El exilio dorado: Abu Dabi como último refugio
Juan Carlos I abandonó España el 2 de agosto de 2020, lo cual es presentado por el otrora soberano como un sacrificio por la Corona. Su libro oculta otra historia: la de un monarca acorralado por investigaciones judiciales que encontró refugio en una monarquía árabe con la que mantenía vínculos financieros desde hacía décadas.
«Salí del Palacio de la Zarzuela la mañana del domingo 2 de agosto de 2020. Sin avisar a nadie.» Con estas palabras dramáticas, Juan Carlos I abre la primera parte de sus memorias, titulada significativamente «En la soledad del desierto». La escena está cuidadosamente construida para transmitir desconcierto y dolor: «Tenía el corazón roto. Estaba abrumado como pocas veces lo he estado». Un rey de 82 años, con problemas de movilidad, abandonando el palacio donde vivió más de sesenta años, donde crio a sus hijos, donde gobernó España durante casi cuatro décadas.
Pero la narrativa emotiva esconde una realidad mucho más prosaica. Juan Carlos I no salió de España por un arrebato de nobleza institucional. Lo hizo acorralado por dos investigaciones judiciales que estrechaban el cerco sobre su figura: una en España, otra en Suiza. La Fiscalía del Tribunal Supremo español investigaba presuntas comisiones irregulares en el contrato del tren de alta velocidad (AVE) a La Meca; la justicia suiza indagaba una cuenta millonaria vinculada a él. Las revelaciones periodísticas se sucedían, los escándalos se acumulaban, la presión del gobierno de Pedro Sánchez aumentaba. Su hijo Felipe VI ya le había retirado la asignación y renunciado públicamente a su herencia. El exilio no fue una decisión heroica: fue la única salida.
El mártir incomprendido
A lo largo de los cuatro capítulos que dedica a su vida en Abu Dabi, Juan Carlos I despliega una estrategia victimista tan sistemática como poco convincente. Se presenta como un mártir que sacrificó su comodidad «por el bien de la Corona», cuando en realidad huía de la justicia. «Como los intereses de la Corona deben estar siempre por encima de cualquier consideración personal, resolví marcharme», escribe, dándole un barniz institucional a lo que fue esencialmente una fuga.
La victimización alcanza su clímax en el relato de la Navidad de 2020, su primera lejos de España. «Pensaba alejarme unas semanas, como mucho, para que se olvidaran de mí los medios de comunicación», cuenta, como si el problema fueran los periodistas y no las investigaciones penales. Imaginaba volver para su cumpleaños en enero, pasar las fiestas con su familia en La Zarzuela, retomar su vida. Pero la realidad lo golpeó aquella Nochebuena: «Seguí el oficio en la capilla de casa desde la distancia, a través de una pantalla interpuesta», escribe con autocompasión calculada.
La escena que describe es deliberadamente desgarradora: él solo frente a una tableta, viendo a su familia de espaldas, participando en la misa desde miles de kilómetros. «Al final de la misa, algunos de ellos me dirigieron unas breves palabras antes de desconectar la cámara. Me quedé atónito frente a una pantalla negra.» Y entonces, la pregunta retórica perfecta: «¿Estaba desterrado? ¿Era persona non grata en el seno de mi propia familia? Aquella noche de Navidad fue la más solitaria de mi vida.»
Es un relato construido para generar empatía, para presentarse como víctima de una ingratitud colectiva. Pero omite lo esencial: estaba investigado por presunta corrupción, había manchado la institución que dice haber protegido, había forzado a su hijo a distanciarse públicamente de él. Su soledad no era un castigo injusto, sino la consecuencia lógica de sus actos.
Abu Dabi no es Estoril
Juan Carlos I dedica varias páginas a explicar por qué eligió Abu Dabi. Descartó Portugal («los paparazzi me habrían localizado en pocas horas»), Marruecos («no estaba lo suficientemente lejos»), Australia y Nueva Zelanda («al otro lado del mundo»). Necesitaba, dice, «un destino remoto, acogedor, que me garantizara el anonimato y la seguridad, bien dotado en hospitales».
Pero la razón fundamental aparece casi de pasada: «Podría contar con el apoyo, la generosidad y la confidencialidad de sus dirigentes, a quienes frecuento desde hace ya mucho tiempo». Ahí está la clave. Abu Dabi no era un refugio cualquiera, sino que era el territorio de aliados políticos y financieros con los que había cultivado relaciones durante décadas. El jeque Mohamed bin Zayed, presidente de Emiratos, no era un desconocido: era un amigo personal que le garantizaría protección absoluta.
Juan Carlos I alquiló una casa en Nurai, «una pequeña isla muy tranquila, a quince minutos en barco de la capital emiratí», que describe como modesta: «Una casa cómoda pero no lujosa». La realidad que omite es que Nurai es un exclusivo enclave de lujo donde las propiedades se cotizan en millones de dólares, frecuentado por multimillonarios y celebridades internacionales. Su «exilio» transcurre entre vistas al mar, personal de servicio, seguridad privada y la hospitalidad de una de las monarquías más ricas del planeta.
La comparación con otros exilios es inevitable. Su abuelo Alfonso XIII vivió modestamente en Roma tras abandonar España en 1931. Su padre Don Juan pasó décadas en Estoril manteniendo la dignidad monárquica con recursos limitados. Juan Carlos I, en cambio, vive protegido en un paraíso fiscal, visitado regularmente por amigos, participando en regatas de vela, atendido por los mejores médicos emiratíes cuando necesitó una operación de rodilla.
«Desarrollamos una relación muy estrecha, alejada del protocolo», escribe sobre sus vínculos con las monarquías del Golfo. Esa «relación estrecha» incluía, como se revelaría después, una donación de 100 millones de dólares del rey Abdalá de Arabia Saudí depositada en una cuenta en Suiza. No era casualidad que buscara refugio precisamente allí.
Las investigaciones que prefiere olvidar
Lo más significativo de estas páginas no es lo que cuenta sobre su exilio, sino lo que calla sobre las razones reales que lo provocaron. Juan Carlos I dedica páginas a describir su soledad, su incertidumbre, su deterioro físico, pero apenas menciona las investigaciones judiciales concretas que motivaron su salida. Cuando lo hace, es siempre en términos vagos: «acusaciones totalmente infundadas de comisiones», «revelación de la existencia de una cuenta bancaria en Suiza».
Las investigaciones eran mucho más específicas. La Fiscalía suiza investigaba transferencias sospechosas por valor de decenas de millones de euros a través de la Fundación Lucum, radicada en Liechtenstein. La Fiscalía española indagaba su posible participación en comisiones irregulares vinculadas al contrato del AVE a La Meca, adjudicado a un consorcio de empresas españolas por valor de 6.700 millones de euros. Había testimonios, documentos bancarios, transferencias rastreadas.
Juan Carlos I realizó tres regularizaciones fiscales voluntarias entre 2020 y 2021, pagando casi 5 millones de euros a Hacienda por ingresos no declarados. Esas regularizaciones son, en la práctica, admisiones de que existían fondos ocultos. Pero en el libro solo aparece una mención tangencial, sin explicar de dónde procedía ese dinero ni por qué nunca lo había declarado.
La Fiscalía del Tribunal Supremo español acabó archivando las investigaciones en 2022 por prescripción de los hechos y por la inviolabilidad de la que gozaba como rey. Pero el archivo no fue una absolución: simplemente concluyó que los hechos investigados, aunque existieron, habían prescrito o no podían ser juzgados por razones procesales. Es una distinción fundamental que el libro ignora deliberadamente.
Un refugio conveniente
El exilio de Juan Carlos I en Abu Dabi plantea preguntas incómodas sobre la relación entre monarquías, opacidad financiera y paraísos fiscales. Los Emiratos Árabes Unidos no tienen tratado de extradición con España, su sistema judicial es opaco, la privacidad financiera está garantizada. Es, literalmente, uno de los mejores lugares del mundo para refugiarse cuando se tienen problemas legales en Europa.
Que el rey emérito eligiera precisamente ese destino, protegido por monarquías con las que había mantenido vínculos financieros durante décadas, dice mucho sobre la naturaleza real de esas relaciones. No eran solo diplomacia o amistad: eran redes de poder y dinero que le permitieron, cuando lo necesitó, encontrar un refugio inexpugnable.
«Estaba sometido a una tortura psicológica», escribe sobre sus primeros meses en Nurai, esperando una señal de Madrid que nunca llegaba. La frase resume perfectamente la disonancia de este relato: un hombre que vive en una isla de lujo, protegido por una monarquía petrolera, presentándose como víctima de una persecución injusta.
Su hijo Felipe VI hizo lo único sensato: mantener la distancia institucional. La monarquía española necesitaba sobrevivir al escándalo de Juan Carlos I, y eso solo era posible con una ruptura pública clara. El exilio, lejos de ser un «sacrificio por la Corona», era la mejor solución para todos: él evitaba la justicia, la Casa Real lo alejaba del foco, el gobierno español se quitaba un problema.
Cuatro años después, Juan Carlos I sigue en Abu Dabi. Ha vuelto ocasionalmente a España para participar en regatas de vela en la localidad gallega de Sanxenxo, siempre con permiso expreso de su hijo, siempre en visitas breves y discretas. Pero no vive en La Zarzuela, no tiene agenda oficial, no representa a la Corona. Es, en la práctica, un exiliado permanente que se niega a reconocer que su exilio no es noble, sino conveniente.