Los casos judiciales contra familiares de Sánchez reavivan el debate sobre el “lawfare”

02 octobre 2025 - 08:36

Las investigaciones a Begoña Gómez y el hermano del presidente coinciden en el tiempo y se basan en denuncias de organizaciones de ultraderecha sin pruebas sólidas. El PSOE denuncia persecución política y propone limitar el mecanismo de la acusación popular, mientras juristas y organizaciones internacionales alertan sobre el uso partidista de los tribunales. El sistema español permite que cualquier entidad presente querellas basadas en recortes de prensa, generando procesos que se prolongan años sin fundamento, pero con un elevado coste reputacional.

España se encuentra en el centro de un intenso debate sobre la instrumentalización política del sistema judicial tras la acumulación de investigaciones que afectan al entorno familiar del presidente del Gobierno. Los casos contra Begoña Gómez y David Sánchez han coincidido temporalmente con momentos de debilidad parlamentaria del Ejecutivo, planteando interrogantes sobre si se trata de una casualidad procesal o de una estrategia coordinada de desgaste político. La singularidad de la situación radica en que ambas investigaciones se iniciaron a partir de denuncias presentadas por organizaciones vinculadas a la extrema derecha, basadas exclusivamente en informaciones periodísticas sin aportación de pruebas adicionales.

El origen de las investigaciones presenta patrones que han llamado la atención de expertos en derecho procesal. La denuncia contra Begoña Gómez fue presentada por la organización Manos Limpias, entidad que ha protagonizado múltiples querellas contra políticos progresistas que posteriormente han sido archivadas. En el caso del hermano del presidente, la acusación procede de Hazte Oír, organización de ultraderecha que ha utilizado sistemáticamente los tribunales como herramienta de presión política. Ambas entidades emplearon como única base probatoria recortes de prensa y especulaciones, una práctica que el ordenamiento español permite pero que genera dudas sobre su idoneidad en un Estado de derecho.

La cronología de los procedimientos refuerza las sospechas sobre motivaciones políticas. Las denuncias se presentaron en momentos de máxima tensión para el Gobierno: la investigación a Begoña Gómez coincidió con las negociaciones de la Ley de Amnistía, mientras que la del hermano del presidente se produjo durante la crisis de los ERE en Andalucía. Esta sincronización temporal, unida a la debilidad probatoria inicial de ambos casos, ha llevado a juristas progresistas a denunciar un uso partidista de la administración de justicia que recuerda a experiencias de lawfare documentadas en América Latina.

Deficiencias del sistema de acusación popular

El sistema español de acusación popular presenta vulnerabilidades que facilitan su instrumentalización política. A diferencia de otros países europeos, España permite que cualquier persona física o jurídica se persone como acusación en procedimientos penales, sin necesidad de acreditar interés legítimo o vínculos con los hechos investigados. Esta amplitud, que en principio busca garantizar el control ciudadano sobre la administración de justicia, se ha convertido en una herramienta de hostigamiento que organizaciones extremistas utilizan sistemáticamente para desgastar a sus adversarios políticos.

La práctica de iniciar procedimientos basados únicamente en «notitia criminis» procedente de medios de comunicación genera distorsiones evidentes en el funcionamiento judicial. Los jueces se ven obligados a admitir investigaciones carentes de indicios sólidos, iniciando procesos que se prolongan durante años sin llegar a conclusiones definitivas pero causando un daño reputacional irreversible a los investigados. Esta dinámica convierte los medios de comunicación en instructores informales de causas penales, pervirtiendo la separación de poderes y subordinando la justicia a los ritmos y intereses de la industria mediática.

Organizaciones internacionales como Transparencia Internacional han alertado sobre estos riesgos en sus informes sobre España. El sistema permite que entidades sin legitimación real paralicen la actividad política mediante denuncias temerarias que, aunque posteriormente se archiven, generan un ruido mediático que cumple su objetivo de desgaste. Esta mecánica explica por qué España presenta uno de los índices más altos de Europa en procedimientos penales contra políticos, pese a tener tasas de condena significativamente inferiores a otros países de su entorno.

Empecinamiento de ciertos jueces, pese a los reveses

El comportamiento de algunos magistrados en estos casos ha generado controversia por su persistencia pese a los reveses procesales y las advertencias recibidas. El juez Juan Carlos Peinado, instructor del caso Begoña Gómez, ha mantenido la investigación activa pese a que la Fiscalía ha solicitado repetidamente el archivo por falta de indicios. La Audiencia Provincial de Madrid ha revocado varias de sus decisiones, incluida la imputación de altos cargos de la Universidad Complutense, pero el magistrado ha continuado con diligencias que sus superiores consideran desproporcionadas.

Esta persistencia judicial plantea interrogantes sobre la independencia real del sistema. Cuando un instructor mantiene procedimientos que el Ministerio Público considera infundados y que instancias superiores han cuestionado, surgen dudas sobre las motivaciones que guían su actuación. El caso se complica cuando el magistrado adopta decisiones procesales inusuales, como citar al presidente del Gobierno como testigo o solicitar la imputación de ministros sin base legal sólida, actuaciones que trascienden la instrucción ordinaria para adentrarse en el terreno de la confrontación institucional.

El Consejo General del Poder Judicial ha iniciado diligencias disciplinarias contra Peinado tras recibir denuncias por irregularidades procesales. Las quejas incluyen la tergiversación de testimonios, errores en la gestión de plazos que han comprometido otras investigaciones y un trato procesal que varios juristas consideran vejatorio hacia algunos comparecientes. Esta supervisión disciplinaria evidencia que el comportamiento judicial ha trascendido los márgenes de la discrecionalidad normal para adentrarse en territorios que preocupan al propio órgano de gobierno de los jueces.

Propuesta de reforma y resistencias corporativas

La respuesta del PSOE mediante una proposición de ley que limitaría las acusaciones populares partidistas ha generado resistencias en sectores conservadores que interpretan la medida como un ataque a la independencia judicial. Sin embargo, la propuesta se limita a establecer filtros similares a los existentes en otros países europeos, impidiendo que partidos políticos y organizaciones con fines claramente partidistas utilicen los tribunales como herramienta de oposición. Francia, Alemania e Italia cuentan con mecanismos que evitan este tipo de instrumentalizaciones sin que ello haya menoscabado la calidad de sus sistemas judiciales.

La resistencia corporativa a estas reformas refleja dinámicas de poder que trascienden la mera defensa de la independencia judicial. Sectores conservadores del sistema han utilizado históricamente su posición para condicionar decisiones políticas que consideran inaceptables, especialmente en materias como la memoria histórica o el encaje territorial de Cataluña. La respuesta del sistema judicial a la Ley de Amnistía, calificada por algunas asociaciones como «el fin de la democracia», evidencia una politización que contradice el principio de neutralidad que debe regir la administración de justicia.

El debate sobre el lawfare en España ha trascendido las fronteras nacionales para convertirse en objeto de atención de organizaciones internacionales preocupadas por la instrumentalización política de la justicia. La Comisión Europea ha incluido a España en su mecanismo de supervisión del Estado de derecho, expresando inquietudes sobre la polarización del sistema judicial y su utilización como arena de confrontación política. Esta atención internacional evidencia que la situación española no constituye un fenómeno aislado, sino parte de una tendencia global de erosión democrática que utiliza los tribunales como ariete contra gobiernos progresistas.

 

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