“RECONCILIACIÓN”, MEMORIAS DEL REY EMÉRITO DE ESPAÑA (IV)

13 décembre 2025 - 09:47

El mito del rey solitario: ¿quién hizo realmente la Transición?

 

Juan Carlos I presenta en sus memorias una versión ególatra e individualista de la democratización española que contradice el consenso historiográfico. Adolfo Suárez, Torcuato Fernández-Miranda, los partidos de oposición y la movilización ciudadana fueron actores esenciales de un proceso que el rey emérito se atribuye casi en exclusiva bajo el título «Cambié España… a pesar de todo». 

«Cambié España… a pesar de todo». Con esta frase como título de la cuarta parte de sus memorias, Juan Carlos I revela la tesis central de su libro: él, prácticamente solo, transformó una dictadura en democracia. Es una narrativa cómoda, heroica, autocomplaciente. También es profundamente inexacta. La Transición española fue un proceso colectivo, complejo y frágil donde confluyen múltiples actores: políticos reformistas, líderes de la oposición, partidos clandestinos, sindicatos, intelectuales, y una sociedad que llevaba décadas anhelando libertad. Reducir todo eso al voluntarismo de un monarca es un ejercicio de revisionismo histórico que distorsiona la memoria de aquellos años.

El propio Juan Carlos I, a lo largo de su relato, reconoce la importancia de otros protagonistas. Pero lo hace siempre desde una perspectiva que minimiza sus aportaciones o las subordina a su propia voluntad. «Sin los españoles yo no habría conseguido nada», admite en un momento de aparente humildad. Pero inmediatamente después reafirma: «era por ellos y con ellos como esperaba conseguir mis objetivos». Los españoles no son sujetos activos de la Historia, sino instrumentos de los objetivos del rey. Esta contradicción recorre todo el libro.

Adolfo Suárez: el motor de la reforma

Si hay un nombre que aparece constantemente en las páginas sobre la Transición es el de Adolfo Suárez. Juan Carlos I le dedica elogios significativos, incluso confesiones que desmienten su propio protagonismo: «Si hubo un político que cumplió todas sus promesas ese fue Adolfo Suárez. Gracias a su dinamismo, arrastró consigo a toda España». Es una afirmación contundente. No fue el rey quien arrastró a España, fue Suárez. El presidente del Gobierno «consiguió convencer a los franquistas de que renunciaran a ciertos valores para asegurar su supervivencia, y a la oposición de que entrara en un proceso de negociación emanado de una legalidad heredada del franquismo».

Este reconocimiento es esencial porque desmonta la tesis del libro. Suárez no fue un simple ejecutor de las ideas del rey, sino el artífice político de la reforma. Fue él quien diseñó la estrategia, quien negoció con todos los sectores, quien puso su capital político en juego. Juan Carlos I describe su relación como excepcional: «Adolfo y yo habíamos desarrollado una verdadera complicidad y confianza, hasta el punto de entendernos casi sin hablar». Pero complicidad no es lo mismo que autoría.

El rey reconoce que eligió a Suárez precisamente porque encarnaba «la reforma sin ruptura» que él deseaba. Era «un producto puro del franquismo» que conocía «los entresijos del régimen» y podía «inducirlos a evolucionar». En otras palabras, Juan Carlos I necesitaba a Suárez porque él solo no podría haber llevado a cabo la Transición. No tenía la habilidad política, el conocimiento del aparato del Estado, ni la capacidad de negociación que Suárez poseía.

Torcuato Fernández-Miranda: el arquitecto jurídico olvidado

Aún más revelador es el papel de Torcuato Fernández-Miranda, el antiguo profesor de Derecho del rey que se convirtió en la pieza clave para desmontar legalmente el franquismo. Juan Carlos I es explícito sobre su contribución: «Torcuato Fernández-Miranda se impuso la ardua tarea de redactar una ley que se sumara a la legislación ya existente para poder transgredirla. Como astuto jurista, redactó un breve texto que, por así decirlo, volvía al régimen contra sí mismo».

Esta es la operación fundamental de la Transición: usar la legalidad franquista para destruir el franquismo desde dentro. Y no la hizo Juan Carlos I, la hizo Fernández-Miranda. «Los tres pasamos el verano de 1976 perfilando esta ley», admite el rey. Tres: él, Suárez y Fernández-Miranda. ¿Dónde está entonces el rey solitario que cambió España?

Durante semanas, Fernández-Miranda habló personalmente con cada uno de los procuradores de las Cortes franquistas para convencerles de que votaran a favor de su propia extinción. «Tenía una gran autoridad moral», reconoce Juan Carlos I. Mientras tanto, «Adolfo Suárez echó mano de todo su encanto y habilidad para convencerles de que el franquismo sin Franco no tenía futuro». ¿Y el rey? «Por mi parte, hice innumerables apariciones públicas para intentar conquistar un verdadero apoyo popular para la ley». Apariciones públicas. Importantes, sin duda, pero no el trabajo político de fondo.

Los partidos políticos: actores esenciales, no invitados

La legalización del Partido Comunista es uno de los episodios más controvertidos de la Transición. Juan Carlos I narra con cierto orgullo su gestión secreta a través de Rumanía para contactar con Santiago Carrillo antes de la muerte de Franco. «Una democracia sin el Partido Comunista sería cuestionable», le dice a Suárez en el libro. Es un reconocimiento importante: el rey entendía que la legitimidad democrática exigía incluir a todos los actores políticos.

Pero lo que el libro minimiza es el papel activo del propio PCE en hacer posible la Transición. El Partido Comunista abandonó el marxismo-leninismo, aceptó la monarquía y adoptó la línea del eurocomunismo bajo la influencia del contexto europeo. No fue una concesión graciosa del rey, fue una decisión estratégica de Carrillo y su partido. Juan Carlos I lo admite: «El PCE resolvió finalmente descartar ciertas exigencias, como por ejemplo mi renuncia previa, y aceptó la idea de un proceso de democratización dirigido por mi Gobierno y supervisado por mí». Aceptó. No fue impuesto, fue negociado.

El Partido Socialista, con Felipe González a la cabeza, tampoco aparece como actor relevante en esta narrativa, más allá de menciones ocasionales. Sin embargo, el PSOE fue fundamental en la movilización social, en las negociaciones con el Gobierno y en dar credibilidad democrática al proceso. Cuando Juan Carlos I recuerda las primeras elecciones de 1977, describe la victoria de Suárez seguida de cerca por los socialistas, pero no analiza qué significó esa alternancia en ciernes para consolidar la democracia.

La verdad histórica es que la Transición fue posible porque la oposición democrática —comunistas, socialistas, nacionalistas— aceptó negociar con un régimen heredado del franquismo. Renunciaron a la ruptura revolucionaria y optaron por la reforma pactada. Eso no fue generosidad de Juan Carlos I, fue realismo político de la izquierda española.

 La presión social: el pueblo que el rey olvida

«Sin los españoles yo no habría conseguido nada», afirma Juan Carlos I. Pero en su relato, los españoles son figurantes, no protagonistas. No aparecen las huelgas masivas de 1976, las movilizaciones por la amnistía, las manifestaciones republicanas. No se analiza la presión social que hizo inviable la continuidad del franquismo.

El referéndum de diciembre de 1976 sobre la Ley para la Reforma Política fue aprobado con un 97% de votos a favor y una participación del 78%. Juan Carlos I lo describe como «un maremoto» que le dio «legitimidad popular». Pero no reflexiona sobre lo que ese resultado significaba: los españoles querían democracia, con o sin rey. El monarca era aceptable si garantizaba la libertad, pero no porque tuviera un derecho divino o histórico al trono.

Las primeras elecciones de 1977 son descritas como «una fiesta popular» donde «todo estaba por inventar». Es una imagen festiva y despolitizada que oculta décadas de lucha clandestina, represión y resistencia. Esa «fiesta» era el resultado de un largo camino que miles de españoles habían recorrido en la ilegalidad, pagándolo en sus propias carnes con la represión, la cárcel y el exilio.

 Contexto internacional: la pieza que falta

El libro apenas menciona el contexto internacional favorable a la democratización española. La détente entre Estados Unidos y la Unión Soviética, el eurocomunismo, la presión de la Comunidad Europea para que España se modernizara institucionalmente. Todo eso creó un marco en el que la Transición era no solo posible, sino casi inevitable.

Juan Carlos I subraya que España necesitaba incorporarse a Europa, y tiene razón. Pero esa incorporación exigía democracia. No era una opción, era un requisito. El rey no «cambió España» por convicción democrática abstracta, sino porque la España franquista estaba condenada al aislamiento y al atraso.

Un proceso colectivo disfrazado de hazaña individual

Al final, las propias palabras de Juan Carlos I traicionan su tesis heroica. Cuando describe la Transición, usa metáforas reveladoras: «Era como navegar con la vista fija en el timón de un barco en medio de una tormenta». Un timón. No el motor, no las velas, no la tripulación. El timón. Una pieza importante, sí, pero inútil sin todo lo demás.

Reconoce que tenía «dos eficaces aliados ejecutivos en Adolfo Suárez y Torcuato Fernández-Miranda». Aliados ejecutivos. Es decir, los que realmente ejecutaban las reformas. Y añade: «el destino de un país en mis manos». Pero un país no es un objeto inerte que un monarca maneja a voluntad. Es una sociedad viva, con actores políticos, movimientos sociales, intereses en conflicto.

La Transición española fue un proceso admirable precisamente porque fue colectivo. Porque implicó renuncias mutuas, negociaciones complejas, valentía de muchos. Adolfo Suárez arriesgó su carrera política. Santiago Carrillo aceptó la monarquía. Felipe González moderó su discurso. Fernández-Miranda diseñó la ingeniería jurídica. Los militantes clandestinos salieron de las sombras. Los ciudadanos votaron masivamente. Y sí, Juan Carlos I jugó su papel: mantuvo a raya al Ejército, legitimó el proceso, no obstruyó las reformas.

Pero decir «cambié España… a pesar de todo» no es memoria, es mitología. Es convertir un logro colectivo en hazaña individual. Es reescribir la Historia para colocarse en el centro de una fotografía en la que solo era uno más de los protagonistas. Y no el más importante.

 

Compartir el artículo