Un estudio coordinado por Paula Zuluaga revela que los mensajes antifeministas de influencers generalistas superan cuatro veces en compromiso a los feministas, mientras los adolescentes varones muestran desconfianza hacia postulados de igualdad sin que ello se traduzca necesariamente en comportamientos machistas. Las investigadoras detectan un aumento del sentimiento de victimización masculina que presenta a los hombres como discriminados por las políticas de igualdad.
Los hombres jóvenes españoles se muestran cada vez más conservadores en su relación con el feminismo, aunque esta actitud reactiva en el discurso no siempre se traduce en conductas machistas. Esta es una de las principales conclusiones del libro La reacción neomachista después del feminismo, trabajo colectivo coordinado por Paula Zuluaga, investigadora de la Universidad Autónoma de Barcelona, que indaga en el fenómeno de una nueva generación de hombres que expresa desconfianza hacia el movimiento feminista o la idea de que el feminismo se ha convertido en una dictadura moral. El estudio analiza el papel que desempeñan los influencers en la propagación de ideas machistas o antifeministas, concluyendo que el contenido antifeminista genera aproximadamente cuatro veces más engagement que el feminista en plataformas digitales.
El análisis de 364 publicaciones de 26 destacados influencers generalistas en campos como moda, estilos de vida, deportes, fitness y videojuegos revela que la mayoría de los mensajes son neutrales, pero los contenidos antifeministas superan a los feministas: un 18,2% frente a un 14,8%. Más significativo resulta el engagement generado por cada tipo de contenido. Las publicaciones con mensajes o visualizaciones antifeministas acumulan hasta 5 millones de clics, mientras que las feministas apenas alcanzan los 52.000. Esta diferencia evidencia que los mensajes de rechazo al feminismo generan una mayor implicación por parte de los seguidores, especialmente entre el público masculino joven, lo que alimenta un ciclo de retroalimentación que intensifica la hostilidad hacia el movimiento feminista.
Elisa García-Mingo, coautora del libro y profesora de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid, señala en uno de los capítulos el proceso de politización de los discursos antifeministas en un contexto de presencia de agentes de socialización, especialmente plataformas digitales, que crean y promueven la difusión de ideologías extremistas y misóginas capaces de radicalizar a individuos y perpetuar la violencia de género. García-Mingo destaca que en estos espacios se ha registrado un efecto contagioso de las plataformas digitales que rompen con la frontera entre lo online y lo offline, exigiendo respuestas para combatir la desinformación y la manosfera. La investigadora aboga por defender e intervenir en el entorno digital para impulsar narrativas de masculinidades positivas, señalando que rendirse ante este espacio implica cederlo completamente a los discursos de odio.
Discurso reactivo sin traducción directa en conductas
María Freixanet, coordinadora de la Línea de Género y Política del Instituto de Ciencias Políticas y Sociales de Barcelona, explica que el fenómeno no niega la igualdad ni sostiene que se ha logrado completamente, sino que se caracteriza por una reacción muy emocional hacia postulados feministas. Los jóvenes varones expresan mucha rabia y frustración, se sienten invisibles y han canalizado el descontento hacia la misoginia. Sin embargo, Freixanet matiza que esas ideas no siempre se traducen en prácticas machistas: se trata de una generación más antifeminista en discurso pero más igualitaria en prácticas que generaciones anteriores. Esta aparente contradicción refleja la complejidad del fenómeno, donde coexisten actitudes reactivas con comportamientos cotidianos que respetan la igualdad.
El análisis de los mensajes antifeministas revela tres ejes principales. El primero y más predominante es la rabia y la hostilidad hacia el feminismo, seguido por el rechazo a la aspiración social de igualdad entre hombres y mujeres, negando la existencia de desigualdades estructurales de género. En menor medida aparece la defensa de roles y actitudes de género tradicionales. Los investigadores subrayan que este discurso se caracteriza por la objetivación de las mujeres y la presentación de los hombres como víctimas del feminismo, argumentando que en la actualidad son ellos quienes sufren discriminación. El segundo eje complementa la hostilidad con un rechazo a las instituciones y políticas específicas que buscan la igualdad, como las cuotas, el Ministerio de Igualdad o las leyes de violencia de género.
El libro identifica varios argumentos recurrentes entre los jóvenes varones. Que la violencia de género está mal definida y que muchas situaciones que ahora se critican han pasado siempre sin ser problemáticas. Que las medidas adoptadas para combatir la desigualdad son adecuadas o incluso excesivas. Que la violencia machista es más grave en otros países y corresponde a otras épocas, no al presente español. Que existen falsas denuncias sistemáticas y que las leyes ofrecen privilegios a las mujeres provocando desigualdad que perjudica a los hombres. Esta narrativa sitúa a los varones como víctimas de un sistema que les cancela y criminaliza, generando una sensación de pérdida de la presunción de inocencia expresada en la frase culpables hasta que se demuestre lo contrario.
El papel de las redes sociales y los algoritmos
El ecosistema digital donde las redes sociales sirven de altavoz para difundir discursos de odio convierte a la juventud en el colectivo más expuesto a digerirlos y asumirlos. La búsqueda de identidad y pertenencia característica de la adolescencia puede llevar a muchos jóvenes a encontrar en las comunidades antifeministas una sensación de pertenencia, así como explicaciones simplistas para compensar sus frustraciones personales. Los investigadores señalan que algunos jóvenes se han agrupado en comunidades que culpan a las mujeres feministas de sus problemas, retroalimentándose mutuamente en espacios digitales donde los algoritmos favorecen contenidos que generan reacciones emocionales intensas.
Leire Rincón, investigadora del proyecto, plantea que el ascenso de la violencia sexual debe ser detectado y respondido de manera más rápida. No tenemos datos concluyentes sobre si hay un aumento real de la violencia, pero lo que es indudable es que ha incrementado notablemente la revelación de estas violencias en los últimos cinco años, señala. Las denuncias han aumentado no solo en gravedad sino también en volumen, un fenómeno que García-Mingo vincula con el conocimiento sexual y el consentimiento en el centro del debate público. Paralelamente, existen señales de agresiones sexuales muy graves en la universidad y centros educativos, con casos donde las atenciones por agresiones sexuales en lugares como el Hospital Clínic de Barcelona han aumentado un 15%, aunque también en gravedad física.
Las expertas consultadas advierten sobre la normalización de este discurso reactivo y la necesidad de educar desde una perspectiva crítica que permita a los jóvenes cuestionar los mensajes que reciben constantemente a través de las redes sociales. Diversos estudios sociológicos recientes muestran que una parte significativa de hombres jóvenes tienen una visión más polarizada y negativa que otros grupos de edad sobre el movimiento feminista, la igualdad entre hombres y mujeres y la violencia de género. Datos del Centro de Estudios Sociológicos indican que el 46,4% de los jóvenes se considera feminista frente a un 41,8% que asegura no serlo, mientras que un 44,7% se sitúa en una posición intermedia donde podrían estar defendiendo postulados machistas adaptados a los nuevos tiempos.
Polarización creciente entre géneros
El fenómeno se caracteriza por una creciente polarización entre mujeres y hombres adolescentes. Mientras los chicos se acercan a posiciones posmachistas o neomachistas, las chicas siguen defendiendo posturas feministas, aunque no siempre se definan explícitamente como tal. Esta brecha se refleja en estudios como el realizado en Galicia por la ONG Agareso, donde seis de cada diez chavales gallegos creen que el feminismo es excesivo y que actualmente los hombres están discriminados. En el ámbito de la violencia machista, más de la mitad de los hombres cisgénero heterosexuales encuestados la definen como la violencia que sufren las mujeres por el hecho de serlo, frente al 81% de sus compañeras que optan por esta definición. Sin embargo, tres de cada diez varones aseguran que la violencia no tiene género.
El estudio revela que en temas de orientación sexual e identidad de género, cuatro de cada diez varones cisgénero heterosexuales encuestados piensan que las personas cambian de sexo con facilidad, algo que ven como negativo. En la misma línea, el 37% de los chavales no ven positiva la fortaleza del movimiento feminista. El 62% considera que la lucha por la igualdad de las mujeres es excesiva y que, actualmente, los hombres están discriminados. Los profesores encuestados confirman esta situación: siete de cada diez docentes piensan que existen prejuicios de género entre el estudiantado, y un 40% cree que también están presentes entre el profesorado. Además, un 80% del alumnado LGTBIQ+ asegura haber sufrido comentarios negativos o burlas en su centro educativo.
El libro subraya la importancia de no perder la batalla en el campo digital y comprender las dinámicas de la «manosfera» porque está contribuyendo a la emergencia de tecnoculturas tóxicas, consolidando la misoginia digital y negando la violencia de género. Las investigadoras recomiendan trabajar con adolescentes desde el enfoque de la construcción de las masculinidades y la reflexión crítica sobre los feminismos, superando el síndrome de la eterna introducción que define la resistencia de determinados sectores sociales a profundizar en los factores que rodean, causan y conducen a la violencia de género. El reto, según las expertas, consiste en reaprender el mundo con los jóvenes, defendiendo que no se puede pedir cuentas a una persona joven que está aprendiendo, pero sí exigir responsabilidad a quienes desde la política, la universidad o los medios fomentan divisiones y normalizan discursos de odio.