El costo económico de las deportaciones masivas en Estados Unidos

18 octobre 2025 - 10:27

Conservo nítidos recuerdos de mi vida en Miami y guardo los mejores sentimientos para los amigos, demócratas y republicanos, que conocí en Estados Unidos en los últimos años. Todos han sido abiertos, generosos y amables, tengo enorme afecto y profunda gratitud hacia ellos. Siempre disfruté nuestros encuentros, cenas y conversaciones: allí aprendí a escuchar porque me era difícil hablar y comunicarme, traté de conocer y de comprender sus puntos de vista. Fue una experiencia muy enriquecedora. Desde luego, observar con distancia y no coincidir plenamente con nadie es parte de mi ADN. Pero, el impacto sobre la economía, de las deportaciones masivas este año, me lleva a pensar que unos y otros, demócratas y republicanos, estaban equivocados en sus argumentos.

Hasta el año pasado, cuando gobernaban los demócratas, es posible que me sintiera más a gusto frecuentando a los amigos republicanos. Pero, este año, tras el arribo del presidente Donald Trump, empecé a sentirme más cómoda entre los demócratas. Tal vez sea por el hecho de desconfiar del poder y de reivindicar el derecho a informarme, cuestionar, sacar conclusiones y criticar los fallos del gobierno de turno. Entonces, dejo de sentirme a gusto cuando unos u otros viven con religiosidad y fe sus opciones políticas.

Las conversaciones sobre política tienden a exacerbar los ánimos en cualquier lugar del mundo. Aprender a guardar silencio y a escuchar resultó ser mi mejor salvavidas: preservé a todos los amigos, aunque es posible que haya desafiado más la tolerancia de los demócratas por la osadía de mis respuestas y cuestionamientos.

Con los amigos republicanos mi relación nació desde el privilegio, aun cuando la vida de un inmigrante siempre está llena de desafíos. El hecho de no estar en condición irregular, de ser profesional y de tener un nivel cultural más que aceptable para la media, ya no solo de inmigrantes sino también de americanos, me permitió conectar, relacionarme fácilmente, ser aceptada e invitada a ser parte de su entorno y comunidad.

Y todo ello ocurrió a pesar de mi inglés básico y desastroso. Constantemente sentía y siento vergüenza de hablar, cometo muchos errores y tardo demasiado en responder, mientras ordeno mis ideas. Pero todos ellos, pacientes, siempre han exaltado que hago uso de un lenguaje culto y que es evidente mi educación, formación, instrucción y conocimientos adquiridos recorriendo el mundo. Supongo, a partir de mi experiencia vital, que esa es una de las claves para integrarse en el país de acogida y en algunos círculos sociales. La realidad es que fui aceptada, respetada e incluso admirada y querida por todos ellos. Solo puedo estar agradecida por el afecto, la generosidad y la contención que recibí. Pero no es así para otros inmigrantes. Quizá para la mayoría.

Mis amigos republicanos votaron a Trump por lo mismo que lo votaron todos aquellos quienes lo votaron. Pero también hubo latinos que, sin pertenecer a un partido sentían atracción por el carácter de Trump y lo votaron, eran apenas conocidos. Habían resuelto su situación migratoria y, tras muchos años en condición irregular, final y felizmente eran ciudadanos americanos que, curiosamente en algunos casos no hablaban inglés. Ni siquiera lo hablaban mal, no hablaban absolutamente nada. Pero votaron a Trump. Estaban seguros que la nueva administración pondría freno a la inmigración irregular y arreglaría la economía que, en su opinión, era un desastre bajo la administración demócrata. Los indicadores y cifras, no obstante, contradicen parcialmente sus percepciones.

Los republicanos rechazan abiertamente la inmigración irregular y tienden a asociarla directamente con la criminalidad. Los amigos republicanos también lo dijeron y sus expresiones y rostros complacidos con las deportaciones masivas de indocumentados avalaron el proceder de su presidente. Muchas veces dijeron con naturalidad: “Nos están quitando el trabajo”. Pero, francamente, esa afirmación era excesiva y ellos lo sabían. Algunas veces no contuve la risa. Me hacía gracia la absurdidad de dicho planteo. Todos son profesionales de alto nivel, empresarios o jubilados, personas con prestancia económica que de ninguna manera van a hacer los trabajos no cualificados que hacen los inmigrantes irregulares.

Con los amigos demócratas las relaciones siempre fueron más horizontales, simples, sencillas e informales. Poco o nada les importaba el estatus migratorio de sus amigos, aunque todos tenemos profesiones liberales, incluso si estas no nos permitían a muchos vivir con estándares razonables por el elevado costo de vida en Miami y terminábamos haciendo varios trabajos para sobrevivir. No recuerdo, sin embargo, haber estado en una cena, fiesta o encuentro donde tuvieran invitados en situación irregular. Recuerdo sí lo mucho que me irritó cuando una amiga, ante la inminente victoria de Trump, espetó con horror: “Si expulsan a los inmigrantes, ¿Quién trabajará en los campos?”.

Se lo conté a otro amigo demócrata y él, sin conocerla, coincidió con ella. Sentí que esa condescendencia hacia el inmigrante en el fondo revestía desprecio y subestimación y que íntimamente muchos sienten de modo similar en relación con los inmigrantes. Para mí sobresalió la idea de que los trabajos duros y no cualificados son para los inmigrantes, pero ¿Hay genuinamente interés de que estas personas avancen y superen esa condición o tan solo se trata de mano de obra barata que ocupa las posiciones y roles inferiores y que hace el trabajo que ellos no están dispuestos a hacer y, por tanto, ojalá que sigan ahí, tal y como están, sin movilidad social y cultural ascendentes, en el país de las oportunidades?

Tuvimos discusiones abiertas pero ninguna respuesta me satisfizo. Hoy puedo entender mejor el planteamiento de fondo, en particular desde que empecé a seguir con interés los temas relacionados con la cuestión migratoria, las deportaciones desde Estados Unidos y su impacto en la economía.

Es posible que los amigos republicanos se hayan equivocado parcialmente en su apuesta, porque si bien ha habido muchas deportaciones de indocumentados, el impacto de las deportaciones masivas está afectando severamente a las economías locales y todo ello redundará y de hecho ya tiene incidencia en la economía del país, en los precios al consumidor, en la oferta y en la demanda y en el sector inmobiliario al que muchos se dedican. Y, exactamente por lo mismo, los demócratas también estaban equivocados: los inmigrantes no son solo esa pobre gente que trabaja en los campos, en realidad son grandes contribuyentes y grandes consumidores, una fuerza potente y vital que genera riqueza y son un actor clave para el funcionamiento de la economía del país.

Las noticias de las últimas semanas dan cuenta del impacto en varios sectores de la economía, por esa suerte de éxodo latino en algunas zonas de Florida, latinos que se van a otros estados o que se autodeportan, pero también se registran los efectos de las redadas masivas en California y Chicago y cómo las ventas se están desplomando en esos estados.

Y es que los inmigrantes en situación incierta tienen miedo de ir a trabajar, se esconden en sus casas, están enviando remesas a sus países de origen para sacar su dinero del país, en caso de ser deportados, pero también muchas tiendas han cerrado y hay empresas que están experimentando grandes pérdidas.

A los arrestos y deportaciones masivas les sigue naturalmente el impacto sobre los negocios y las economías que dependen de los inmigrantes quienes, más allá de su estatus, son compradores, consumidores de bienes y servicios a todos los niveles, pagan impuestos federales, estatales y locales que ayudan a financiar servicios sociales y programas como el Seguro Social. “Se ha comprobado que las deportaciones masivas también reducen el empleo y los salarios de los ciudadanos nativos”, según ha dicho Eric Rodríguez, vicepresidente sénior de Políticas y Defensa de UnidosUS, una organización hispana de derechos civiles a la cadena CNN.

Para el portavoz de la Casa Blanca, Kush Desai, es “una tontería” analizar cuánto gastan y pagan los inmigrantes no autorizados en impuestos de forma aislada, ya que “los costos que pagan los estadounidenses debido a la inmigración ilegal son incalculables: delincuencia, sistemas de salud sobrecargados, costos inmobiliarios inflados y escuelas sobrecargadas con costosos estudiantes de inglés como segundo idioma”. Según la Casa Blanca los contribuyentes estadounidenses gastan al menos US$ 182.000 millones anuales para cubrir los costos de los inmigrantes no autorizados.

Cuando se habla de las deportaciones se piensa en sectores como la construcción y la agricultura, pero no hay que perder de vista que los inmigrantes también son consumidores: “los inmigrantes indocumentados no son solo personas que simplemente van a trabajar todos los días. También son consumidores. Gastaron aproximadamente US$ 300.000 millones en 2023 en la compra de bienes y servicios que impulsan la economía (…) Un récord de 14 millones de inmigrantes no autorizados, en aproximadamente el 5,6 % del total de hogares, vivían en Estados Unidos en 2023. Veintiséis millones de personas viven en un hogar con al menos una persona sin estatus legal”, puntualiza la cadena estadounidense.

La realidad puede y debe observarse desde la mayor cantidad de ángulos posibles, en este caso, hacerlo ayudaría a ver o a valorar el impulso y la revitalización económica que la inmigración latina le ha dado a diferentes estados de Estados Unidos durante décadas. Es posible que al aplaudir y abogar por las deportaciones masivas no se hayan considerado todas las variables y su posterior impacto. Pensar que la inmigración tan solo toma aquello que no le pertenece y que se beneficia del país sin darle nada, es una mirada reduccionista que deja de lado lo mucho que la inmigración aporta a la economía y que al dejar de hacerlo evidentemente impactará a la ciudadanía americana, a las empresas y a diferentes sectores que mueven la economía del país, más allá del trabajo en los campos.

 

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