Amantes, rumores y el caso Corinna: la vida privada que destruyó un reinado
Juan Carlos I dedica un capítulo entero a negar lo evidente: que tuvo numerosas relaciones extramatrimoniales durante décadas. Admite solo una («con la exmujer de un amigo», con quien viajó a Botsuana en 2012), mientras niega otras que todo Madrid conocía, y se presenta como víctima de «relatos difamatorios» de «una antigua relación» —Corinna Larsen, cuyo nombre no menciona—. Un ejercicio de victimismo que ignora el daño que causó a su familia y a la institución monárquica.
Durante décadas, la prensa española mantuvo un pacto de silencio sobre la vida privada del rey. Juan Carlos I lo reconoce sin ambages en sus memorias: «Consiguieron hacerme una foto desnudo, tomando el sol en mi yate, que se vendió a la prensa italiana. Ningún periódico español quiso publicarla. En aquella época todavía se respetaba la institución de la Corona». Todavía se respetaba. Como si el respeto consistiera en ocultar la verdad, como si la dignidad de la Corona dependiera del silencio cómplice de los medios.
Ese pacto se mantuvo durante el franquismo y gran parte de la Transición. Todo Madrid sabía de las aventuras del rey, pero nadie las publicaba. Los periodistas extranjeros que cubrían España conocían los rumores, pero los medios españoles ejercían una autocensura que protegía al monarca. Era un privilegio extraordinario: poder vivir una doble vida sabiendo que la mitad de esa vida jamás sería documentada públicamente.
El pacto comenzó a resquebrajarse en los años noventa. «A principios de los años noventa, con la aparición de la prensa rosa y la estabilización de nuestro país como potencia europea, empezaron a surgir rumores y especulaciones sobre mi vida privada», escribe Juan Carlos I. Y añade una frase reveladora: «Le di poca importancia, porque en modo alguno perturbaba mis funciones oficiales». En modo alguno. Para él, tener amantes mientras estaba casado con la reina de España no perturbaba sus funciones oficiales. Solo importaba que él pudiera seguir reinando. El daño a su esposa, a sus hijos, a la dignidad de la institución monárquica era irrelevante.
La estrategia de la negación selectiva
El capítulo sobre su vida privada es un ejercicio magistral de reconocer lo mínimo y negar todo lo demás. «Los medios de comunicación me han atribuido decenas de aventuras extramatrimoniales, la mayoría de ellas completamente ficticias», afirma. Como si todas mis relaciones de amistad con el sexo opuesto tuvieran que ser a la fuerza sentimentales, como si la amistad entre un hombre y una mujer no fuera posible».
Es un argumento que habría sido cómico si no fuera trágico. Durante cuarenta años, Juan Carlos I tuvo relaciones extramatrimoniales que eran conocidas en círculos aristocráticos y empresariales. Pero ahora, desde Abu Dabi, pretende que todo fueron malentendidos, que la prensa confundió amistad con romance. Niega específicamente dos casos que nunca fueron confirmados: «Me reí mucho cuando leí que incluso se me atribuía una relación con Lady Di en Palma. Nada más lejos de la realidad. Me pareció fría, taciturna y distante». También desmiente una supuesta relación con Sara Montiel: «a la que apenas he saludado unas cuantas veces en mi vida».
Lo que sí admite, aunque de manera indirecta, es su relación con María Gabriela de Saboya, hija del rey Humberto II de Italia. Fue, según sus palabras, su «primer amor de juventud». Pero eso ocurrió antes de casarse con Sofía, cuando ambos eran jóvenes príncipes sin corona. Es una confesión segura, romántica, que no compromete su matrimonio.
Botsuana: cuando todo se derrumbó
El verdadero punto de inflexión llegó en abril de 2012, cuando Juan Carlos I viajó a Botsuana para cazar elefantes. El relato que hace de ese viaje en el libro es extraordinario por lo que descubre sin pretenderlo. «Al partir hacia Botsuana en 2012, mi idea era pasar unos días de apacible retiro con mi camarada Mohamed Eyad Kayali, que amaba África tanto como yo», escribe. Un retiro apacible. Para cazar elefantes. Mientras España atravesaba la peor crisis económica en décadas, con cinco millones de parados.
Pero lo más revelador viene después: «Llegué con los invitados que había elegido: un amigo, su exmujer —con la que yo había mantenido una relación— y el hijo pequeño de esta». Ahí está. Enterrada en medio de un párrafo, la confesión más clara del libro sobre una aventura extramatrimonial. La exmujer de un amigo con quien había mantenido una relación. No dice cuándo, no dice durante cuánto tiempo, no dice si esa relación continuaba en 2012. Simplemente la menciona, como si fuera un detalle sin importancia.
Esa mujer era Corinna zu Sayn-Wittgenstein, también conocida como Corinna Larsen, aunque Juan Carlos I nunca menciona su nombre en todo el libro. Empresaria alemana, aristócrata, amante del rey durante años. Y en abril de 2012, mientras la reina Sofía se recuperaba de una intervención quirúrgica en Madrid, Juan Carlos I estaba en Botsuana cazando elefantes con ella.
La caída que sufrió allí —se fracturó la cadera al ir al baño de noche— obligó a su repatriación de urgencia. El escándalo fue internacional. Un rey de 74 años, en medio de una crisis económica devastadora para su país, cazando animales protegidos en África con su amante mientras su esposa convalecía en casa tras someterse a una operación quirúrgica. Las imágenes dieron la vuelta al mundo. Y España, por primera vez, vio sin filtros la doble vida de su monarca.
El libro apenas menciona el escándalo. Se centra en justificar el viaje: «Admito que ese periplo lejano y costoso puede parecer desajustado con respecto a la situación del país. Pero no acepto que se vea como una prueba de mi desinterés por mi función de jefe de Estado». Luego defiende la caza legal de elefantes como una forma de financiar la conservación de parques nacionales. Es una defensa técnica que ignora completamente el problema moral y político.
Corinna: «una antigua relación»
Todo lo que Juan Carlos I dice sobre Corinna zu Sayn-Wittgenstein lo dice sin nombrarla nunca. Es «una antigua relación» que «ha difundido relatos difamatorios, y a menudo incluso contradictorios, a través de entrevistas, pódcast, una serie de televisión y un proceso judicial inútil». Proceso judicial inútil. Así llama al juicio que Corinna ganó en Londres contra él.
«La justicia británica ha hecho su trabajo y ahora puedo, en un contexto más tranquilo, contar mi versión», escribe. «Lo hago obligado por las circunstancias, porque no quiero que ella tenga la última palabra, que su versión de los hechos sea considerada como la única verdad. No puedo eludir este asunto, puesto que ha tenido un impacto desafortunado en mi reinado y en mi destino».
Es un párrafo revelador. Primero, porque admite que el caso Corinna tuvo «un impacto desafortunado en mi reinado». Desafortunado. Como si hubiera sido mala suerte, no consecuencia de sus propias decisiones. Segundo, porque dice que no puede eludir el asunto, cuando en realidad lo elude completamente: nunca explica la naturaleza real de su relación con Corinna, nunca aborda las acusaciones concretas que ella hizo, nunca menciona las grabaciones que se filtraron.
Y luego viene la frase más autocompasiva del libro: «Lo hago con total sinceridad y pudor. Detrás de la coraza del rey, hay un hombre herido, un hombre que desvela las debilidades que hasta ahora esperaba guardar». Un hombre herido. Pero no menciona que Sofía también estaba herida. Que sus hijas estaban heridas. Que la institución monárquica estaba herida. Solo él es la víctima.
El doble rasero moral
No deja de llamar la atención en el capítulo sobre su vida privada el contraste entre cómo habla de Sofía y cómo habla de sus amantes. A Sofía le dedica elogios grandilocuentes: «Nada podrá borrar mis profundos sentimientos hacia mi esposa, Sofi, mi reina, ni siquiera algunas desavenencias. Sigo muy apegado a mi mujer, que conserva toda mi admiración y todo mi afecto».
Pero esos elogios vienen inmediatamente después de negar sus aventuras y justo antes de admitir que viajó a Botsuana con su amante. Es decir, en el mismo capítulo donde reconoce haber tenido «una relación» con la exmujer de un amigo, insiste en que nada puede borrar sus sentimientos hacia Sofía. Es un ejercicio de doble pensamiento: puedo tener amantes y seguir queriendo a mi esposa. Puedo humillarla públicamente y seguir admirándola.
El libro nunca se pregunta qué sintió Sofía cuando se enteró de Botsuana. O cuando escuchó las grabaciones de Corinna. O cuando leyó en la prensa internacional sobre las relaciones de su marido. Juan Carlos I vive en un universo moral donde sus acciones no tienen consecuencias para otros, solo para él. «Le di poca importancia, porque en modo alguno perturbaba mis funciones oficiales», dice sobre los rumores de los años noventa. Nunca se pregunta si perturbó a su familia.
Cuando lo personal destruye lo institucional
Juan Carlos I quiere separar su vida privada de su función pública. Insiste en que sus relaciones extramatrimoniales no afectaron su capacidad como jefe de Estado. Pero eso es precisamente lo que no puede hacer un rey constitucional en una democracia moderna. La monarquía no se sostiene por derecho divino, se sostiene por el consenso ciudadano. Y ese consenso depende, entre otras cosas, de que el monarca represente ciertos valores: responsabilidad, dignidad, respeto a las instituciones.
Cada aventura que tuvo, cada viaje con amantes, cada humillación pública a la reina Sofía erosionó ese consenso. No inmediatamente, porque el pacto de silencio lo protegía. Pero cuando ese pacto se rompió, cuando Botsuana destapó lo que todos sabían pero nadie decía, el daño a la monarquía fue irreversible.
El caso Corinna no fue la causa de su abdicación, pero fue el catalizador. Sumado al caso Nóos (su yerno condenado por corrupción), a las cuentas en Suiza, a los 100 millones de euros del rey saudí, configuró una imagen de un monarca que vivió décadas al margen de las normas que se aplicaban al resto de los españoles. Y cuando esa imagen se hizo pública, completa, innegable, Juan Carlos I tuvo que abdicar.
El libro intenta revertir ese daño presentándolo como víctima de difamación. Pero es un ejercicio fútil. Porque lo que destruyó su reinado no fueron los «relatos difamatorios» de Corinna, sino sus propias acciones durante cuarenta años. Las amantes no fueron el problema. El problema fue creer que podía tenerlas sin consecuencias, que la institución monárquica lo protegería indefinidamente, que España nunca le pediría cuentas.
Ahora, desde Abu Dabi, Juan Carlos I se presenta como un «hombre herido» que solo quiere contar su versión. Pero su versión es un ejercicio de negación y victimismo que ignora lo fundamental: que un rey que exige respeto a la institución debe, primero, respetar esa institución él mismo. Y durante décadas, con cada aventura, con cada engaño a su esposa, con cada viaje con amantes pagado indirectamente por los contribuyentes, Juan Carlos I demostró que para él la Corona era un privilegio que lo eximía de las normas, no una responsabilidad que las multiplicaba.
Esa es la verdadera historia de «su vida privada que ya no es tan privada». No la que él cuenta en este capítulo evasivo y autocompasivo, sino la que España entera vio cuando el pacto de silencio con los medios de comunicación y todos aquellos que lo cubrían finalmente se rompió.