El franquismo hizo del hambre un arma política para someter a los vencidos

02 octobre 2025 - 08:31

Un estudio pone de relieve que el régimen dictatorial no solo provocó una hambruna devastadora en la posguerra, sino que la empleó deliberadamente como instrumento de control político. Más de 200.000 españoles perdieron la vida entre 1939 y 1942 por decisiones políticas que hicieron del alimento un privilegio de los vencedores y castigo para los derrotados. La investigación de Miguel Ángel del Arco Blanco desmonta el mito franquista que atribuía la miseria a la devastación bélica y demuestra que la hambruna fue una estrategia premeditada de dominación social.

La historia oficial del franquismo construyó un relato que atribuía los llamados «años del hambre» a las consecuencias inevitables de la Guerra Civil, al aislamiento internacional y a una supuesta sequía persistente. Durante décadas, esta versión permaneció casi incuestionada, relegando la hambruna de posguerra a una mera consecuencia colateral de la contienda. Sin embargo, la investigación desarrollada por Miguel Ángel del Arco Blanco, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Granada, desvela una realidad mucho más siniestra del régimen franquista.

El trabajo titulado La hambruna española (Editorial Crítica, 2025) representa la primera obra que analiza sistemáticamente este fenómeno desde una rigurosa perspectiva histórica. Del Arco sostiene que «las políticas de la victoria son esenciales para entender cómo se reparte el hambre, cómo se controla la gente, cómo se alimenta mejor a los vencedores que a los vencidos», una afirmación que revela la naturaleza estratégica del hambre durante la posguerra franquista. La dictadura utilizó deliberadamente el hambre como instrumento político para consolidar su victoria y someter definitivamente a los vencidos.

La magnitud de esta hambruna resulta escalofriante. Entre 1939 y 1942, más de 200.000 españoles perdieron la vida por causas directamente relacionadas con la desnutrición, la inanición y las enfermedades derivadas de la falta de alimentos. «La mayoría de las muertes no fue por inanición directa, sino por causas derivadas de la desnutrición: tuberculosis, tifus, difteria y gente que tiene menos calidad de vida y muere antes», explica el historiador, quien además confirma que estas cifras se refieren únicamente al periodo inicial de la hambruna.

Estrategia política deliberada

Contrariamente a la narrativa oficial, la hambruna no fue consecuencia de factores externos sino de decisiones políticas conscientes. «La causa fundamental es la política económica del franquismo, la autarquía, que fue un auténtico desastre», señala Del Arco, quien equipara este caso con otras hambrunas provocadas políticamente. La autarquía económica impuesta por Franco, junto con la corrupción generalizada y el favoritismo hacia los sectores afines al régimen, creó un sistema que distribuía el alimento según criterios ideológicos en lugar de necesidades básicas.

El aspecto más perturbador de esta estrategia radica en su carácter punitivo. Una vez concluida la guerra, el régimen optó por perpetuar el castigo hacia los derrotados en lugar de buscar la reconciliación nacional. «Lo llamativo es que una vez que tú has ganado una guerra, no apuestas por la reconciliación, sino sencillamente por seguir aplastando a los vencidos», observa el investigador, evidenciando que el hambre se convirtió en un arma de guerra aplicada en tiempos de paz para mantener sometida a la población.

Esta política del hambre resultó tremendamente efectiva para mantener el control social. «Es muy difícil encontrar revoluciones en las hambrunas, sobre todo cuando empiezan a ser devastadoras, pues la gente se centra en intentar sobrevivir y al final no tiene fuerzas para nada». Los trabajadores se desplomaban en sus puestos de trabajo por desnutrición, la productividad industrial se desplomó y la población quedó completamente sometida a la supervivencia básica, imposibilitando cualquier forma de resistencia organizada contra el régimen.

Los grupos más vulnerables sufrieron de manera desproporcionada esta hambruna diseñada. Los niños y ancianos constituían las principales víctimas, especialmente aquellos pertenecientes a familias republicanas donde el padre había sido fusilado o encarcelado y la madre también se encontraba en prisión. «Hubo madres que pertenecían a familias republicanas, que le habían matado el marido y acababan dando al hijo al Auxilio Social para que cuidase de él y lo acabase transformado en un franquista», relata Del Arco, ilustrando la dimensión más cruel de las políticas franquistas.

Esta realidad evidencia cómo las «políticas de la victoria» forzaban la transformación de los hijos de los vencidos en futuros partidarios del franquismo a través de la coerción alimentaria. El Auxilio Social se convirtió así en un instrumento de ingeniería social que aprovechaba la desesperación de las madres para reclutar nuevos adherentes al régimen. El contraste entre la realidad vivida por vencedores y vencidos resultaba abismal, ya que mientras los sectores afines al régimen accedían al mercado negro y disfrutaban de privilegios alimentarios, las familias republicanas se veían condenadas a la inanición.

El silencio como herencia

Uno de los logros más duraderos de esta estrategia franquista fue conseguir que la propia hambruna quedase silenciada en la memoria colectiva. «Que no tengamos todos bien presente la dimensión de la hambruna española es, a su juicio, un triunfo de la propaganda de la dictadura», reconoce Del Arco. Durante décadas, incluso en democracia, el relato oficial del régimen sobre los «años del hambre» permaneció prácticamente incuestionado. Este silencio no fue casual sino resultado de una operación de propaganda sistemática que logró que incluso las propias víctimas asumiesen las explicaciones oficiales del régimen.

La vergüenza asociada al hambre, la humillación de depender de la caridad del Estado y el terror a las represalias contribuyeron a mantener este silencio durante generaciones. La investigación de Del Arco representa, por tanto, mucho más que un ejercicio académico. Constituye un acto de justicia histórica que devuelve la voz a cientos de miles de víctimas cuyo sufrimiento fue deliberadamente silenciado. Como concluye el historiador citando al premio Nobel Amartya Sen, «no hay hambrunas cuando hay democracia, las democracias son menos vulnerables a las hambrunas, y las dictaduras promueven la violencia y las hambrunas».

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