El Estado español cerró 2025 con el segundo mayor déficit comercial de bienes de la Unión Europea: 60.319 millones de euros, solo por detrás de Francia. El dato impresiona en términos absolutos, pero los economistas advierten de que su lectura es menos alarmante de lo que parece: el desequilibrio no refleja una pérdida de competitividad sino el dinamismo de una economía que crece e invierte mientras sus socios europeos frenan.
En otro momento, un déficit comercial de más de 60.000 millones de euros habría encendido todas las alarmas sobre la solidez de la economía española. Los datos publicados esta semana por Eurostat sitúan a España como el segundo país de la Unión Europea (UE) con mayor desequilibrio en el comercio de bienes, solo por detrás de Francia. Pero el contexto en el que se produce ese resultado obliga a una lectura bastante menos dramática, según los economistas consultados. El desequilibrio no responde a un desplome industrial ni a una pérdida acelerada de competitividad exterior, sino, en buena medida, al hecho de que España crece más que casi todos sus socios europeos y mantiene un nivel de consumo e inversión que el resto ha ido aminorando.
El matiz es relevante porque cambia la naturaleza del problema. Mientras Alemania, Francia o Italia atraviesan un ciclo de demanda débil y menor crecimiento, la economía española sigue absorbiendo importaciones con intensidad. Las exportaciones apenas avanzaron en 2025 —algo previsible en un entorno de débil dinamismo europeo, con el Producto Interior Bruto (PIB) del continente creciendo un 1,6% ese año—, pero las importaciones se dispararon cerca de un 5%. Y detrás de ese aumento no hay únicamente más consumo: hay también más inversión empresarial.
Un déficit que no es lo que parece
Ángel Talavera, economista jefe para Europa de Oxford Economics, precisa que casi la mitad del incremento de las compras al exterior se concentró en bienes de capital: maquinaria, tecnología y equipamiento industrial, es decir, productos asociados a la ampliación de la capacidad productiva. Para los analistas, ese detalle es clave porque sitúa el déficit comercial más cerca de una economía que todavía invierte y expande actividad que de un país atrapado en un deterioro estructural de su sector exterior.
La diferencia respecto a otras etapas de vulnerabilidad económica también aparece cuando el déficit se mide en relación con el tamaño de la economía. Los más de 60.000 millones de euros equivalen aproximadamente al 1,3% del PIB español. Para María Jesús Fernández, analista de Funcas, esa magnitud está «muy lejos de los desequilibrios previos a la crisis financiera de 2008», cuando España combinaba un fuerte déficit exterior con una elevada dependencia de financiación externa. La economía española lleva además años registrando superávits por cuenta corriente de forma sostenida, incluso durante la pandemia, con un saldo positivo que en los últimos ejercicios se ha situado en torno al 3% del PIB.
Los servicios como colchón
El aparente contrasentido —más déficit de bienes pero cuenta corriente positiva— se explica por el peso creciente de los servicios en la economía española. Fernández señala que España compensa ampliamente su déficit de mercancías con un superávit cercano a los 120.000 millones de euros en actividades como el turismo, la consultoría, la ingeniería o los servicios digitales. Dicho de otro modo: aunque el país compra al exterior más bienes de los que vende, el conjunto de su relación económica con el resto del mundo es favorable.
Lo más relevante, según la analista de Funcas, es la transformación que se está produciendo dentro de ese bloque de servicios. Históricamente, la fortaleza exterior española dependía casi en exclusiva del turismo, pero los servicios no turísticos generan ya un excedente comparable al del propio sector turístico, algo que aporta más estabilidad y diversificación al modelo económico. La exportación de servicios de alto valor añadido —especialmente tecnológicos y empresariales— ha ido ganando peso y actúa como amortiguador frente al deterioro de la balanza de bienes, reduciendo uno de los riesgos históricos de la economía española: la excesiva dependencia de los ciclos externos.
La energía, la única grieta real
Pese al diagnóstico relativamente tranquilizador, los economistas identifican una vulnerabilidad estructural que los datos no disimulan: la dependencia energética. España no produce petróleo ni gas, y la factura de sus importaciones energéticas distorsiona de forma significativa el déficit comercial. Fernández lo cuantifica con precisión: si se excluyera el comercio de productos energéticos del cálculo, el saldo negativo de bienes se reduciría desde los 60.000 millones actuales hasta alrededor de 25.000 millones de euros, menos de la mitad.
Esa dependencia energética sitúa a la economía española en una posición de especial exposición ante tensiones geopolíticas como las que atraviesa el mercado del petróleo, con el Brent superando de nuevo los 100 dólares por barril como consecuencia de los últimos episodios de tensión en el estrecho de Ormuz. A diferencia del déficit de bienes de capital, que refleja una decisión de inversión con retorno esperado, la factura energética responde a una dependencia estructural sin alternativa inmediata. Es, según los analistas, el único frente del sector exterior español que merece hoy una lectura genuinamente preocupante.