Trump, Corea y el arte de descolocar a los aliados

26 août 2025 - 12:09

En Washington, la visita solemne del presidente surcoreano Lee Jae-myung se convirtió en un recordatorio de que con Donald Trump ningún guion diplomático está asegurado.

El encuentro estaba pensado para enviar un mensaje de unidad: relanzar la alianza entre Estados Unidos y Corea del Sur tras meses de turbulencias internas en Seúl. Sin embargo, unas horas antes de recibir a su invitado, Trump lanzó en redes sociales una crítica inesperada a la política surcoreana, hablando incluso de “purga” y “revolución”. Minutos después, ya frente a las cámaras, desechó su propia acusación como si se tratara de un simple rumor. El desconcierto es parte de la marca Trump: improvisar, corregir y dejar al interlocutor sin saber qué pensar.

Más allá del gesto, la visita expuso una paradoja. Mientras Lee defendía el diálogo como vía para reducir tensiones en la península, Trump volvió a presumir de su relación personal con Kim Jong Un, un vínculo que asegura manejar “mejor que nadie”. Entre bromas sobre construir una Trump Tower en Pyongyang y jugar al golf en Corea del Norte, el expresidente norteamericano proyectó un mensaje claro: prefiere el contacto directo con los adversarios antes que el engranaje institucional con los aliados.

El trasfondo económico es igualmente revelador. Washington mantiene más de 28.000 soldados en Corea del Sur y Trump insiste en que Seúl debe pagar más por esa presencia militar. No se conforma con renegociar los costes: sugirió incluso que Estados Unidos podría reclamar el control de los terrenos donde se asientan sus bases, un comentario que irrita al progresismo surcoreano y confirma la lógica transaccional que guía su política exterior.

Así, la cumbre ofreció dos lecturas opuestas. En el discurso oficial, ambos gobiernos reiteraron su compromiso con la desnuclearización pacífica y una alianza “orientada al futuro”. En la práctica, Trump volvió a colocar el centro de gravedad en su estilo personalista, que oscila entre la seducción a Pyongyang y la presión a Seúl.

El problema es que esa fórmula ya fracasó antes. Durante su primer mandato, tres cumbres con Kim redujeron las tensiones pero no dejaron ningún acuerdo duradero. Hoy, Corea del Norte avanza en sus programas balísticos y estrecha lazos con Rusia, mientras Corea del Sur busca garantías que Trump ofrece a cuentagotas.

El episodio deja una enseñanza que va más allá de Asia: la política exterior de Trump responde menos a estrategias de Estado que a pulsos individuales. Para los aliados, sean europeos, asiáticos o latinoamericanos, el mensaje es el mismo: todo pacto con Washington bajo su mando puede cambiar según el humor del día.

Compartir el artículo