Trump arremete contra el New York Times con una demanda de 15.000 millones

16 septembre 2025 - 11:55

La nueva demanda del presidente estadounidense contra el New York Times por quince mil millones de dólares se despliega en un terreno que excede lo jurídico y se inscribe en un guion político destinado a desacreditar a los medios críticos y reforzar la narrativa del líder asediado. Con setenta y nueve años y de regreso en la Casa Blanca, Donald Trump mantiene intacta la estrategia que lo ha acompañado durante décadas: transformar cada institución en escenario de confrontación permanente.

El trasfondo de la querella rebasa el detalle de una carta de cumpleaños atribuida a Jeffrey Epstein o la discusión sobre la autenticidad de una firma. Lo que se dirime es la relación entre poder político y libertad de prensa en la principal democracia del planeta. Trump entiende que un litigio de esta magnitud difícilmente prosperará en los tribunales, aunque al mismo tiempo percibe que la resonancia mediática de la demanda cumple el objetivo de instalar la idea de que los grandes diarios actúan como brazos encubiertos de la oposición y que cualquier crítica a su figura forma parte de una campaña orquestada.

La acción legal se extiende a cuatro periodistas y a la editorial Penguin Random House, con lo que el mensaje de advertencia alcanza a todo el ecosistema mediático. La querella prolonga una serie de disputas legales que Trump ha desplegado contra distintos medios. En julio, el mandatario reclamó miles de millones al Wall Street Journal por un reportaje incómodo y ese mismo mes forzó a Paramount a pagar dieciséis millones en un acuerdo relacionado con la cobertura de CBS News. Cada disputa alimenta el relato del dirigente que combate un supuesto complot mediático y cada compensación, aunque sea parcial, refuerza la percepción de que la prensa es vulnerable.

La ofensiva judicial se acompaña de un lenguaje que desplaza la disputa hacia el plano político. Trump califica al New York Times de periódico degenerado y lo acusa de ser portavoz del Partido Demócrata, en un registro retórico que recuerda los manuales de deslegitimación aplicados en regímenes que buscan someter a los medios. La acusación de difamación se convierte en excusa para reafirmar ante su base que él es víctima de un aparato que opera en su contra. La discusión deja de girar en torno a la veracidad de los artículos para instalarse en el terreno emocional de la persecución y el martirio político.

El efecto se multiplica en dos direcciones. Hacia su electorado más fiel, consolida la cohesión de quienes interpretan cada crítica como un ataque al propio líder. Hacia el resto de la sociedad, erosiona la confianza en el periodismo como institución, debilitando uno de los pilares del debate público. Lo que se presenta como una batalla personal se convierte en una ofensiva contra la credibilidad de los medios en un año crucial para la democracia estadounidense.

La cifra reclamada carece de realismo y responde más a una demostración de fuerza que a un intento de reparación. La intimidación adquiere forma judicial y obliga a redacciones y editoriales a dedicar recursos a defenderse en lugar de investigar. La consecuencia más peligrosa es la tentación de la autocensura en un ecosistema donde la amenaza de demandas multimillonarias se cierne como espada sobre cualquier investigación incómoda.

La querella contra el New York Times revela menos sobre la autenticidad de una carta dudosa y mucho más sobre el rumbo de una democracia que empieza a acostumbrarse a que la justicia se utilice como prolongación de la campaña electoral. El periodismo, concebido como contrapeso del poder, corre el riesgo de convertirse en víctima de la estrategia de un presidente que ha hecho de la confrontación permanente el núcleo de su estilo político.

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