1992 y la promoción de una nueva España: de rey-embajador a vendedor comercial
La Quinta Parte de «Reconciliación» está dedicada a lo que Juan Carlos I llama «la configuración del prestigio de España». Es el relato de cómo el país salió del aislamiento franquista para convertirse en potencia europea, sede de los Juegos Olímpicos, anfitrión de una Exposición Universal y líder de la comunidad iberoamericana. Pero detrás de la narrativa triunfalista emerge una pregunta incómoda: ¿dónde termina la diplomacia institucional y comienza la promoción comercial personal? Entre el ingreso en Europa, la lucha contra ETA y el año mágico de 1992, Juan Carlos I construye la imagen de un rey-embajador que puso a España en el mapa. Pero oculta que esa misma red de contactos internacionales acabaría siendo la fuente de sus escándalos financieros.
«Tuve la impresión de que, en ese día, España entraba de forma deliberada en una nueva era de su historia y que recuperaba el lugar que le correspondía, integrada por fin en Europa tras cinco décadas de marginación». Juan Carlos I describe así el 12 de junio de 1985, cuando firmó el Acta de Adhesión de España a las Comunidades Europeas. Lo hizo en el Palacio Real, en el Salón de Columnas, la misma sala donde firmaría su abdicación veintinueve años después. La simbología era evidente: España volvía a Europa tras el largo paréntesis franquista.
El ingreso en Europa es presentado como logro personal del rey. «Yo seguía a distancia las tortuosas negociaciones técnicas, pero cada vez que conversaba con los jefes de Estado franceses o alemanes, insistía en este tema, en el que tenía muchísimo interés», escribe. Es cierto que Juan Carlos I mantuvo contactos con líderes europeos, que presionó diplomáticamente, que ayudó a vencer resistencias. Pero la narrativa minimiza el trabajo técnico del Gobierno de Felipe González, las negociaciones sobre cuotas pesqueras y productos agrícolas, el pragmatismo de políticos como Leopoldo Calvo-Sotelo. Una vez más, convierte un logro colectivo en hazaña individual.
Europa: requisito, no regalo
Lo que el libro no reconoce explícitamente es que Europa no fue una concesión graciosa. Fue un requisito. España necesitaba a Europa mucho más de lo que Europa necesitaba a España. El país estaba aislado internacional y económicamente. La integración europea era la única manera de modernizarse, de atraer inversiones, de romper el estigma franquista. Juan Carlos I no llevó a España a Europa por bondad ilustrada. Lo hizo porque no había alternativa.
El rey menciona que el 23-F no ayudó a la imagen democrática de España ante Europa, pero que «los europeos pudieron comprobar que yo no había faltado a mis responsabilidades como garante de la Constitución». Es una lectura benévola. Lo cierto es que el golpe de 1981 confirmó a muchos líderes europeos que la democracia española era frágil, que el Ejército seguía siendo una amenaza, que el proceso de Transición podía revertirse. Que finalmente no revirtiera tuvo mucho que ver con Juan Carlos I, sí, pero también con la determinación del conjunto de la sociedad española de no volver atrás.
ETA: el calvario que nunca termina
Juan Carlos I dedica páginas extensas al terrorismo de ETA, al que llama «calvario» de su reinado. «Los únicos momentos verdaderamente dolorosos que recuerdo son los atentados y sus víctimas inocentes», escribe con aparente emotividad. Menciona los más de 850 muertos y 3.000 heridos, los intentos de atentado contra él y su familia, la amenaza constante que pesaba sobre el País Vasco.
Pero el tratamiento del tema es curiosamente superficial. Dedica más espacio a describir cómo consiguió la colaboración de Francia —primero con Mitterrand, luego decisivamente con Sarkozy— que a analizar las causas profundas del terrorismo vasco. No reflexiona sobre si el modelo de autonomías fue suficiente. No se pregunta si la respuesta del Estado fue siempre proporcional y legal. No menciona los GAL, los escuadrones de la muerte que actuaron en los años 80 bajo el gobierno de Felipe González.

La narrativa es simple: ETA era el mal absoluto, España luchó con todas las herramientas legales, y finalmente triunfó la democracia. No hay matices. No hay autocrítica. «Nunca me rendí ante ETA, una de las organizaciones más mortíferas de Europa desde la Segunda Guerra Mundial», proclama. Es verdad. Pero reducir cuarenta años de terrorismo a un duelo personal entre el rey y ETA es simplificar peligrosamente una tragedia nacional que tuvo múltiples responsables y múltiples víctimas.
1992: el año de la apoteosis
Si hay un momento en que Juan Carlos I se siente plenamente realizado es 1992. «Aquel año fue para toda España una apoteosis», escribe sin falsa modestia. Barcelona acogió los Juegos Olímpicos. Sevilla organizó la Exposición Universal. Madrid fue Capital Europea de la Cultura. España celebró el V Centenario del Descubrimiento de América. El país brillaba ante el mundo.
La historia de cómo Barcelona consiguió los Juegos es reveladora. Juan Carlos I la cuenta como operación personal orquestada con Juan Antonio Samaranch, a quien nombró embajador en Moscú en 1977 con el objetivo expreso de que desde allí llegara a la presidencia del Comité Olímpico Internacional. «Solo dos personas lo creíamos: Juan Antonio Samaranch y yo», presume. El plan funcionó. Samaranch fue elegido presidente del COI en 1980, y seis años después Barcelona ganó la candidatura olímpica.

Es un relato de astucia política y visión a largo plazo. Pero también revela cómo Juan Carlos I entendía su papel: no solo como árbitro constitucional, sino como promotor activo de proyectos concretos. «Tuve que implicarme personalmente para demostrarles que se trataba de una ambición que debíamos impulsar entre todos», escribe. ¿Era eso función de un rey constitucional? ¿O era extralimitación de funciones?
Los Juegos de Barcelona fueron un éxito rotundo. España ganó 22 medallas, 13 de oro. «¡Jamás en toda su historia España había ganado tantas medallas en unos Juegos Olímpicos!», celebra Juan Carlos I. Su hijo Felipe fue abanderado, su hija Elena lloró de emoción. «Toda la familia vibraba al unísono con las competiciones. Aquel fue un período bendito».
La Exposición Universal de Sevilla completó el triunfo. Más de 40 millones de visitantes, transformación radical de Andalucía, inauguración del primer AVE entre Madrid y Sevilla. Juan Carlos I supervisó personalmente las obras, viajaba frecuentemente a Sevilla, controlaba cada detalle. «Era consciente de que cada una de mis visitas implicaba que las obras se acelerarían», reconoce con naturalidad. El rey como capataz.
Iberoamérica: la comunidad personal
El otro gran proyecto que Juan Carlos I reivindica es la creación de la comunidad iberoamericana. Las Cumbres Iberoamericanas, que desde 1991 reúnen anualmente a 22 países, son presentadas como idea original suya. «Yo lo concebía como un deber y como un honor», escribe, olvidando mencionar que fue el gobierno de Felipe González quien impulsó institucionalmente el proyecto.
El rey cuenta que fue «el primer rey español de la historia que visitó Hispanoamérica». En Costa Rica le dijeron: «Llevamos cuatrocientos cincuenta años esperándole». Visitó todos los países de la región, construyó relaciones personales con los presidentes, se convirtió en figura tutelar. «Me llaman el Rey», presume. En 2008 fue nombrado «el líder más popular de Hispanoamérica».
La anécdota de Fidel Castro es reveladora. En la cumbre de 1991 en Guadalajara, Felipe González le dio cuatro minutos para intervenir. Castro se ciñó al tiempo y luego bromeó: «¡Felipe, se ha vuelto muy dictatorial!». Toda la salarió. Juan Carlos I recuerda el episodio como prueba del «excelente ambiente» y la «calidez familiar» de las cumbres. Pero no reflexiona sobre la contradicción de un rey democrático manteniendo relaciones tan cordiales con el último dictador comunista de América.
Del rey diplomático al vendedor comercial
El problema con esta Quinta Parte del libro es que revela sin querer cómo Juan Carlos I fue difuminando progresivamente la línea entre diplomacia institucional y promoción de intereses comerciales. El caso del AVE a La Meca es ejemplar.
El rey cuenta que en 2009, durante una visita privada a Riad, vio una carpa de Siemens presentando trenes. Inmediatamente pensó en posicionar a España. Llamó al director de Talgo, pidió documentación, la envió al ministro de Transportes saudí con nota personal, cenó con el rey Abdalá para insistir. El consorcio español ganó el contrato de más de 6.000 millones de euros. «Me sentí el padrino de esta aventura», confiesa.
Es una historia de éxito empresarial español. Pero, ¿era función de un jefe de Estado actuar como comercial de empresas privadas? ¿Dónde estaba el límite entre servicio al país y servicio a intereses particulares? El libro no se hace estas preguntas. Juan Carlos I está orgulloso de haber sido el «padrino» del contrato. No ve problema ético alguno.
Y es aquí donde la narrativa de la Quinta Parte se vuelve problemática. Porque esa misma red de contactos internacionales, esas mismas relaciones personales con monarcas árabes, esos mismos viajes de «diplomacia económica», acabarían siendo la fuente de sus escándalos financieros. Los 100 millones de euros del rey saudí, las comisiones del AVE investigadas por la justicia, las cuentas opacas en Suiza: todo nace de este modelo de monarquía-embajadora que Juan Carlos I reivindica con orgullo en estas páginas.
La sombra sobre el triunfo
Al final de esta Quinta Parte, el lector queda con una sensación ambivalente. Sí, España mejoró enormemente entre 1982 y 1992. Sí, el país se modernizó, se europeizó, se abrió al mundo. Sí, los Juegos Olímpicos y la Expo fueron éxitos rotundos. Y sí, Juan Carlos I jugó un papel en todo eso.
Pero, ¿fue el protagonista absoluto que se presenta a sí mismo? No. ¿Fue su papel siempre institucional y desinteresado? Tampoco. Entre las líneas de esta narrativa triunfalista emerge otro relato: el de un rey que confundió progresivamente su función constitucional con la promoción de intereses comerciales, que usó su posición para facilitar contratos millonarios, que construyó una red internacional de contactos que acabaría siendo su perdición.

«Contribuir a colocar a España en el centro de las competiciones deportivas de alto nivel ha sido todo un éxito», escribe Juan Carlos I al final de esta parte. Tiene razón. Pero omite que colocarse él mismo en el centro de operaciones comerciales millonarias acabó siendo su mayor fracaso. Y que la misma estrategia que le dio prestigio en los años 90 le quitaría toda credibilidad en la década de 2010.
La Quinta Parte de «Reconciliación» es el retrato de un rey en su apogeo. Pero leído desde 2025, sabiendo lo que vino después, es también el retrato de cómo se sembró la semilla de su caída. Entre Samaranch y Sarkozy, entre Barcelona y Sevilla, entre las Cumbres Iberoamericanas y el AVE a La Meca, Juan Carlos I fue construyendo un modelo de monarquía activista que España celebró durante años. Hasta que dejó de celebrarlo.