Un año después de la DANA que costó 229 vidas, el presidente valenciano dimitió acorralado por las revelaciones periodísticas, la presión de las víctimas y el desgaste político. La decisión se gestó entre lágrimas, rezos y negociaciones en el palacete alicantino donde Mazón se refugió con sus más leales, mientras la dirección nacional del PP le cerraba todas las salidas. El funeral del 29 de octubre marcó el punto de no retorno cuando, ante las cámaras del mundo entero, los familiares de los fallecidos convirtieron al presidente en un paria político.
La historia de las dimisiones políticas en España suele escribirse en privado, entre muros discretos y con emisarios de confianza. Carlos Mazón eligió la Casa de las Brujas, un palacete del siglo XIX que alberga la sede del gobierno valenciano en Alicante, para protagonizar su particular vía crucis político. Durante ese fin de semana crucial, el ya expresidente de la Generalitat se encerró con su círculo más íntimo para decidir un destino que ya estaba escrito desde el miércoles 29 de octubre, cuando las víctimas de la DANA lo abuchearon frente al rey y las televisiones de medio mundo.
La cronología de la caída comienza exactamente diez días antes del anuncio final. El 24 de octubre, cuando esta publicación reveló que Mazón había llegado al Palau de la Generalitat cerca de las 20.00 horas del día de la tragedia, cambiado de ropa y después de acompañar a la periodista Maribel Vilaplana a su coche. Cada nueva información periodística desmontaba el relato oficial que el presidente había construido durante meses. La versión de que había ido directamente del restaurante El Ventorro al centro de crisis se derrumbó pieza por pieza.
El funeral de Estado del 29 de octubre supuso el momento definitivo. Los gritos de las familias resonaron en los pasillos del poder: asesino, cobarde, rata. Alberto Núñez Feijóo, líder del Partido Popular, presenció en primera fila cómo su barón valenciano se convertía en un apestado político. Ese mismo día, según fuentes del entorno presidencial, Mazón comunicó a su jefe nacional que no podía más y que tenía intención de marcharse. La frase que repetiría como un mantra durante los días siguientes.
El cónclave que enfureció a Génova
Entre el funeral y el anuncio de dimisión transcurrieron jornadas de tensión máxima. El viernes 31 de octubre, los tres presidentes provinciales del PP valenciano y el secretario general autonómico, Juan Francisco Pérez Llorca, se reunieron en Benidorm para diseñar la sucesión. Propusieron a Pérez Llorca como relevo provisional y a Vicente Mompó, presidente de la Diputación de Valencia, como candidato electoral. Un órdago que pretendía tutelar el proceso desde Valencia, sin interferencias de Madrid.
La reacción de Génova, en alusión a la calle de Madrid donde se encuentra la sede nacional del PP, fue inmediata y furiosa. La dirección nacional interpretó el movimiento como una insubordinación inadmisible. Para entonces, Feijóo ya había decidido que Mazón no sería el candidato en futuras elecciones. El funeral había sido la confirmación visual del desgaste extremo. La favorita en Madrid era María José Catalá, alcaldesa de Valencia, aunque ella insistía en rechazar la oferta para concentrarse en su ayuntamiento.
El domingo, la Casa de las Brujas se convirtió en el escenario de la decisión final. Junto a Mazón estaban Macarena Montesinos, secretaria general del PP en el Congreso y amiga personal del presidente; José Manuel Cuenca, su compañero de piso y jefe de gabinete; y Santiago Lumbreras, secretario autonómico de Relaciones Institucionales. También varios miembros del clan alicantino que había sostenido a Mazón durante toda su carrera política. Las conversaciones telefónicas con Feijóo se sucedieron sin llegar a un acuerdo sobre el sucesor.
Fue Montesinos quien asumió el papel que en 2011 había desempeñado Federico Trillo con Francisco Camps: convencer al presidente de que debía apartarse. Entonces también hubo lágrimas y rezos en el domicilio de Camps. Esta vez no hubo oraciones, pero la presión familiar y política resultó igual de efectiva. Algunos de sus más leales trataron de animarlo a resistir recordándole el destino de Rita Barberá, la exalcaldesa de Valencia que dejó el PP pero conservó su acta de senadora, salpicada por la corrupción. Mazón escuchó, pero la ecuación era simple: su salud mental estaba al límite y el proyecto de Feijóo hacia la Moncloa requería su sacrificio.
El último pulso y la rendición final
El lunes por la mañana, Mazón reunió a su Consell y a sus colaboradores en el Palau. Pasadas las nueve anunció su decisión, pero sin precisar cuándo presentaría formalmente su renuncia. Durante cinco horas mantuvo la incertidumbre, llegando a sugerir una posible baja médica sin formalizar la dimisión. Era su última baza para negociar las condiciones de salida y mantener cierto control sobre la sucesión.
Génova interpretó la maniobra como un último desplante inaceptable. Las presiones se intensificaron brutalmente. A las doce del mediodía, Feijóo confirmó públicamente la dimisión. Antes de las tres de la tarde, Mazón había presentado el escrito que ponía fin legal a su presidencia. La frase que justificó todo el proceso resonó con amargura: ya no puedo más. Era la admisión de una derrota personal antes que política.
La dimisión de Mazón reproduce un patrón conocido en la historia reciente del PP valenciano. Como en 2011, un líder de la oposición en Madrid convence a un presidente de la Generalitat tóxico de que debe apartarse para no entorpecer el camino hacia la Moncloa. Las circunstancias eran distintas: Camps enfrentaba imputaciones por corrupción, Mazón carga con la responsabilidad moral de 229 muertos. Pero el mecanismo de presión desde la dirección nacional fue idéntico.
Las revelaciones que sellaron el destino
Más allá de las negociaciones internas, fueron las informaciones periodísticas las que demolieron la posición de Mazón. La publicación del documental sobre su paradero el día de la DANA, confirmando que llegó al Palau cerca de las 20.00 horas; la revelación de que acompañó a Vilaplana hasta su coche en el aparcamiento de la Glorieta; el testimonio de que llegó ya cambiado de ropa, sin chaqueta ni corbata. Cada detalle desmontaba la narrativa oficial y añadía presión sobre un presidente que había mentido repetidamente sobre su actuación.
El anuncio final del lunes dejó más preguntas que respuestas. Mazón se presentó como víctima de un acoso político, evitó pronunciar la palabra dimisión y responsabilizó al Gobierno central de los fallos en la gestión. No hubo autocrítica real, solo el reconocimiento de que el ruido alrededor de su persona se había vuelto insoportable. Confirmó que mantendría su acta de diputado en Les Corts para conservar el aforamiento, lo que garantiza que solo puede ser investigado por el Tribunal Superior de Justicia valenciano.
La sucesión quedó en manos de Vox, el socio parlamentario que puede sostener un nuevo gobierno del PP o forzar elecciones anticipadas. Santiago Abascal dejó claro que no aceptará lentejas y que la extrema derecha no facilitará nada sin condiciones. Para el PP valenciano se abre un periodo de incertidumbre sin precedentes. Para Mazón, el final de una carrera política que la DANA del 29 de octubre de 2024 convirtió en insostenible. Diez días bastaron para tumbar lo que un año de resistencia no había logrado derribar.