un discurso que esquivó cualquier referencia al aniversario de la monarquía parlamentaria —22 de noviembre de 1975— y que no incluyó ninguna mención, ni siquiera velada, a las memorias de su padre. La estrategia de la Zarzuela es clara: ignorar el ruido, concentrarse en el mensaje institucional, reforzar el papel arbitral y moderador del Rey.
Pero el contexto es complicado. El Gobierno de coalición presidido por Pedro Sánchez incluye a Sumar y cuenta con el apoyo parlamentario de formaciones independentistas y republicanas. El PSOE, históricamente monárquico por pragmatismo, mantiene una postura ambigua. Y la derecha, aunque oficialmente monárquica, nunca ha perdonado del todo a Felipe VI su distanciamiento de Juan Carlos I.

La sombra de Abu Dabi: un pasado que condiciona el presente
Tres semanas antes del mensaje navideño, las librerías españolas recibieron «Reconciliación». El libro de Juan Carlos I alcanzó el número uno en ventas en 24 horas, a pesar —o quizá gracias a— la polémica. La Zarzuela lo calificó de «innecesario e inoportuno». El Gobierno guardó silencio prudente. Y los medios se lanzaron a analizar cada página.
El timing no pudo ser peor para la institución. Justo cuando Felipe VI intenta consolidar una narrativa de modernización y transparencia, su padre publica 500 páginas defendiendo un modelo personalista donde el rey se confunde con el Estado. Justo cuando la Casa del Rey profesionaliza sus equipos, Juan Carlos I justifica cuatro décadas de opacidad.
Las memorias contienen pasajes reveladores sobre Leonor. «Ella hubiera deseado transmitirles la genealogía, la historia y los valores de nuestra familia. Y algunos consejos de reina emérita con una trayectoria impecable a una futura Reina», escribe el rey emérito sobre el deseo frustrado de la reina Sofía de tener relación con sus nietas. La queja es genuina: nunca han podido ver a Leonor y Sofía libremente, aunque viven «a escasos cien metros de distancia».
Pero Juan Carlos I nunca se pregunta por qué. La respuesta es obvia: Felipe y Letizia decidieron que sus hijas crecieran alejadas del modelo de su abuelo. Que Leonor representara otra cosa: servicio público en lugar de privilegio personal, transparencia en lugar de opacidad, ejemplaridad en lugar de escándalo.
2025, desafíos estructurales: dos monarquías coexistiendo
La monarquía española enfrenta desafíos que ningún cambio cosmético puede resolver. El sentimiento republicano crece, especialmente entre los jóvenes. Según el CIS, un 49% de los españoles se declara indiferente a la forma de Estado, solo un 34% apoya explícitamente la monarquía, y un 17% prefiere la república.
Los escándalos de Juan Carlos I dejaron heridas profundas. Aunque la Fiscalía archivó las investigaciones por prescripción e inviolabilidad, la percepción pública es clara: el rey emérito se enriqueció de manera opaca durante décadas y solo la inmunidad le salvó de los tribunales. Felipe VI ha hecho todo lo posible por distanciarse: renunció a la herencia paterna, retiró la asignación económica a su padre, aceptó su exilio. Pero la pregunta persiste: ¿es suficiente?
El año 2025 quedará como el momento en que dos versiones de la monarquía española coexistieron incómodamente. Por un lado, la de Felipe VI: institucional, discreta, moderna, representada por Leonor formándose en la Academia del Aire. Por otro, la de Juan Carlos I: personalista, opaca, revisionista, representada por las memorias escritas desde Abu Dabi.
Ambas compiten por definir qué significa ser monarca en España. Y la paradoja es que mientras Felipe VI intenta pasar página, su padre la reescribe constantemente. Mientras la Casa del Rey se profesionaliza, Juan Carlos I justifica décadas de privilegios. Mientras Leonor representa el futuro, su abuelo se aferra a un pasado glorificado.
El 50 aniversario de la monarquía parlamentaria —22 de noviembre de 1975— pasó discretamente. No hubo grandes celebraciones. La Casa del Rey optó por un perfil bajo, consciente de que celebrar mientras el rey emérito está exiliado habría sido políticamente insostenible.
Ese silencio también es una declaración de intenciones. Felipe VI no quiere que la institución mire al pasado. Quiere que mire al futuro. Y ese futuro se llama Leonor: una princesa que se forma en un Ejército democrático, que estudió en Gales, que habla perfectamente inglés, que representa una monarquía del siglo XXI.

¿Puede sobrevivir la monarquía española?
Juan Carlos I se hace esta pregunta en sus memorias: «¿Continuarán existiendo [las monarquías europeas] a lo largo del siglo XXI?». Y responde: «Las monarquías sobreviven mientras cumplen una función: representar la unidad nacional, encarnar la estabilidad, mantener la continuidad institucional. Pero cuando un monarca se convierte en fuente de división, de escándalo, de inestabilidad, pierde su razón de ser».
Es una reflexión irónica viniendo de quien encarna exactamente eso que describe. Juan Carlos I fue fuente de escándalo, de inestabilidad, de división. Si la monarquía española sobrevive al siglo XXI, será a pesar de él, no gracias a él.
Felipe VI lo entiende. Por eso la distancia absoluta con su padre. Por eso la apuesta radical por un modelo diferente. Por eso Leonor como símbolo de renovación. Pero el desafío es estructural: ¿puede una institución hereditaria sobrevivir en democracias del siglo XXI que exigen transparencia absoluta?
La respuesta depende de si la monarquía logra convencer a los españoles —especialmente a los jóvenes— de que es útil, necesaria, ejemplar. De momento, los datos no son alentadores. Un 49% de indiferencia no es un voto de confianza. Es un «ya veremos». Y el tiempo para demostrar utilidad se agota.
España cierra 2025 con una monarquía en transformación. Más profesional, más feminizada, más transparente que nunca. Pero también con una sombra que no se disipa: un rey emérito exiliado que publica memorias revisionistas justo cuando su hijo intenta pasar página. La reconciliación que Juan Carlos I busca es imposible sin verdad, sin humildad, sin arrepentimiento genuino. Y su libro demuestra que ninguna de esas tres cosas existe.
La monarquía española mira al futuro con Leonor. Pero el pasado, personificado en Juan Carlos I desde Abu Dabi, sigue condicionando el presente. Esa tensión irresuelta es el mayor desafío de la institución: construir legitimidad futura sobre un pasado que nunca fue saldado. 2025 no resolvió esa contradicción. Solo la hizo más evidente.