La discriminación contra personas en situación de pobreza experimenta el mayor crecimiento entre los delitos de odio, según datos del Ministerio del Interior. El 47% de las personas sin hogar han sufrido algún incidente violento, mientras la pirámide social se convierte en «un jarrón» que fragmenta la sociedad española. Expertos alertan de que más del 60% de estos delitos los cometen menores de edad, evidenciando la urgencia de abordar la aporofobia desde la educación temprana.
Los delitos por aporofobia han experimentado un incremento del 33,3% en 2024, convirtiendo el odio hacia las personas pobres en la forma de discriminación que más crece en España. Este aumento contrasta con el descenso general del 13,8% registrado en el conjunto de delitos de odio, según revela el más reciente informe del Ministerio del Interior sobre la evolución de estos crímenes. De las 1.955 infracciones penales e incidentes de odio registrados, la aporofobia emerge como una lacra social en ascenso que refleja la creciente fragmentación de la sociedad española.
El fenómeno adquiere dimensiones particularmente inquietantes entre las personas sin hogar. Según el Observatorio HATEnto, especializado en delitos de odio contra este colectivo, el 47% de las personas en situación de sinhogarismo ha sufrido al menos un incidente o delito relacionado con la aporofobia durante su experiencia en la calle. Esta cifra, aplicada a las aproximadamente 31.000 personas sin hogar que existen en España según la Fundación Rais, arrojaría un total de 17.900 posibles crímenes, lo cual es un baremo muy superior a los registrados a través de conductos oficiales.
La cara oculta de la violencia
La investigación desarrollada por el Movimiento por la Paz en seis ciudades españolas revela diferencias significativas en la victimización. Las mujeres sin hogar presentan tasas superiores de agresiones, con un 60,4% que reporta haber sufrido algún incidente frente al 44,1% de los hombres. Paradójicamente, las personas sin hogar de nacionalidad española registran mayores niveles de victimización (57,8%) que las extranjeras (33,3%), lo que desmonta estereotipos sobre el origen de la violencia aporofóbica.
La escasa denuncia representa uno de los mayores obstáculos para dimensionar el problema. De las 114 personas que relataron incidentes detallados de odio en el estudio del Movimiento por la Paz, solo 15 presentaron denuncia formal. Esta infradetección sistemática explica la brecha entre la realidad vivida por las víctimas y las cifras oficiales, perpetuando la invisibilidad de una violencia que los expertos consideran ya estructural.
Según los datos de Interior, de los 18 delitos de aporofobia registrados en 2023, once fueron cometidos por menores de edad, representando más del 60% del total. Esta proporción supera significativamente la participación de menores en otras formas de delitos de odio y evidencia la transmisión intergeneracional de prejuicios contra la pobreza.
Ruth Carravantes Vidales, responsable de incidencia e investigación de EAPN-ES, alerta de que estos datos ponen de relieve «la necesidad de abordar la aporofobia en edades tempranas de forma preventiva, introduciéndola en el ámbito educativo y en el día a día de las personas menores de edad». La normalización del desprecio hacia los pobres entre la juventud refleja un proceso de socialización que reproduce y amplifica la discriminación social.
Pirámide social como “un jarrón”
El término aporofobia, acuñado en los años 90 por la filósofa Adela Cortina, define el rechazo, aversión, temor y desprecio hacia las personas pobres o desamparadas. A diferencia de otras formas de discriminación basadas en identidades raciales, religiosas o de género, la aporofobia se fundamenta en la ausencia de recursos económicos, convirtiéndose en una de las formas de exclusión más invisibilizadas, pero no menos dañinas.
La pirámide social que tradicionalmente estructuraba la sociedad española se ha transformado en lo que los sociólogos denominan «un jarrón»: una base estrecha de privilegiados, un amplio sector medio vulnerable y una cúspide de excluidos cada vez más visible. Esta reconfiguración social genera tensiones que se canalizan frecuentemente hacia los sectores más desfavorecidos, utilizados como chivos expiatorios de problemas estructurales más complejos.
Las manifestaciones de aporofobia abarcan desde insultos y trato vejatorio hasta agresiones físicas y, en casos extremos, asesinatos. El Centre d’Acollida Assís ha documentado múltiples muertes violentas motivadas por aporofobia en España, confirmando que se trata de la manifestación extrema de una patología social que niega la dignidad a las personas más vulnerables. La vida en la calle reduces la esperanza de vida entre 20 y 30 años, según diferentes estudios, convirtiendo la supervivencia en un desafío diario agravado por la hostilidad social.
Combatir un problema estructural
La respuesta institucional ante la pobreza sigue centrada en criminalizar a quienes la sufren, según denuncia EAPN-ES, desplazando el foco de las causas estructurales hacia las víctimas. Esta aproximación alimenta los estereotipos que asocian pobreza con criminalidad, pereza o inmoralidad, justificando socialmente el rechazo hacia los más desfavorecidos.
España fue pionera en reconocer la aporofobia en su Código Penal como causa específica de discriminación, obligando a investigar y cooperar entre instituciones cuando existen indicios de este tipo de delitos. Sin embargo, la falta de consenso europeo y la escasa sensibilización social limitan la efectividad de estas medidas. EAPN-ES organiza el I Simposio Europeo sobre Aporofobia el próximo mes de septiembre en Murcia, con participación de Adela Cortina y el relator de Naciones Unidas sobre pobreza extrema, Olivier De Schutter.
La lucha contra la aporofobia requiere un compromiso integral que involucre gobiernos, instituciones, tercer sector, medios de comunicación y sociedad civil. Los expertos coinciden en que la herramienta más eficiente contra la aporofobia sigue siendo el desarrollo de mecanismos políticos y sociales que erradiquen la pobreza, abordando las causas estructurales de la desigualdad antes que sus síntomas más visibles.