La advertencia lanzada por la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) desde Miami debe tomarse en serio. No porque sorprenda que un gobierno cuestione a los medios —esa es una práctica vieja en varios países del continente—, sino porque esta vez el escenario es Estados Unidos, un país cuya tradición constitucional se enorgullece de blindar la libertad de expresión como piedra angular del sistema democrático.
Según el informe presentado en su asamblea anual, la SIP denuncia un ambiente de “tensión creciente” causado por amenazas regulatorias, recortes presupuestarios y restricciones impulsadas desde el regreso de Donald Trump al poder. La advertencia se apoya en hechos constatables, en decisiones administrativas, en discursos intimidatorios y en señales políticas que colocan a los medios en el lugar del adversario y no del actor cívico.
Defender la prensa independiente no es una consigna romántica ni un ejercicio corporativo. Es una condición mínima para que cualquier sociedad pueda fiscalizar al poder, denunciar abusos y construir espacios públicos informados. Si en la principal economía del hemisferio un gobierno impulsa recortes a medios públicos, sugiere sanciones a voces críticas o reduce el acceso a información oficial, el mensaje trasciende fronteras.
La SIP agrupa a más de 1.300 medios del continente, desde grandes redacciones hasta periódicos locales que sobreviven con lo justo. Su autoridad moral proviene de haber documentado durante décadas los ataques a periodistas y las presiones estatales en América Latina. Cuando una organización con esa memoria histórica prende las alarmas sobre Estados Unidos, lo sensato consiste en interrogarse por los cambios en curso.
El periodismo continental ha resistido dictaduras, censuras abiertas y violencias más brutales que un decreto o una amenaza verbal. Pero que el retroceso aparezca en un país que solía señalar a otros por sus déficits democráticos obliga a mirar el mapa con menos ingenuidad.
La libertad de prensa no se pierde de un día para otro. Se desgasta con silencios impuestos, recursos retirados y reglas diseñadas para domesticar la crítica. Quien crea que ese proceso empieza lejos comete el mismo error de siempre: mirar tarde.