Trump reactiva la era nuclear: el regreso de la disuasión como espectáculo político

31 octobre 2025 - 05:00


La orden de Donald Trump de reanudar los ensayos nucleares, treinta años después de su suspensión, reabre un capítulo oscuro de la historia estratégica mundial. La decisión, presentada como respuesta a Putin, revela una deriva preocupante: el uso del miedo atómico como herramienta electoral y diplomática.

Donald Trump no ha hecho más que cumplir su guion: convertir la política exterior en un acto de afirmación personal. Su anuncio de reactivar los ensayos con armas nucleares, interrumpidos desde 1992, marca un salto cualitativo en la erosión del orden internacional nacido tras la Guerra Fría. Lo hace en vísperas de su encuentro con Xi Jinping y en medio de una escalada verbal con Vladimir Putin, ambos símbolos de una geopolítica donde la razón se subordina a la fuerza.

El argumento de Trump es tan viejo como eficaz: “si ellos prueban, nosotros también”. Con esa lógica, el presidente estadounidense ignora tres décadas de diplomacia de desarme, desafiando abiertamente el Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares (CTBT), firmado por Washington en 1996. Ni siquiera el vicepresidente JD Vance disimula el tono desafiante: según él, “Estados Unidos necesita estas pruebas para asegurarse de que su arsenal funcione”.

Pero más allá de la retórica, el gesto tiene un significado político: volver a situar el poder estadounidense en el centro del escenario mediante la amenaza nuclear. Trump convierte el miedo en instrumento de gobierno y la disuasión en espectáculo mediático.

El contraste con la realidad es contundente. El Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI) recuerda que Rusia posee 4.309 ojivas nucleares, frente a las 3.700 de Estados Unidos y las 600 de China. El discurso de “superioridad total” no resiste la evidencia: el equilibrio del terror sigue siendo mutuo.

La reacción internacional fue inmediata. Irán calificó la decisión de “irresponsable”; China pidió a Washington que respete los acuerdos de no proliferación; y la ONU instó a evitar cualquier acción que pueda “desencadenar errores de cálculo con consecuencias catastróficas”. Sin embargo, la Casa Blanca habla ya de “sitios preparados” para las pruebas.

El verdadero mensaje no va dirigido a Moscú ni a Pekín, sino al electorado estadounidense. Trump busca encarnar la idea de fuerza, en un momento en que su país parece dividido y fatigado por guerras sin victorias. La bomba, más que un arma, se convierte así en una metáfora: la nostalgia del dominio perdido.

El mundo entra otra vez en el ciclo de la incertidumbre. Entre Putin, que presume de drones nucleares submarinos, y Trump, que promete “actualizar” el arsenal, la política se disuelve en testosterona geoestratégica. El siglo XXI corre el riesgo de revivir los peores reflejos del XX: competir por quién puede destruir más rápido lo que aún queda por salvar.

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