Las medidas anunciadas por Pedro Sánchez contra Israel colocan a España en el centro de la controversia internacional. Mientras Madrid habla de “genocidio” en Gaza, Tel Aviv responde con acusaciones de antisemitismo.
España e Israel viven un momento de máxima tensión diplomática. Desde el Palacio de la Moncloa, Pedro Sánchez anunció un paquete de medidas “para detener el genocidio en Gaza, perseguir a sus responsables y apoyar a la población palestina”. En la lista destacan un embargo de armas a Israel, la prohibición de que aviones y barcos con material militar atraviesen el espacio aéreo o los puertos españoles, y el veto a productos procedentes de los asentamientos ilegales en Gaza y Cisjordania. También se limitan los servicios consulares españoles a quienes residan en esas colonias.
Con estas decisiones, España quiere pasar de la retórica crítica a la acción política. No es la primera vez que Sánchez incomoda a Israel. En mayo de 2024, el reconocimiento del Estado de Palestina tensó hasta el límite las relaciones bilaterales y derivó en la retirada de la embajadora israelí en Madrid. Ahora, las medidas anunciadas elevan el pulso a una escala mayor, pues suponen un desafío directo a la estrategia del gobierno de Benjamin Netanyahu.
La reacción de Israel no se hizo esperar. El ministro de Exteriores, Gideon Saar, acusó a Madrid de impulsar una “campaña continuada antiisraelí y antisemita” y aseguró que la postura española busca desviar la atención de los casos de corrupción que salpican al entorno del presidente. Como respuesta inmediata, Tel Aviv prohibió la entrada a dos ministras españolas de la plataforma Sumar, socia de coalición del Partido Socialista. La respuesta fue contundente: “Es un orgullo que un Estado que perpetra un genocidio nos prohíba la entrada”, replicó Yolanda Díaz en redes sociales.
La escalada diplomática ha tenido un desenlace previsible: el Ministerio de Exteriores español llamó a consultas a su embajadora en Tel Aviv y rechazó “tajantemente” las acusaciones israelíes de antisemitismo. Con ello, Madrid busca reafirmar que su postura no es contra el pueblo judío, sino contra la estrategia militar de Netanyahu en Gaza.
Detrás del cruce de declaraciones se esconde una pregunta clave: ¿hasta dónde puede llegar España en solitario? El embargo de armas y la prohibición de tránsito aéreo o marítimo son medidas de fuerte carga simbólica, pero sin coordinación europea su efecto real sobre Israel será limitado. Lo que sí consiguen es enviar una señal política a Bruselas, donde la UE se ha mostrado dividida en su respuesta a la ofensiva israelí. Sánchez, al apostar por una línea más dura, intenta liderar un frente progresista en Europa que conecte con la opinión pública crítica hacia Netanyahu.
El contexto interno también pesa. España vive desde hace meses protestas propalestinas que se extienden a la esfera cultural y deportiva —como en la reciente Vuelta ciclista—, y que empujan al gobierno a mostrar mayor firmeza. En paralelo, Sánchez enfrenta investigaciones judiciales que afectan a colaboradores cercanos y familiares, un terreno que Israel no ha dudado en explotar en su contra.
Pero lo decisivo sigue siendo Gaza. Según cifras de la ONU, más de 64.000 personas han muerto desde el 7 de octubre de 2023, la mayoría mujeres y niños. Israel insiste en que responde a los ataques de Hamás, que dejaron más de 1.200 víctimas en territorio israelí. El vocabulario elegido por Sánchez —“genocidio”— coloca a España en la primera línea del debate internacional sobre la legalidad de la ofensiva israelí y sobre la responsabilidad de las potencias occidentales en frenar la guerra.
El pulso diplomático entre Madrid y Tel Aviv va más allá de un choque bilateral. Refleja la creciente fractura entre una parte de Europa que empieza a endurecer su discurso frente a Israel y otra que sigue alineada con Washington. Si las medidas españolas se consolidan, podrían marcar un precedente dentro de la UE. El desenlace trasciende a Sánchez y Netanyahu: está en manos de una Europa que debe decidir si mantiene la ambigüedad o asume una posición firme frente a Gaza.