El Gobierno de EE. UU. ordenó colocar dispositivos GPS a más de 180.000 migrantes del programa “Alternativas a la Detención”. Las mujeres embarazadas serán monitoreadas mediante pulseras. Una medida que amplía el control migratorio y reaviva el debate sobre derechos civiles.
Un memorando interno emitido por ICE ordena el uso de rastreadores electrónicos con geolocalización a prácticamente todos los migrantes inscritos en el programa ATD (Alternatives to Detention). Hasta ahora, solo el 13 % llevaba estos dispositivos, pero el cambio exige que se apliquen de forma casi sistemática. En el caso de mujeres embarazadas, se utilizarán pulseras en lugar de tobilleras.
El argumento oficial esgrimido por la administración es que se busca mejorar la supervisión sin recurrir a la detención carcelaria. No obstante, diversas organizaciones denuncian que la medida convierte los hogares en espacios de reclusión tecnológica, sin que exista un proceso judicial previo que lo justifique. La ansiedad, el estigma y el impacto psicológico figuran entre los efectos adversos más documentados por defensores de derechos civiles.
Detrás de esta política emerge, además, una dimensión empresarial: la medida beneficia a corporaciones privadas como Geo Group, conglomerado que opera el programa de rastreo mediante su filial BI Inc. Las críticas hacia este modelo se centran tanto en el lucro derivado del control migratorio como en los cuestionamientos sobre transparencia, calidad de los dispositivos y falta de supervisión pública.
Las cifras oficiales indican que más del 80 % de los migrantes bajo programas alternativos a la detención acuden regularmente a sus citas judiciales. Esto cuestiona la necesidad real de ampliar un sistema de monitoreo intensivo y sugiere que el enfoque se basa más en la sospecha preventiva que en datos empíricos.
La decisión también forma parte del endurecimiento de las políticas migratorias que han caracterizado tanto a la administración Trump como a sectores del Congreso. Bajo el discurso de “rendición de cuentas”, se implementan mecanismos de vigilancia masiva que pueden comprometer derechos fundamentales como la libertad de movimiento, la privacidad y la presunción de inocencia.
Para América Latina, la medida tiene un impacto directo: miles de sus ciudadanos serán objeto de esta nueva forma de supervisión. El precedente inquieta a gobiernos y organismos que observan cómo se consolidan tecnologías de control que podrían replicarse, con o sin justificación legal. También hay implicaciones diplomáticas: ¿cómo reaccionarán los países emisores ante el uso extendido de dispositivos de rastreo sobre sus nacionales?
Algunos sectores sostienen que esta tecnología sustituye la detención física y representa una alternativa más “humana”. Pero la vigilancia electrónica no equivale a libertad. A menudo, significa sometimiento silencioso, sin posibilidad de defensa ante decisiones automatizadas o arbitrarias.
La expansión del programa pone en evidencia un dilema más profundo: ¿el Estado busca integrar a los migrantes o solo vigilarlos? La vigilancia sin garantías es castigo sin juicio. Y el castigo preventivo es incompatible con cualquier noción de justicia moderna.
La libertad bajo control tecnológico no puede convertirse en el nuevo estándar de legalidad. Si el respeto a los derechos humanos sigue cediendo frente al miedo y la desconfianza, el resultado no será más seguridad, sino más exclusión.