El PP abraza la radicalización para evitar la fuga de votos hacia Vox

02 septembre 2025 - 10:21

La deriva ultraderechista del Partido Popular se consolida tras un verano de crisis internas y presión electoral constante de Vox. Los dirigentes conservadores abandonan la moderación institucional para competir directamente con la extrema derecha en el terreno del nacionalismo excluyente, la inmigración punitiva y el enfrentamiento territorial. Las encuestas reflejan que Feijóo ha perdido casi un millón de votantes hacia formaciones de ultraderecha, obligándole a sacrificar alianzas centristas y a normalizar discursos xenófobos que hasta hace dos años rechazaba públicamente.

La estrategia de radicalización del Partido Popular ha alcanzado en agosto de 2025 un punto de no retorno tras un verano particularmente convulso que ha evidenciado la inexorable deriva ultraderechista de Alberto Núñez Feijóo. Los dirigentes conservadores han consumado un giro ideológico que prioriza la competencia electoral con Vox sobre la búsqueda de mayorías parlamentarias moderadas, sacrificando décadas de tradición centrista para abrazar postulados que hasta hace poco tiempo consideraban inaceptables. Esta transformación responde tanto a la presión demoscópica de Santiago Abascal, que mantiene un 18,9% de intención de voto según el CIS, como a las tensiones internas de un partido fragmentado entre sectores que reclaman mayor radicalización y otros que alertan sobre los riesgos electorales de esta estrategia.

Los datos electorales justifican la alarma en Génova. Las encuestas internas del PP revelan que la formación ha perdido más de 300.000 votos hacia Vox desde las elecciones de julio de 2023, una sangría que se concentra especialmente en municipios con alta densidad de población extranjera donde el discurso del «efecto llamada» ha calado entre sectores de clase media. Esta realidad electoral ha forzado a Feijóo a reconsiderar estrategias que durante su etapa como presidente gallego había rechazado sistemáticamente, adoptando un lenguaje que hace apenas dos años resultaba impensable en un partido de vocación centrista.

Los episodios del verano ilustran perfectamente esta transformación. Los sucesos xenófobos de Torre-Pacheco pusieron en evidencia las consecuencias de haber colocado la inmigración en el centro del debate político conservador. Cuando estalló la violencia racista contra inmigrantes magrebíes en el municipio murciano, Feijóo tardó seis días en pedir mesura, pero aprovechó su intervención para volver a relacionar migración con delincuencia, legitimando narrativas que alimentan la xenofobia social.

La presión de Vox obliga al abandono de la moderación

La competencia electoral con la ultraderecha ha obligado al PP a abandonar posiciones históricas que le habían permitido construir mayorías parlamentarias amplias. «Los postulados del PP se han radicalizado desde que este es jefe de la oposición y no genera la ilusión que sí tenía en sus comienzos como presidente del PP», según análisis de expertos que constatan cómo la presión de Vox ha modificado sustancialmente el perfil ideológico conservador. Esta deriva ha llevado a Feijóo a proponer medidas como la «expulsión automática de inmigrantes que cometan delitos», rompiendo con el principio de proporcionalidad y equiparando irregularidad administrativa con predisposición delictiva.

La instrumentalización de la inmigración como arma electoral convierte al PP en cómplice de la agenda xenófoba que hasta hace poco tiempo consideraba inaceptable. Las propuestas de facilitar deportaciones masivas chocan frontalmente con la jurisprudencia del Tribunal Constitucional y del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, que han establecido criterios estrictos de proporcionalidad para las medidas de expulsión. Sin embargo, la lógica electoral resulta implacable: aunque Vox moviliza abstencionistas, la mayoría de sus votantes proceden del PP, obligando a Feijóo a demostrar que puede ser tan «garante del orden» como Abascal.

El fenómeno del «sándwich electoral» complica enormemente la estrategia popular. Por una parte, el PP esperaba capitalizar el desgaste gubernamental por casos de corrupción, pero Vox se ha beneficiado igualmente de la polarización bipartidista. Por otra, la próxima avalancha de sentencias judiciales contra dirigentes populares amenaza con alimentar la antipolítica que tradicionalmente favorece a la extrema derecha. En este contexto, el PP ha optado por anticiparse mediante una estrategia de confrontación total que le permita presentarse como alternativa de regeneración frente a un PSOE desgastado.

El sacrificio de aliados moderados

La radicalización conservadora implica renunciar conscientemente a potenciales socios parlamentarios que históricamente habían colaborado con el PP. El endurecimiento del discurso contra las cesiones competenciales ha provocado el distanciamiento del PNV, que tradicionalmente había servido como socio parlamentario fiable para los gobiernos conservadores. Aitor Esteban ha respondido con desplantes sistemáticos a las sugerencias de Feijóo sobre mociones de censura, evidenciando que la relación se ha deteriorado significativamente tras décadas de entendimiento bilateral.

«La dura realidad de los números en el Parlamento y el permanente desafío interno de los más duros ha empujado a la dirigencia del PP por la senda de la radicalidad», constatan analistas que identifican en esta deriva una estrategia desesperada ante la imposibilidad de construir mayorías alternativas. Los expertos discrepan sobre las consecuencias a largo plazo de esta estrategia, pero coinciden en que el acercamiento excesivo al discurso de Vox puede «cerrar la puerta a los nacionalismos periféricos» y limitar las opciones de gobierno futuras.

La nueva estrategia apuesta por la polarización como método de movilización electoral, asumiendo que la moderación supone un riesgo de sangría hacia la extrema derecha. Sin embargo, esta apuesta comporta riesgos evidentes. La adopción de elementos del discurso xenófobo, manteniendo un barniz de respetabilidad institucional, puede permitir al PP conservar su imagen de partido de gobierno responsable, pero amenaza con desestabilizar un modelo de integración que había logrado evitar los conflictos étnicos que caracterizan otros países europeos.

Consecuencias de la involución conservadora

El endurecimiento discursivo del PP ha normalizado progresivamente políticas discriminatorias que afectan a comunidades perfectamente integradas. La población latinoamericana, que constituye el 40% de la inmigración en España según el INE, había logrado niveles de integración laboral y social superiores a otros colectivos. Las propuestas conservadoras eliminarían estas diferencias, aplicando criterios punitivos generalizados que ignorarían décadas de integración exitosa en sectores estratégicos como la agricultura, la hostelería o los servicios sanitarios.

«Los politólogos ya anunciaban que intentar adoptar el lenguaje y postulados de Vox no favorecería a Feijóo y los acontecimientos del verano les dieron la razón», especialmente tras los incidentes de Torre-Pacheco, donde la retórica antiinmigrante del PP contribuyó a legitimar episodios de violencia xenófoba. La agresión a vecinos de origen magrebí y las llamadas a «cacerías» contra extranjeros evidenciaron cómo el discurso político puede desencadenar violencia real contra comunidades vulnerables.

La involución del PP representa un experimento peligroso con las bases de la convivencia democrática española. Al abandonar la moderación que había caracterizado su trayectoria histórica, los conservadores han decidido competir con la extrema derecha en su propio terreno, legitimando narrativas que fragmentan la cohesión social y erosionan los consensos básicos sobre derechos humanos. Esta deriva amenaza con convertir el centro-derecha español en cómplice de una agenda xenófoba que, según todos los precedentes europeos, termina por beneficiar exclusivamente a los partidos ultraderechistas que originalmente la impulsaron.

 

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