Washington ha revocado más de 6.000 visas de estudiantes en apenas siete meses bajo el mando del secretario de Estado Marco Rubio. Lo que se presenta como una defensa de la “seguridad nacional” se ha convertido en un laboratorio político donde se cruzan migración, protesta estudiantil y geopolítica.
El Departamento de Estado confirmó que la mayoría de las cancelaciones se justificó por violaciones a la ley, desde agresiones hasta conducir bajo los efectos del alcohol. Sin embargo, detrás de esas cifras se esconde un giro de carácter político: Rubio ha dirigido el foco contra estudiantes de China y, sobre todo, contra activistas que han levantado la voz en defensa de Palestina. “Cada vez que me encuentro con estos lunáticos les retiro sus visas”, dijo en marzo, en un tono que revela tanto el orgullo del funcionario como la deriva represiva de una administración que responde a las bases más duras del trumpismo.
El impacto humano no tarda en emerger. Mahmoud Khalil, residente permanente en EE.UU. y líder de una protesta propalestina en Columbia, fue detenido durante meses hasta que un juez ordenó su liberación. Su hijo nació mientras él permanecía bajo custodia. Rumeysa Ozturk, estudiante turca en Tufts, fue arrestada en plena calle por agentes encapuchados después de publicar un artículo crítico con Israel. Ambos casos han terminado en tribunales, poniendo en duda la legalidad de una política que se ampara en zonas grises del derecho migratorio.
Rubio insiste en que el gobierno puede revocar visas sin control judicial y que los extranjeros carecen del derecho a la libre expresión en Estados Unidos. Esta afirmación, además de polémica, marca un contraste con la narrativa de Washington cuando exige respeto a las libertades en otros países. La línea dura contra estudiantes internacionales parece responder menos a un cálculo migratorio que a la necesidad de demostrar firmeza ante las bases republicanas y, en particular, frente al lobby proisraelí.
Las cifras revelan también una paradoja: Estados Unidos atrae cada año a cientos de miles de jóvenes extranjeros que sostienen buena parte de su sistema universitario y de investigación. Convertirlos en chivos expiatorios, bajo el pretexto de la seguridad, puede debilitar un ecosistema académico que ha sido uno de los principales instrumentos de su poder blando.
La “era Rubio” proyecta una imagen de cerrazón que choca con la tradición estadounidense de universidades abiertas al mundo. Al final, la pregunta que queda flotando es si Washington está dispuesto a sacrificar ese capital simbólico en nombre de una estrategia de corto plazo que mezcla ideología, electoralismo y miedo.