Un análisis reciente del politólogo e historiador, Alejandro Cardozo, sugiere que el presidente Donald Trump prefiere las lógicas “geopersonales”. Es decir, que el mandatario estadounidense se mueve o se guía por afecciones y desafecciones personales.
Donald Trump estaría más inclinado a hacer negocios petroleros con Pakistán porque Asif Ali Zardari lo propuso como Nobel de la Paz, con Argentina por la empatía hacia el presidente Javier Milei, con El Salvador por el entendimiento con Nayib Bukele quien ha recibido deportados y presos del ICE. En contraposición, castiga a Brasil porque la justicia persigue al expresidente Bolsonaro, admirador declarado de Trump. Algo similar explicaría la afinidad manifiesta hacia Vladimir Putin desde su primera presidencia. “Trump retribuye a sus amigos, por encima de la tradición de las alianzas geopolíticas”.
Desde esta perspectiva, Trump admira a Putin y a otros líderes de tendencia autocrática que mantienen cierta coherencia con sus ideas, aunque estas no sean necesariamente democráticas. Por otra parte, no oculta su desprecio hacia aquellos que son percibidos en posición de vulnerabilidad o que le resultan frágiles y débiles. De ahí que, por ejemplo, aborrezca “la crisis de identidad que está padeciendo Europa y culpa a sus líderes” o muestre desprecio por el presidente ucraniano.
El autor de la última biografía política de Hugo Chávez «El huérfano de la Guerra Fría» (2023), observa en su análisis que el mandatario estadounidense no está existencialmente comprometido con “la soberanía y la supervivencia democrática de Europa, ni de Ucrania, ni de Taiwán”. De ahí la dureza de sus posiciones: “Europa debe pagar por su seguridad y por el club de la OTAN, Ucrania debe negociar en detrimento de su territorio para estabilizar las cosas y Taiwán, un poco como Europa, debe pagar para mantener ese lazo especial con Estados Unidos”.
El caso de India es llamativo porque a diferencia de otros liderazgos, Narendra Modi no representa para Trump un líder a la usanza de Putin, incluso podrían incidir prejuicios de índole cultural en la percepción que Trump tiene sobre este y que puede hacer que lo perciba como un gurú que devino en político y no como un líder fuerte que puede permitirse desafiar el poderío estadounidense o incluso comprarle petróleo a Rusia para revenderlo a Occidente con una ganancia importante. Los aranceles a India se fijaron en 50% como una forma de castigo, siendo más altos que los de China, el verdadero rival estratégico de Estados Unidos. En adición, el análisis de Cardozo resalta que Trump planea desarrollar reservas estratégicas de petróleo con Pakistán, el gran adversario de India.
Aunque algunas veces se podría pensar que el mandatario estadounidense ha perdido el juicio y tiene “delirios de un faraón” (retomar el Canal de Panamá, anexionar a Canadá, comprar Groenlandia o hacer de Gaza la versión de Las Vegas mediterránea), estas podrían ser “nuevas visiones del futuro de un Estados Unidos” que en las dos últimas administraciones demócratas no exhibió una clara doctrina en política exterior o una “gran estrategia”. Trump observaba, primero, como aspirante al poder, luego como candidato, después como expresidente y, ahora, otra vez, como presidente, “desde su peculiar punto de vista de las cosas”.
Lo anterior implica que podría percibir a Putin como el autócrata salvador de Rusia e incluso de la civilización occidental frente a una Europa débil y en crisis identitaria. “Putin es un líder que Trump percibe como coherente y, por ende, lo respeta desde un ángulo psicológico íntimo y desde un ángulo meramente político, porque Trump saluda, desde una visión geopolítica muy clásica, a las superpotencias y sus áreas de influencia”.
Los errores de Trump con Putin y frente a Putin ponen en duda, sin embargo, la capacidad del gobierno americano en materia de política exterior. Dicho de otro modo, la reciente cumbre de Alaska ha dejado expuesta la falta de experiencia, instinto y conocimiento del presidente Trump para lidiar con quienes posiblemente sean “los más astutos, sagaces y pragmáticos diplomáticos del mundo, los rusos”, puntualiza Cardozo.
Algo similar le ocurriría al presidente estadounidense con Xi Jinping. Si bien China merecería su castigo (por comprar petróleo ruso, pasar por encima de las sanciones impuestas a Venezuela e Irán, vender tecnología sensible a Rusia), Trump admira a Xi. “Por ello la suerte de Taiwán en buena medida depende del desenlace de Ucrania y de esta nueva “gran estrategia” trumpista: China no es una rival como superpotencia imperialista, es un hegemón regional que desafía a Estados Unidos en la balanza comercial a corto plazo y en tecnología cuántica, IA y nano procesadores a largo plazo”.