El último barómetro del Centro de Estudios de Opinión de la Generalitat dibuja un terremoto político en Cataluña. La formación ultraderechista e independentista liderada por Sílvia Orriols alcanzaría entre 19 y 20 escaños, multiplicando por diez su representación actual y empatando con Junts, que se desplomaría desde los 35 diputados actuales. El PSC mantendría el liderazgo con hasta 40 escaños, mientras ERC recuperaría la segunda posición. El ascenso meteórico de Aliança, alimentado por un discurso antiinmigración que conecta con sectores desencantados del independentismo, replantea las coordenadas ideológicas del soberanismo catalán.
El panorama político catalán experimenta una transformación sin precedentes según revela el último barómetro del Centro de Estudios de Opinión de la Generalitat. La encuesta, elaborada entre el 13 de octubre y el 11 de noviembre mediante 2.000 entrevistas, confirma el crecimiento exponencial de Aliança Catalana, la formación de extrema derecha independentista que lidera Sílvia Orriols, alcaldesa de Ripoll. El partido pasaría de dos a entre 19 y 20 escaños, igualando técnicamente a Junts per Catalunya, que sufriría un desplome histórico al perder entre 15 y 16 diputados respecto a los 35 actuales. Este empate técnico entre ambas fuerzas reconfigura el mapa del independentismo catalán, donde el PSC mantendría el liderazgo con 38 a 40 escaños y ERC recuperaría la segunda posición con 22 a 23 representantes.
El director del CEO, Joan Rodríguez Teruel, explicó que el empate técnico entre Aliança Catalana y Junts se explica fundamentalmente porque uno de cada cinco votantes de la formación de Carles Puigdemont prevé votar ahora a Orriols. La fuga masiva de electores convierte a Junts en el partido con menor fidelidad electoral del espectro catalán, con solo un 60 por ciento de quienes votaron por la formación en mayo de 2024 dispuestos a repetir su apoyo. Esta transferencia directa de votos del 21% entre ambas formaciones evidencia una crisis profunda en el proyecto político que encarna Puigdemont, incapaz de retener a su base más crítica con los pactos alcanzados con el Gobierno socialista en Madrid. La contradicción interna que afronta Junts resulta paradójica: a medida que pierde votantes más críticos con Salvador Illa y Pedro Sánchez, le queda un electorado más proclive a aprobar la gestión de ambos líderes socialistas.
El perfil del electorado de Aliança Catalana revela una composición más heterogénea de lo esperado, que trasciende las fronteras tradicionales del independentismo. Solo un 48% de sus partidarios prefieren la independencia, mientras un 26 por ciento aboga por un Estado federal, un 21% avala el statu quo autonómico y un 4 por ciento ve a Cataluña como una región de España. Esta diversidad ideológica explica que la formación de Orriols absorba también electores procedentes de Vox y del Partido Popular, en lo que Rodríguez Teruel identifica como un voto dual de derecha radical que circula entre ambas formaciones dependiendo de si se celebran elecciones catalanas o generales. El director del CEO detecta un canal activo de transferencia de votos entre Vox y Aliança, confirmando que a medida que el eje identitario Cataluña-España pierde fuerza, el partido de Orriols atrae votantes con una visión más plural y diversa.
Hegemonía en Girona y Lleida
El impacto más devastador para Junts se registra en sus feudos tradicionales de Girona y Lleida, donde Aliança Catalana ya sería primera fuerza según las proyecciones del CEO. En Girona, el PSC y Junts competirían por la segunda plaza tras Orriols, mientras que en Lleida también se sumaría ERC a la pugna por esa segunda posición. Rodríguez Teruel pidió cautela al interpretar estos datos debido al menor volumen de muestra en estas circunscripciones, advirtiendo que Aliança podría estar sobredimensionada y su auge en el conjunto de Cataluña podría tratarse de una moda pasajera. No obstante, la consistencia de los datos apunta a un cambio estructural en las preferencias electorales de territorios que durante décadas constituyeron el granero de votos del nacionalismo catalán moderado heredero de Convergència.
En las circunscripciones de Barcelona y Tarragona, donde el PSC ejerce como fuerza predominante, se registra una competición casi empatada entre cinco partidos tras los socialistas: ERC, Aliança, Junts, PP y Vox. Este equilibrio entre formaciones de perfil tan diferente refleja la fragmentación del electorado catalán y la dificultad creciente para construir mayorías estables. El barómetro también confirma otro sorpasso significativo en el bloque de la derecha estatal: Vox sobrepasaría por primera vez al PP en estimación de votos y escaños, alcanzando entre 13 y 14 diputados frente a los 12 o 13 de los populares. Comuns mantendría seis escaños y la CUP entre tres y cuatro, consolidando su posición marginal en el espectro parlamentario catalán.
El fenómeno Aliança Catalana no puede entenderse sin analizar su discurso y el contexto sociopolítico que lo alimenta. Sílvia Orriols ha construido su proyecto político sobre un rechazo explícito a la inmigración, especialmente de confesión musulmana, combinado con críticas devastadoras a la gestión del proceso independentista por parte de Junts, ERC y la CUP, a quienes acusa de traición. La alcaldesa de Ripoll capitalizó el trauma colectivo generado por los atentados islamistas de Barcelona y Cambrils en 2017, cuyos autores procedían de su municipio, para reforzar un mensaje xenófobo que conecta con sectores que perciben amenazada su identidad cultural. Orriols se define abiertamente como islamófoba, afirma que el Islam es incompatible con los valores occidentales y defiende teorías conspirativas sobre un supuesto gran reemplazo poblacional.
El ascenso de Aliança coincide con el agotamiento del relato tradicional del independentismo catalán tras el fracaso del proceso soberanista. La incapacidad de Junts y ERC para materializar la independencia, sumada a la percepción de que han pactado con quien consideraban su adversario principal para mantenerse en el poder, ha generado desencanto entre bases que buscaban resultados concretos. Orriols ofrece una alternativa que prescinde del procés para centrarse en problemas cotidianos como seguridad, inmigración o defensa del catalán, articulando un discurso que fusiona ultranacionalismo etnicista con posturas propias de la derecha radical internacional. Su rechazo a la Agenda 2030 y sus guiños al trumpismo o al mileísmo la sitúan en una ola global de populismo de derechas que prioriza el repliegue identitario frente a propuestas de transformación social.
Valoración de líderes y apoyos a la independencia
En preferencias de liderazgo, Salvador Illa se consolida como el político mejor valorado por los catalanes para presidir la Generalitat, con un 21% de apoyos. Le siguen empatados Carles Puigdemont y Sílvia Orriols con un 8% cada uno, mientras Oriol Junqueras obtiene un 7%. Este empate entre el líder histórico del independentismo y la alcaldesa de Ripoll evidencia la rapidez con que Orriols ha escalado posiciones en el imaginario colectivo catalán, consolidándose como alternativa creíble dentro del espacio soberanista. En índices de aprobación, Illa lidera con un 62%, seguido de Junqueras con un 55%, mientras Orriols supera a Puigdemont con un 42 frente a un 38%, confirmando el desgaste del expresident en el exilio.
El barómetro revela también un descenso continuado en el apoyo a la independencia, que cae al 39%, un punto menos que en junio y en los niveles más bajos desde el inicio del proceso soberanista. El rechazo a un Estado propio catalán alcanza el 53%, consolidando una mayoría contraria a la ruptura con España. Este dato contextualiza el éxito de Aliança Catalana, cuyo crecimiento no se sustenta exclusivamente en el independentismo sino en la captación de votantes que priorizan otras preocupaciones como la inmigración o la seguridad ciudadana. La pérdida de centralidad del eje nacional en el debate político catalán beneficia a formaciones que articulan su mensaje en torno a cuestiones sociales y culturales con fuerte carga emocional.
Para unas hipotéticas elecciones generales en Cataluña, el barómetro proyecta que el PSC mantendría su hegemonía con 19 a 20 escaños, idéntico resultado al obtenido en los últimos comicios. ERC ascendería a la segunda posición con 9 a 10 diputados, mientras Junts pugnaría por la tercera plaza con el PP y Vox, todos con 5 a 6 representantes. Comuns bajaría a tres escaños y Podemos podría entrar con uno. La caída de Junts resultaría mucho más moderada en este escenario porque la encuesta no incluye a Aliança Catalana, formación que ha descartado públicamente presentar candidatura a elecciones generales al considerar irrelevante la gobernabilidad de lo que denominan país vecino. Esta decisión estratégica refuerza su perfil como partido exclusivamente centrado en la política catalana y ajeno a las dinámicas estatales.
Las reacciones políticas al barómetro evidencian la conmoción que ha provocado en el independentismo. Junts enfrenta el dilema de radicalizar su discurso para competir con Orriols o mantener su estrategia de influencia en Madrid arriesgándose a perder más apoyos. La falta de relevo generacional y la imposibilidad del regreso efectivo de Puigdemont acentúan la parálisis interna mientras Aliança sigue creciendo e imponiendo temas en la agenda mediática. ERC celebra recuperar la segunda posición pero es consciente de que su fidelidad electoral también presenta debilidades, con un 74% de retención de voto que aunque superior a Junts resulta insuficiente para aspirar a liderar el bloque independentista. La izquierda soberanista observa con preocupación cómo la ultraderecha identitaria puede alcanzar un 20% de representación parlamentaria si se suma Vox y Aliança.
El fenómeno Aliança Catalana representa más que un simple crecimiento electoral. Simboliza la irrupción de la derecha radical identitaria en un espacio político catalán que se creía inmunizado contra estos discursos por su tradición de pluralismo y convivencia. La capacidad de Orriols para dinamitar tabúes del independentismo tradicional, combinando rechazo a España con xenofobia declarada, replantea las coordenadas ideológicas del soberanismo y obliga a todos los actores a repensar sus estrategias. El riesgo para la democracia catalana radica en la normalización de discursos de odio que señalan a colectivos vulnerables como responsables de los problemas sociales, fracturando la cohesión de una sociedad que se enfrenta a desafíos complejos que requieren soluciones basadas en evidencia y no en demagogia.