Trump rehabilita a Siria: un exyihadista en la Casa Blanca

11 novembre 2025 - 11:04

Washington volvió a desafiar la lógica diplomática. Donald Trump recibió este lunes en la Casa Blanca a Ahmed al Sharaa, el nuevo presidente de Siria y antiguo jefe de una coalición islamista que derrocó a Bashar al Asad en diciembre pasado. Es la primera visita de un mandatario sirio a Estados Unidos desde 1946. Un gesto que, más que reconciliación, simboliza el nuevo pragmatismo del republicano: convertir a un excombatiente en socio estratégico.

Según fuentes de la AFP, el encuentro se desarrolló sin cámaras ni protocolo oficial, lejos del boato reservado a los jefes de Estado. “Me cae bien”, resumió Trump tras la reunión, agregando que espera que Siria “se convierta en un país muy exitoso”. El mandatario estadounidense describió a Damasco como una “pieza importante” de su plan de paz para Medio Oriente, aunque evitó confirmar si el nuevo gobierno firmará un pacto de no agresión con Israel.

La cita dejó varios anuncios: Estados Unidos autorizará la reapertura de la embajada siria en Washington y aceptará la incorporación de Siria a la Coalición Global contra el Estado Islámico. Además, el Departamento de Estado decretó una nueva suspensión temporal de las sanciones impuestas bajo la llamada Ley César, que castigaba severamente al régimen de Al Asad.

De la lista del FBI al Salón Oval

Hasta hace menos de un año, Al Sharaa figuraba en la lista negra del FBI, con una recompensa de diez millones de dólares por su captura. Exlíder del grupo Hayat Tahrir al-Sham, la antigua rama siria de Al Qaeda, el hoy presidente es presentado por Washington como un político “pragmático” que habría roto con el extremismo. En su entrevista con Fox News, Al Sharaa aseguró que su prioridad será reconstruir el país y redefinir las relaciones con las potencias regionales, incluido Israel, con el cual Siria sigue oficialmente en guerra.

Trump busca capitalizar el giro sirio en su estrategia de reposicionamiento regional. Damasco, hasta hace poco aliada de Moscú y Teherán, se perfila ahora como un potencial aliado occidental. Una fuente diplomática estadounidense confirmó que el Pentágono planea establecer una base militar “cerca de Damasco” para coordinar ayuda humanitaria y monitorear los movimientos en la frontera sirio-israelí.

Un tablero en mutación

Para la administración Trump, este acercamiento representa una victoria geopolítica doble: debilitar la influencia rusa en el Levante y aislar al eje Irán–Hezbolá. Pero la movida también plantea dilemas éticos y estratégicos. ¿Hasta qué punto puede Occidente normalizar a un antiguo líder islamista sin erosionar su credibilidad en la lucha antiterrorista?

El analista Nick Heras lo resume sin ambages: “Trump lleva a Al Sharaa a la Casa Blanca para decir que ya no es un terrorista, sino un líder dócil y útil que, bajo tutela estadounidense y saudí, convertirá a Siria en un pilar del nuevo orden regional”.

A medio camino entre el realismo y la provocación, la visita de Al Sharaa marca un punto de inflexión en la política exterior de Washington: el regreso del pragmatismo más puro, donde los antiguos enemigos pueden transformarse en socios si la geopolítica lo exige.

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