Hijas, yernos y escándalos: la familia disfuncional de La Zarzuela
Juan Carlos I se lamenta en sus memorias de no poder ver a sus nietas Leonor y Sofía, de que su hija Cristina fuera excluida de su abdicación o de que Letizia nunca quisiera hablar con él. Pero en su relato de victimización olvida señalar que fue él quien destruyó a la familia con décadas de escándalos. El caso Nóos no rompió a los Borbones, solo hizo visible una fractura que llevaba años gestándose. Ahora, desde Abu Dabi, el rey emérito contempla los restos sin asumir su responsabilidad.
La familia real española que Juan Carlos I describe en sus memorias es un campo de ruinas. Hijas excluidas de la «Familia Real», nietas a las que no puede ver aunque vivan a cien metros de distancia, una nuera que nunca quiso hablar con él, un hijo que se volvió «frío» y «distante». Es un retrato desolador de relaciones rotas, puentes quemados, afectos perdidos. Y en el centro de todo, Juan Carlos I se presenta como víctima de las circunstancias, de las decisiones de otros, de la presión política. Lo que nunca admite es lo obvio: que fue él quien prendió fuego a su propia familia.
«Tuve que pedirle que no asistiera», escribe sobre su hija Cristina y la ceremonia de abdicación. «Me resultó doloroso y penoso». Es junio de 2014. Juan Carlos abdica en su hijo Felipe VI. Toda la familia debería estar presente. Pero Cristina no puede ir. El caso Nóos, el escándalo de corrupción que implica a su marido Iñaki Urdangarin, la ha convertido en un lastre político. Entonces, el rey toma una decisión que resume toda su relación con la familia: la sacrifica.
Cristina, la hija sacrificada en el altar del caso Nóos
El relato que Juan Carlos I hace del caso Nóos oscila entre la defensa apasionada de su hija y la admisión implícita de que la usó de salvaguarda. «Cristina estaba, de forma injusta —porque su inocencia ha sido probada por los tribunales, e incluso ratificada por el Tribunal Supremo— en el punto de mira», escribe. Y tiene razón. Cristina fue finalmente absuelta. Pero eso no impidió que su padre la excluyera de los actos más importantes de la monarquía.
El caso Nóos estalló en 2011. Durante años, Iñaki Urdangarin, el marido de la Infanta, y su socio Diego Torres habían dirigido una fundación que organizaba eventos deportivos con dinero público. Las acusaciones eran graves: malversación, fraude, tráfico de influencias. Cristina fue imputada en 2013. «El juez buscaba deliberadamente notoriedad y se empeñó en convertir el caso en ejemplarizante», se queja Juan Carlos I. Como si el problema fuera el juez, no el yerno corrupto.
Y luego viene la confesión que lo dice todo: «Dado el impacto del asunto Nóos en la opinión pública, la Casa Real intentó establecer un cortafuegos, y desde el año 2011 la pareja fue excluida de las actividades oficiales de la Familia Real. Sugerí a mi hija que renunciara voluntariamente al título de duquesa de Palma que le fue concedido en su boda, como gesto de desagravio por la crisis».
Sugerí. Palabra eufemística. Juan Carlos I le pidió a su hija que renunciara a su título antes de que los tribunales dictaran sentencia. «¿Era ceder al clamor popular antes del veredicto de los tribunales?», se pregunta. Sí, exactamente eso era. Y luego se responde a sí mismo: «En mi opinión, era necesario hacer un gesto simbólico que dejara claro que éramos conscientes del problema». El problema no era Iñaki, el problema era la imagen.
Durante dos Navidades consecutivas, Cristina y su familia no fueron invitadas a las cenas de La Zarzuela. «Mi mujer sufrió enormemente al verse privada de la alegre presencia de una parte de sus nietos», escribe. Pero no fue el azar quien privó a Sofía de sus nietos. Fue una decisión política de la Casa Real, con Juan Carlos I al frente. Primero excluyó a su hija, luego se lamenta de las consecuencias.
Las nietas prohibidas a cien metros de distancia
Si hay una queja recurrente en el libro es la de las nietas que Juan Carlos I no puede ver. «Nunca he podido salir solo por Madrid con mis nietas Leonor y Sofía», escribe. Es una frase desgarradora. El abuelo que no puede llevar a sus nietas a tomar un helado, al cine, a dar un paseo. Y la razón que da es aún más reveladora: «Mi mujer nunca ha podido recibirlas a solas en Palma, como hace habitualmente con todos sus primos».
El detalle es importante. Sofía sí puede ver a sus otros nietos —los hijos de Elena y Cristina— pero no a Leonor y a la pequeña Sofía. «Las veía de vez en cuando, pero le habría encantado verlas más a menudo, sobre todo porque viven a escasos cien metros de distancia». Cien metros. La distancia entre la residencia de Juan Carlos I en La Zarzuela y el de Felipe VI. Tan cerca y tan lejos.
¿Por qué esta distancia? Juan Carlos I nunca lo dice explícitamente, pero la implicación es clara: es decisión de Felipe y Letizia. «Ella hubiera deseado transmitirles la genealogía, la historia y los valores de nuestra familia. Y algunos consejos de reina emérita con una trayectoria impecable a una futura Reina», escribe sobre Sofía y Leonor. Pero no se lo permiten.
Es cierto que la relación entre abuelos y nietos ha sido instrumentalizada como arma política en la crisis de la monarquía. Pero Juan Carlos I nunca se pregunta por qué Felipe y Letizia han tomado esa decisión. ¿Será porque no quieren que el abuelo corrupto, el del exilio en Abu Dabi, las cuentas en Suiza y las amantes públicas, sea modelo de nada para sus hijas? No. Para él, es simplemente una injusticia más que soportar.
«Me entristecía no poder entablar una relación personal con ellas, contarles historias, compartir comidas en restaurantes, hacer viajes, llevarlas a ver algún partido, tal y como he hecho con mis otros nietos», se lamenta. Y es genuinamente triste. Pero la responsabilidad de que esa relación sea imposible es, en gran medida, suya.
Letizia, la villana conveniente
Si Juan Carlos I necesitaba un villano en su relato familiar, ese villano es Letizia. Nunca lo dice abiertamente, pero la implicación está en cada frase. «La entrada de Letizia en nuestra familia no ayudó a la cohesión de nuestras relaciones familiares», escribe. Es la única vez que culpa directamente a alguien de la fractura.
Y luego cuenta una anécdota explicativa: «Le decía: ‘La puerta de mi despacho está siempre abierta para ti, ven cuando quieras’. Pero nunca vino». Durante años, Letizia nunca fue a hablar con su suegro. ¿Por qué? Juan Carlos I no lo explica. Solo dice: «Nuestro desencuentro personal no debía reflejarse en nuestra acción institucional. Hice todo lo posible para superar nuestras diferencias, porque el éxito de la pareja real es una garantía para el futuro de la Corona».
Hizo todo lo posible. Pero todo lo posible no incluía dejar de tener amantes públicas, de cazar elefantes en Botswana, de tener cuentas opacas en paraísos fiscales. Todo lo posible se limitaba a decirle a Letizia que su puerta estaba abierta. Y cuando ella no venía, el problema era de ella.
La realidad es que Letizia tenía razones de sobra para mantener distancia con Juan Carlos I. Era una mujer que había entrado en la familia real sin el entrenamiento de Sofía, sin la tradición aristocrática de las princesas europeas. Y lo primero que tuvo que hacer fue lidiar con un suegro cuyas aventuras eran la comidilla de todo Madrid. No es difícil entender por qué prefirió mantenerse al margen.
Felipe, el hijo que se volvió distante
La relación con Felipe es la más dolorosa de todas, precisamente porque Juan Carlos I creyó que sería la más sólida. «Durante mucho tiempo me jacté de poder contar con el príncipe heredero mejor preparado de Europa», escribe con orgullo. Y es cierto. Felipe fue educado meticulosamente para ser rey. Pero esa educación también le enseñó algo que su padre nunca entendió: que la institución está por encima de la persona.
La escena más reveladora es la visita a la localidad gallega de Sanxenxo en 2022. Juan Carlos I vuelve a España durante tres días para una regata. Su hija Elena le recibe «por sorpresa». Pero luego tiene que ir a La Zarzuela a ver a Felipe. Y lo que debería ser un reencuentro familiar se convierte en una reunión fría, casi burocrática.
«El personal de la casa me esperaba, pero no les dejaron quedarse a saludar y les enviaron de vuelta a sus respectivas tareas. Me decepcionó no ver sus cálidas sonrisas», escribe. El detalle es brutal. Ni siquiera el personal de La Zarzuela, gente que le había servido durante décadas, pudo saludarle. Felipe se lo prohibió.
La conversación fue peor. Felipe le reprochó que hubiera llegado en avión privado, que los fotógrafos pudieran acercarse, que «convocara a la prensa». Todo inventado, según Juan Carlos I. Y luego viene el golpe final: «El Gobierno me ha pedido que te diga que no vuelvas en junio para el Mundial de vela de Sanxenxo». Juan Carlos I pregunta: «¿Y qué piensas tú?». Felipe responde: «Pienso lo mismo».
«Me pregunté dónde habían ido a parar su ternura y su compasión», escribe Juan Carlos I. «Ya no era el joven amable y sonriente de antes. El peso de la Corona lo había cambiado». Es una lectura generosa. La otra lectura, la más obvia, es que Felipe había visto a su padre destruir la monarquía con sus escándalos y había decidido que la única forma de salvarla era distanciarse por completo.
Después de esa conversación, hay una comida familiar. «Ni platos ni vinos especiales, solo una comida ordinaria para el invitado en que me había convertido». Invitado. En su propia casa. En el palacio donde vivió sesenta años. Es una imagen desoladora. Y reveladora. Juan Carlos I ya no es parte de la familia, es un problema que gestionar.
El espejo roto: víctima o artífice
Juan Carlos I termina su relato familiar con una pregunta implícita: ¿es víctima de la exclusión o artífice de su propia soledad? Dice que Elena y Cristina «siempre han sido un apoyo incondicional para mí». Las fotos del libro lo confirman: sus hijas le visitan en Abu Dabi, celebran su cumpleaños con él. Pero no pueden ser parte de la «Familia Real». Solo son «familia del Rey».
«Mis dos hijas, Elena y Cristina, forman parte de la ‘familia del Rey’, pero no de la Familia Real», explica. «Había razones tangibles para hacerlo». Las razones son el caso Nóos y los divorcios. Pero Juan Carlos I no puede evitar preguntarse: «¿No se las debilita?» al reducir la familia real al mínimo.
Es una buena pregunta. Pero la respuesta no es técnica, es personal. La familia real española se debilitó no porque Felipe decidiera reducirla, sino porque Juan Carlos I la destruyó. Cada escándalo, cada infidelidad, cada cuenta en Suiza, cada comisión por hacer el que era su trabajo, cada cacería con amantes fue un ladrillo menos en el edificio familiar. Y cuando ese edificio colapsó, Juan Carlos I se sorprendió de estar entre los escombros.
La paradoja del libro es que muestra a un hombre que amó a su familia a su manera —protegió a Cristina hasta donde pudo, ayudó al nieto descarriado Felipe Juan Froilán de Marichalar en Abu Dabi— pero que nunca entendió que ese amor no era suficiente. Que no puedes humillar públicamente a tu esposa durante décadas y esperar que esté contigo en el exilio. Que no puedes tener cuentas opacas y amantes notorias y pretender que tus nietas te vean como modelo.
Al final, Juan Carlos I está solo en Abu Dabi porque él mismo construyó esa soledad. Ladrillo a ladrillo, escándalo a escándalo, decisión a decisión. Y ahora, desde la distancia, contempla a una familia rota y se pregunta cómo llegaron hasta ahí. La respuesta está en cada página de su libro. Solo que él no quiere leerla.