Trump reactiva el “Departamento de Guerra”: cuando el lenguaje dicta la doctrina militar

06 septembre 2025 - 16:46

La decisión de Donald Trump de devolver al Pentágono su antiguo nombre de “Departamento de Guerra” trasciende el simbolismo. Es un movimiento calculado para proyectar fuerza, reformular la identidad de las Fuerzas Armadas y enviar al mundo un mensaje que suena a advertencia.

En 1949, Harry Truman rebautizó la institución para transmitir que Estados Unidos no era una potencia agresiva, en pleno inicio de la Guerra Fría. Setenta y cinco años después, Trump invierte ese gesto histórico y recupera el apelativo bélico. La medida se justifica como un modo de “centrar el foco en los intereses nacionales” y mostrar a los adversarios que Washington está dispuesto a combatir. Pero lo que se esconde tras esta operación semántica es un viraje más profundo: la intención de legitimar una política exterior y militar que coloca el ataque en pie de igualdad con la defensa.

El nuevo secretario de Guerra, Pete Hegseth, cercano a Trump y antiguo rostro de Fox News, se convierte en figura clave de esta narrativa. Su insistencia en llamar “guerreros” a los soldados, en depurar las políticas de diversidad en las Fuerzas Armadas y en endurecer su perfil cultural forma parte de esta reconstrucción ideológica. El Pentágono se presenta ahora como el bastión de una visión más homogénea, más agresiva y menos inclinada al consenso interno.

El simbolismo adquiere un peso considerable. Estados Unidos canaliza cerca de un billón de dólares hacia su presupuesto militar, cifra que representa alrededor del 40 % del gasto global. Que semejante maquinaria lleve ahora la marca de “guerra” implica efectos de alcance diplomático y psicológico, pues trasciende el terreno de lo administrativo para convertirse en un gesto que incide de manera directa en la percepción internacional y en la narrativa de poder que Washington proyecta.

El Congreso todavía debe pronunciarse para hacer permanente la medida, pero el propio Trump ha dejado claro que, incluso sin aprobación legislativa, la denominación puede usarse de manera oficial en sellos, comunicaciones y jerarquías. Es un ejemplo más de su estilo: la unilateralidad como táctica política, aun a costa de tensar los equilibrios institucionales.

En América Latina, esta decisión resuena de manera particular. La historia de la región está marcada por intervenciones militares estadounidenses bajo el paraguas de la “seguridad hemisférica”. Nombrar otra vez a su aparato de defensa como “Departamento de Guerra” reaviva temores de un retorno a las doctrinas más duras, donde la diplomacia queda relegada y prima la fuerza.

El lenguaje siempre orienta sentidos. Al escoger la palabra “guerra” en lugar de “defensa”, se redefine la narrativa oficial y se esculpe un marco simbólico que otorga nueva legitimidad a la acción política, presentando la confrontación como eje central de la identidad estatal. Trump lo sabe y juega con ello para enviar un mensaje dentro y fuera de su país: que el poder de Estados Unidos se medirá, otra vez, en términos de victoria militar. La pregunta, inevitable, es si el mundo está preparado para esa regresión simbólica a la lógica de la confrontación permanente.

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