El Códice Azcatitlán vuelve a México, pero solo de forma temporal

18 septembre 2026 - 07:55

El manuscrito indígena que narra el origen, esplendor y caída de México-Tenochtitlán se exhibe hasta el 31 de diciembre en el Museo Nacional de Antropología. Su llegada desde Francia constituye un hito cultural y diplomático, aunque no resuelve el debate sobre la restitución definitiva de este patrimonio.

El Códice Azcatitlán ha regresado a México por primera vez en más de siglo y medio. El manuscrito, conservado en la Biblioteca Nacional de Francia desde finales del siglo XIX, se exhibe desde este jueves en el Museo Nacional de Antropología de Ciudad de México, dentro de un intercambio cultural acordado por ambos países con motivo del bicentenario de sus relaciones diplomáticas.

No se trata, sin embargo, de una devolución. Francia ha cedido temporalmente la obra —o una selección de sus folios— hasta el 31 de diciembre, mientras México prestará a Francia el Códice Boturini. El gesto permite que el público mexicano contemple una de las crónicas visuales más valiosas de la historia mexica, pero mantiene abierto el desacuerdo sobre la titularidad y la restitución de los manuscritos indígenas conservados fuera del país.

El Azcatitlán fue elaborado en el siglo XVI, tras la conquista española, por artistas indígenas. Combina pictogramas de tradición mesoamericana con elementos gráficos y materiales introducidos durante el periodo colonial. Sus escenas reconstruyen el largo recorrido de los mexicas desde Aztlán, lugar mítico de origen, hasta la fundación de México-Tenochtitlán; muestran la sucesión de sus gobernantes, la llegada de los conquistadores españoles, la caída de la ciudad en 1521 y el inicio de la evangelización.

La riqueza del documento reside tanto en lo que narra como en la forma en que lo hace. Guerreros con penachos, templos, rituales, gobernantes y escenas de violencia ocupan sus páginas con una policromía intensa. No es solo una ilustración del pasado: es una escritura histórica concebida desde una tradición indígena que sobrevivió a la ruptura de la conquista.

La exposición permite contemplar dos folios del códice en una urna especial, junto a otros documentos vinculados al mundo mesoamericano. Para México, su presencia posee una dimensión simbólica que va más allá de la sala de un museo: acerca a las comunidades y al público a una parte de su memoria histórica que durante generaciones permaneció al otro lado del Atlántico.

El recorrido del manuscrito explica, en parte, la sensibilidad que rodea su regreso. Tras circular por distintas manos en México, fue adquirido por el investigador francés Joseph Aubin y salió del país en 1848 junto con otros documentos indígenas. En 1889 pasó a la colección del franco-mexicano Eugène Goupil y, tras la muerte de este, fue donado a la Biblioteca Nacional de Francia en 1898 con la condición de que el conjunto permaneciera íntegro en esa institución.

Las autoridades francesas sostienen que la posesión del códice es legal y alegan límites jurídicos para su restitución. México, por su parte, reclama desde hace años el retorno permanente de piezas que considera fundamentales para su patrimonio. El debate incluye también el Códice Borbónico, custodiado por la Asamblea Nacional francesa y de especial importancia para el conocimiento de los calendarios y rituales mexicas.

El préstamo del Azcatitlán no zanja esa discusión, pero introduce una diferencia relevante: hace visible una memoria que no puede quedar reducida a los inventarios de una colección extranjera. La diplomacia cultural abre una puerta, aunque todavía queda por decidir si esa puerta conduce a una cooperación basada en préstamos periódicos o a una conversación más profunda sobre justicia patrimonial.

Durante los próximos meses, el códice permitirá que los visitantes lean, a través de imágenes, una historia de migración, poder, derrota y supervivencia. También recordará que los documentos del pasado no son objetos silenciosos: siguen formando parte de las disputas contemporáneas por la identidad, la memoria y el derecho de los pueblos a reencontrarse con sus propias huellas.

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