Trump acusa de “sabotaje” a la ONU y reabre su pulso contra el multilateralismo

25 septembre 2025 - 10:50

El presidente estadounidense transformó fallos técnicos durante su intervención en la Asamblea General en un alegato contra Naciones Unidas. Más allá de la anécdota, el episodio refleja su estrategia de confrontación con el sistema multilateral y anticipa tensiones que también tocan a América Latina y Europa.

Donald Trump no pierde ocasión para convertir un tropiezo en arma política. Lo hizo en Nueva York, cuando la escalera mecánica que lo llevaba junto a Melania hasta el edificio de la ONU se detuvo de forma brusca. A ello se sumaron un teleprompter que no funcionó durante quince minutos y un fallo en el sistema de sonido que interrumpió su discurso. Para cualquier otro mandatario, incidentes técnicos. Para Trump, un “triple sabotaje” que justificó una carta pública al secretario general Antonio Guterres exigiendo una investigación inmediata.

Lo que podría pasar por una anécdota se transforma en episodio revelador de su estilo político. Trump necesita constantemente un adversario, real o inventado, para sostener su narrativa de líder asediado por poderes hostiles. La ONU aparece como el blanco ideal del trumpismo, percibida como un obstáculo para la soberanía estadounidense y presentada como refugio de adversarios políticos. Al calificar los fallos técnicos de “sabotaje” y exigir arrestos, el presidente reitera su estrategia de victimización, reforzando el vínculo emocional con su base electoral.

La reacción de Naciones Unidas fue sobria. El portavoz de Guterres explicó que la detención de la escalera pudo deberse a un camarógrafo de la propia delegación estadounidense, y recordó que el teleprompter es operado por la Casa Blanca. Argumentos técnicos frente a un líder que no busca explicaciones, sino confrontación. Para Trump, la veracidad importa menos que la utilidad política del relato.

Lo inquietante es la forma en que un presidente estadounidense desacredita de manera sistemática la institución central del multilateralismo, más allá de los escalones detenidos y de los minutos sin teleprompter. Su mensaje final fue más que una queja logística y se convirtió en una acusación directa a la ONU de financiar la migración ilegal, de transformar a Occidente en un “infierno” y de obstaculizar sus esfuerzos en Gaza y Ucrania. El episodio técnico fue solo el prólogo de un ataque frontal al orden internacional basado en reglas compartidas.

Para América Latina, la escena tiene ecos conocidos. Los discursos que convierten incidentes triviales en pruebas de conspiración forman parte de la retórica populista que también ha encontrado terreno fértil en la región. La desconfianza hacia los organismos internacionales, sumada a la tentación de culpar a instituciones externas de los problemas internos, resuena tanto en Washington como en varias capitales latinoamericanas.

Europa tampoco queda al margen. En España, donde el gobierno insiste en defender el multilateralismo como herramienta imprescindible para abordar la crisis climática, los flujos migratorios o el conflicto en Gaza, el estilo trumpista representa la amenaza de un aliado que puede dinamitar desde dentro el marco institucional en el que se apoyan muchos países medios. Cuando un presidente estadounidense habla de “sabotaje” en la sede de Naciones Unidas, el gesto adquiere un carácter calculado que busca desacreditar a la institución y reafirmar la idea de que, bajo su liderazgo, Estados Unidos actúa en solitario.

Trump insistió en que Melania y él podrían haber sufrido un accidente grave en la escalera mecánica, dramatizando lo ocurrido. No se trata de ingenuidad, sino de cálculo político: cuanto más se victimiza, más refuerza la idea de que lucha contra un sistema hostil. Y cuanto más ridiculiza a Naciones Unidas, más se reafirma como abanderado de un nacionalismo que desprecia la diplomacia multilateral.

La política internacional se mueve entre símbolos y gestos. Lo sucedido en Nueva York demuestra que, para Trump, cualquier escenario es válido para representar su cruzada contra el multilateralismo. La ONU, con sus debilidades y contradicciones, sigue siendo un pilar esencial del equilibrio global. La pregunta es si la ONU logrará sobrevivir a un nuevo embate de líderes que, como Trump, la conciben como un escenario perfecto para alimentar la confrontación en lugar de un espacio de cooperación.

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