Casi la mitad de los españoles considera más difícil comprar una vivienda ahora que hace un año, mientras que solo el 18% se muestra optimista sobre sus posibilidades de invertir en productos financieros. La paradoja entre un crecimiento del PIB superior al 3% y una percepción ciudadana negativa de la economía muestra una brecha creciente entre la macroeconomía y la realidad cotidiana de las familias. El acceso a la vivienda se ha convertido en el principal obstáculo para traducir el crecimiento en mejoras tangibles del bienestar, absorbiendo cualquier ganancia en el poder adquisitivo de los hogares españoles.
España vive una situación paradójica. Los datos macroeconómicos sitúan al país como uno de los motores de crecimiento de Europa, con un PIB que avanzó un 3,2% en 2024 y previsiones que apuntan a superar el 3% en 2025, muy por encima de la media de la eurozona. Sin embargo, una encuesta reciente del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) revela que el 49,8% de los españoles considera más difícil comprar una vivienda ahora que hace un año y tan solo un 18% de los encuestados se muestra optimista sobre sus posibilidades de inversión en productos financieros. La brecha entre lo que muestran las estadísticas oficiales y lo que perciben los ciudadanos en su día a día se ha convertido en uno de los fenómenos más llamativos de la economía española contemporánea.
El último Eurobarómetro elaborado por la Comisión Europea también arroja datos reveladores sobre esta desconexión. España es el único país de la Unión Europea donde la situación económica se posiciona como la primera problemática a nivel nacional, la más mencionada por los ciudadanos. Un 60% de los españoles tiene una visión negativa de la situación económica actual del país, pese a que las cifras oficiales hablan de récords en creación de empleo y crecimiento sostenido. Esta percepción contrasta radicalmente con los indicadores macroeconómicos que sitúan a España como la economía más dinámica de los grandes países europeos. La pregunta que se hacen analistas y responsables políticos es evidente: ¿por qué esta mejora en términos de renta no se traslada a las condiciones de vida del conjunto de la población española?
La respuesta está en la vivienda. Antón Costas, presidente del Consejo Económico y Social, lo resume con claridad: «La vivienda está actuando como un enorme agujero negro que se traga la mejora de rentas de la economía». Los datos respaldan esta afirmación. El precio de la vivienda ha crecido de forma sostenida en los últimos años, con previsiones que apuntan a incrementos del 4,7% en 2025 según BBVA Research, y otras estimaciones de Bankinter que elevan esta cifra hasta el 8%. En términos reales, descontada la inflación, el precio de la vivienda podría encarecerse hasta un 7% en algunas zonas tensionadas. Este incremento sistemático convierte el acceso a la vivienda en una barrera insalvable para amplios sectores de la población, especialmente para las nuevas generaciones y las clases medias.
El déficit estructural de vivienda agrava el problema. Según cálculos oficiales del Banco de España, la economía española sufre un déficit de aproximadamente 600.000 viviendas entre 2022 y 2025. La construcción de obra nueva no logra seguir el ritmo de la demanda debido a múltiples factores: elevado precio de las materias primas, falta de mano de obra cualificada e incertidumbre regulatoria. Las proyecciones para 2025 indican que la construcción no alcanzará los niveles necesarios para satisfacer la demanda, lo que seguirá impulsando los precios al alza, especialmente en las zonas urbanas con mayor atractivo. A este desequilibrio se suma el crecimiento poblacional derivado de los flujos migratorios, que incrementa la presión sobre un mercado ya tensionado. España alcanzó los 48,9 millones de habitantes en octubre de 2024, la cifra más alta de su historia.
Estabilidad en el consumo, pero angustia habitacional
Las expectativas de consumo de los españoles se mantienen relativamente estables, pero lejos de reflejar optimismo. Según la encuesta del CIS, un 23% de los ciudadanos considera que tendrá menos capacidad para comprar ropa en los próximos seis meses, mientras que el 61% cree que su situación se mantendrá igual. Solo un 17% prevé mejoras. Este patrón se repite en otros rubros: un 14% espera tener menos capacidad para comprar pescado fresco, frente a un 68% que anticipa estabilidad. Las suscripciones digitales muestran el panorama más optimista, con un 18% que espera incrementar su gasto en este apartado. Sin embargo, estas expectativas moderadas en consumo contrastan con la angustia que genera el mercado inmobiliario, que representa el gasto más significativo en el presupuesto de cualquier familia española.
El ahorro tampoco genera confianza entre los ciudadanos. Un 25% de los españoles considera que tendrá menos capacidad de ahorro en los próximos seis meses, mientras que el 52% espera mantener su situación actual. Solo el 24% se muestra optimista sobre sus posibilidades de incrementar el ahorro. Esta percepción se produce en un contexto donde la tasa de ahorro de los hogares españoles se sitúa en torno al 13% de la renta bruta disponible, impulsada por el dinamismo de los ingresos y los incentivos derivados de unos tipos de interés que, aunque en descenso, se mantienen en niveles relativamente elevados. La paradoja es evidente: los hogares españoles están ahorrando más que en años anteriores, pero no perciben que su situación financiera mejore de forma sustancial.
El mercado laboral presenta otro contraste. Si bien las encuestas muestran que el 48,4% de los españoles considera que ahora hay menos posibilidades de encontrar empleo que hace un año, los datos oficiales revelan que la tasa de paro descendió hasta el 10,6% en el cuarto trimestre de 2024, la cifra más baja desde 2008. Entre la primavera y el otoño de 2025, la percepción sobre el mercado laboral empeoró significativamente, pasando de un índice de 47,2 en primavera a 42,9 en otoño. Este deterioro en la confianza se produce pese a que la economía española sigue creando empleo a un ritmo superior al de sus vecinos europeos. La explicación posible es que el crecimiento del empleo no siempre logra garantizar ingresos suficientes para salir de situaciones de precariedad, y que la calidad del empleo generado no responde a las expectativas de amplios sectores de la población.
La inversión sigue sin recuperar niveles prepandemia, lo que lastra el crecimiento potencial de la economía. La formación bruta de capital fijo mostró debilidad durante el periodo postpandemia, aunque registró un repunte en el cuarto trimestre de 2024. Pese a este avance, la inversión empresarial y en vivienda no ha recuperado el nivel de 2019, lo que limita las posibilidades de mejora de la productividad y, por tanto, de incrementos salariales sostenibles. Esta situación genera un círculo vicioso: sin inversión suficiente, la productividad se estanca; sin mejoras en productividad, los salarios reales crecen de forma limitada; y sin incrementos salariales significativos, el acceso a la vivienda se torna cada vez más complicado para una proporción creciente de la población.