España crece más que Europa, pero sobre un suelo cada vez más frágil

21 mai 2026 - 10:11

La Comisión Europea ha vuelto a confirmar algo que Madrid lleva meses exhibiendo como prueba de fortaleza: la economía española continúa creciendo por encima de las grandes economías europeas. Bruselas elevó este jueves una décima su previsión de crecimiento para España en 2026 hasta el 2,4 %, mientras Alemania apenas alcanzaría el 0,6 % y la eurozona permanecería atrapada en un crecimiento anémico inferior al 1 %.

En apariencia, la fotografía favorece claramente al Gobierno de Pedro Sánchez. España mantiene el dinamismo del empleo, resiste mejor el choque energético derivado de la guerra en Oriente Medio y sigue beneficiándose de una demanda interna relativamente sólida. Bruselas incluso reconoce que la economía española continúa siendo una de las más “boyantes” del continente.

Pero bajo esa narrativa optimista se esconden fragilidades mucho más profundas y estructurales que las cifras de crecimiento, por sí solas, tienden a ocultar.

Porque el verdadero problema de España ya no es únicamente cuánto crece, sino sobre qué bases está creciendo.

La Comisión Europea identifica claramente los motores actuales: consumo privado, inversión pública ligada a los fondos europeos, empleo sostenido por la inmigración y bajo endeudamiento de los hogares. Sin embargo, precisamente ahí aparece la primera gran vulnerabilidad: buena parte de este crecimiento depende todavía de estímulos excepcionales y factores coyunturales difíciles de sostener indefinidamente.

Los fondos europeos del programa Next Generation siguen actuando como respiración asistida para numerosos sectores. El turismo continúa aportando oxígeno decisivo. Y el crecimiento demográfico vinculado a la inmigración mantiene artificialmente activa una economía envejecida. Pero ninguno de esos factores resuelve el núcleo duro del problema español: la baja productividad, el encarecimiento estructural de la vivienda, la precariedad salarial y la debilidad industrial.

La paradoja española comienza a parecerse a un espejismo estadístico: el país crece más que sus vecinos europeos mientras amplias capas sociales sienten cada vez menos ese crecimiento en su vida cotidiana.

Bruselas alerta además de otro elemento clave: la inflación volverá a situarse en torno al 3 % este año debido al impacto energético provocado por la guerra en Oriente Medio y el cierre parcial del estrecho de Ormuz. Y aquí aparece un fenómeno políticamente delicado: España crece, sí, pero crece en un contexto donde el coste de vida sigue erosionando silenciosamente a las clases medias y trabajadoras.

El encarecimiento energético amenaza especialmente a uno de los pilares psicológicos y económicos del modelo español: el turismo. La Comisión Europea advierte del posible debilitamiento del sector debido al aumento del precio del queroseno y de los vuelos internacionales. Y esa advertencia merece ser tomada muy en serio.

Porque detrás del aparente éxito económico español existe una dependencia excesiva de sectores vulnerables a cualquier turbulencia geopolítica: turismo, servicios, consumo y construcción.

Mientras tanto, Alemania —aunque hoy desacelerada— sigue sosteniendo una potencia industrial, tecnológica y exportadora que España todavía no ha conseguido construir plenamente.

La comparación europea, además, puede resultar engañosa. España parece fuerte porque el resto de Europa atraviesa una fase de debilidad extrema marcada por la crisis energética, el desgaste industrial alemán y la incertidumbre geopolítica global. Pero crecer más dentro de una Europa debilitada no equivale necesariamente a haber resuelto los problemas estructurales propios.

Existe también una dimensión política importante. El Gobierno utilizará estas previsiones como argumento de legitimación frente a una oposición que insiste en presentar un escenario económico sombrío. Y, objetivamente, los datos europeos contradicen parte de ese discurso catastrofista.

Pero el Ejecutivo tampoco puede convertir el diferencial de crecimiento en una coartada permanente para evitar reformas de fondo. Porque la economía española sigue enfrentándose a cuestiones que ningún ciclo expansivo ha logrado corregir completamente desde hace décadas: vivienda inaccesible, dependencia energética, dualidad laboral, baja productividad y un modelo territorial desequilibrado.

La propia Comisión Europea proyecta ya una moderación del crecimiento español hasta el 1,9 % en 2027. Es decir: incluso Bruselas asume que el actual dinamismo no será eterno.

España resiste mejor que otros países europeos. Eso es cierto. Pero también es cierto que buena parte de esa resistencia descansa sobre un equilibrio todavía frágil, muy expuesto a las tensiones internacionales y al agotamiento progresivo de los motores excepcionales que han sostenido la recuperación desde la pandemia.

La verdadera cuestión ya no es si España crece más que Europa. La verdadera cuestión es si ese crecimiento bastará para transformar realmente el país antes de que el contexto internacional vuelva a cambiar de dirección.

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