Un video falso que muestra a Donald Trump bailando junto a Jeffrey Epstein suma millones de visualizaciones. Pero el problema no es la falsedad: es lo que revela sobre la confianza, el morbo y la desinformación en tiempos de inteligencia artificial.
En los bordes donde se cruzan la política y el espectáculo, el escándalo es moneda corriente. Pero lo que circula desde hace semanas en redes sociales va más allá del amarillismo: se trata de imágenes generadas por inteligencia artificial que muestran al expresidente de Estados Unidos, Donald Trump, en actitudes comprometedoras con el delincuente sexual Jeffrey Epstein. En el video, ambos aparecen bailando cerca de jóvenes mujeres; en las fotos, se los ve en sofás, flanqueados por adolescentes. Nada de esto ocurrió. Pero más de siete millones de personas ya lo vieron.
La noticia, confirmada por la organización de verificación NewsGuard, no impacta solo por la tecnología empleada. Lo verdaderamente inquietante es el contexto: justo cuando el caso Epstein vuelve a la conversación pública por un informe del FBI que descarta teorías conspirativas, resurgen las fantasías gráficas que lo conectan con Trump. La falsedad no desinforma tanto como refuerza sospechas, activa emociones y sirve a un clima de desconfianza generalizada.
En los años noventa y dos mil, Trump y Epstein sí compartieron espacios públicos. Hay fotos reales, eventos y testimonios. Pero lo que se viraliza ahora no pretende contextualizar ni informar: pretende provocar. El algoritmo premia el morbo. Y la IA lo sirve con una calidad inquietante.
El fenómeno dice más sobre la audiencia que sobre sus protagonistas. No es que millones de personas crean ciegamente en lo que ven: muchas saben que esas imágenes son falsas, pero las comparten igual. Porque encajan con una narrativa previa, porque consolidan una sospecha antigua o porque simplemente entretienen. Más que convencer, la mentira triunfa cuando la verdad se vuelve irrelevante.
En Estados Unidos, parte de la base conservadora interpreta la difusión de estos materiales como una campaña encubierta del establishment para dañar a Trump o proteger a otras élites. La desconfianza es total. Pero del otro lado, los sectores más progresistas también caen en la trampa de la sobreinterpretación, aceptando como válidas imágenes cuya única función es estimular el escándalo.
En el fondo, este episodio revela el tránsito hacia un nuevo orden informativo. Verificar hechos ha dejado de ser lo urgente; lo apremiante es resistir la avalancha emocional que provocan. La posverdad, en su fase tecnológica, combina IA generativa, algoritmos virales y una sociedad que ha dejado de buscar certezas. Basta con que algo se parezca a lo que uno imagina para que funcione como verdad útil.
En el ínterin, Trump guarda silencio o intenta distanciarse. Pero la figura de Epstein —muerto en prisión antes de ser juzgado— persiste como símbolo de lo no resuelto: abuso, impunidad, poder. En vez de investigaciones, ahora hay simulaciones. En vez de periodismo, especulación visual. Verificar resulta insuficiente frente a la intensidad emocional que desbordan ciertos relatos. Y eso, en un tiempo de fragilidad institucional, puede ser más eficaz que cualquier campaña.