BBC Mundo trae este fin de semana un reportaje extenso sobre Benidorm, un pueblo de pescadores que se ha convertido en la ciudad española con más rascacielos. Apodada Beniyork, esta es la ciudad con más rascacielos por habitante, solo por detrás de Nueva York, y aunque está llena de rascacielos y hoteles, es una ciudad pensada y planificada para el turismo, por lo que los edificios no se tapan el sol entre sí, mantienen las vistas al mar y hay movilidad, es amigable con los transeúntes o caminantes.
El municipio español de poco más de 74.000 habitantes (aunque en agosto puede albergar a unas 400.000 personas) a orillas del Mediterráneo, está situado en Alicante y hace parte de la Comunidad Valenciana. Como es ampliamente conocido, España es una potencia mundial en turismo, rubro que representa el 12,9% de su PIB anual.
Benidorm muestra más de 80 edificios de más de 100 metros a lo largo de sus costas que no sólo están copados en verano, sino que mantienen afluencia de visitantes y turistas durante todo el año, procedentes especialmente de otras ciudades de España y también de Reino Unido.
Desde los años sesenta se convirtió en uno de los principales destinos soleados y playeros del país. En ese entonces era apenas un pueblo de 3.500 habitantes, pero supo apostar al turismo e innovar con ese propósito. Y lo hizo en plena dictadura. «Benidorm es singular, es bastante único. Y no es fácilmente reproducible», cuenta al medio británico Josep Ivars, catedrático de Análisis Geográfico Regional de la Universidad de Alicante. Ivars es uno de los mayores expertos del «fenómeno Benidorm».
A modo de contexto, cita el medio, la España de la década de 1950 todavía arrastraba las consecuencias de la guerra civil que terminó en 1939. A ello se sumaba el aislamiento internacional de la dictadura de Francisco Franco y la autarquía: “una política económica impuesta desde el Estado por la que el país intentaba abastecerse con sus propios recursos”. Así las cosas, España enfrentaba la recesión económica, el desabastecimiento, las redes de mercado negro y la miseria. Situación muy visible fuera de las grandes ciudades.
A partir de esta década el régimen busca hacer una operación cosmética de su imagen, de cara al exterior, cambiar el sistema económico y atraer divisas al país: “Parte de ese lavado de cara empezó con medidas para liberalizar la economía del país. En esa línea, la gran baza con la que contaba España era el turismo aunque, de puertas adentro, se mantenía la represión política y social”. Ivars explica que el turismo fue el instrumento que permitió dar una imagen exterior de apertura.
Los efectos pronto se sintieron, empezaron a llegar turistas del norte de Europa a las costas españolas, atraídos por el buen tiempo, el sol, la playa, y unos precios más que razonables. La apuesta de las autoridades de Benidorm fue en cierto modo revolucionaria, habida cuenta de las potencialidades del lugar, procuraron satisfacer la demanda que existía en Europa y para ello, por ejemplo, permitieron el uso del bikini en las playas. Una decisión que era escandalosa para la España de la época, pero que era una demanda de las bañistas suecas, aficionadas a su uso. «La historia puede estar llena de mitos, pero lo que dijo Zaragoza [el alcalde de la época] es que si no se las dejaba vestirse así, se irían a otro lugar», indica Leire Bilbao, responsable de Visit Benidorm, una organización promotora de turismo local.
La mentalidad de las autoridades resultó clave y se orientó no a que el turista se adaptara a lo existente sino a convencer a los locales de que debían preparar el terreno y sus mentalidades para ofrecer confort a los visitantes y a sus culturas. Benidorm se convirtió en el primer lugar de España en el que se usó bikini por primera vez. El hecho, desde luego, disgusto de las autoridades religiosas que incluso se plantearon excomulgar al alcalde.
Bilbao abunda en más detalles que permiten conocer el proceso histórico. Los locales se dedicaban a la pesca y a la agricultura, por tanto, muchos lugareños dedicados a la marina mercante habían vivido en primera persona el mundo exterior y conocían lugares diversos y vibrantes como Nueva York, Buenos Aires o Manila. Asimismo, las mujeres empezaron a alquilar habitaciones en sus casas para el emergente turismo estival. «Cada vez llegaba más gente y entendieron que había que acomodar la ciudad. Por eso elaboraron un plan urbanístico», subraya la experta en turismo.
El desarrollo urbano de Benidorm inició en la década siguiente, en 1960, y se mantiene en evolución constante desde entonces. Benidorm decidió diseñar su desarrollo urbano en los años 60, con un modelo que se mantiene hoy en día y que le ha valido en años recientes reconocimiento internacional. Con una superficie de apenas 38 km2, se optó por proteger el 61% del suelo. El terreno protegido se dedicó a espacios verdes, agrícolas y forestales.
Con el paso del tiempo el desarrollo urbanístico se focalizó en la concentración de rascacielos y la inauguración del aeropuerto de Alicante en 1967 redundó positivamente en la llegada de visitantes. El primer rascacielos, la torre Coblanca 1, se terminó en 1966. “Con sus 30 plantas cambió para siempre la fisonomía de la ciudad alicantina” y los desarrollos posteriores en materia de infraestructura hotelera y de servicios lo consolidaron como el destino clave del turismo de masas en el mediterráneo español. Hoy se contabilizan 142 hoteles con más de 90.000 camas disponibles, según constatan los expertos a ese medio.
Benidorm no está exenta de enfrentar desafíos y fragilidades en materia de sostenibilidad como ocurre con otros grandes destinos turísticos.