El INE se actualiza y mide ya la inflación con Netflix en lugar de corbatas

27 mars 2026 - 04:04

El Instituto Nacional de Estadística actualizó a principios de mes la metodología del Índice de Precios al Consumo para reflejar mejor en qué gastan su dinero los hogares españoles. La cesta pasa de 462 a 487 artículos: entran las suscripciones a plataformas de streaming, los servicios de reparto a domicilio y los anticonceptivos no orales; y salen las corbatas, los sombreros y las bufandas. El cambio es el más profundo en cinco años.

La cesta de la compra que el Estado utiliza para medir la inflación ya no es la de hace una década. El Instituto Nacional de Estadística (INE) actualizó a principios de marzo su metodología para calcular el Índice de Precios al Consumo (IPC), el indicador que mide cuánto se encarece la vida en España. La revisión, realizada por mandato de la Comisión Europea, no solo incorpora productos y servicios nuevos sino que reclasifica los ya existentes y ajusta el peso de cada uno dentro del indicador. El resultado es una cesta más diversa, con 487 artículos frente a los 462 anteriores, que refleja con más fidelidad los patrones de gasto de los hogares españoles en 2026.

El cambio más llamativo es la incorporación por primera vez de los servicios digitales de consumo cotidiano. El INE otorga ahora entidad estadística propia a las plataformas de streaming —servicios como Netflix, HBO o Spotify— y registra de forma independiente el coste del envío a domicilio y las entregas de supermercado, actividad que hasta ahora quedaba dispersa en otras categorías. Esta decisión reconoce que lo que hace una década era marginal en el presupuesto familiar ha ganado visibilidad y peso real en el gasto mensual de millones de hogares. También se incorpora a la categoría de grandes equipos duraderos para fines recreativos la estadística de autocaravanas y remolques, cuya demanda ha crecido de forma sostenida en los últimos años.

Qué entra y qué sale de la cesta

Las salidas son tan reveladoras como las entradas. La revisión elimina por completo la categoría dedicada a los artículos de mercería, donde hasta ahora figuraban las corbatas, las bufandas, los sombreros y las gorras. El INE considera que para que un bien o servicio tenga subcategoría propia dentro del IPC «debe suponer al menos el 0,3% del gasto total de los hogares», y estos artículos han dejado de alcanzar ese umbral. Su desaparición refleja un cambio cultural de fondo: la ropa formal ha perdido peso en el consumo cotidiano de los españoles de manera consistente durante los últimos años.

También hay cambios relevantes en la alimentación. Las pizzas y los quiches, que hasta ahora se agrupaban con los cereales, tienen ya categoría propia dentro de la cesta. Las croquetas listas para consumir, los purés y los platos preparados se incorporan igualmente de forma diferenciada, lo que da cuenta del auge de los alimentos ultraprocesados y de conveniencia en los supermercados. En el capítulo de bebidas, la modalidad Shandy —la cerveza con limón comercializada como Radler— aparece por primera vez de forma explícita, mientras que las bebidas vegetales como la leche de soja o avena obtienen su propia subclase, separadas del resto de los lácteos. Las bebidas isotónicas y energéticas también se desvinculan del grupo de los refrescos convencionales.

Por qué cambian las ponderaciones y quién lo decide

La actualización no solo afecta a qué se mide, sino a cuánto pesa cada cosa dentro del indicador global. Las ponderaciones del IPC se actualizan cada año a partir de los datos de la Encuesta de Presupuestos Familiares, que recoge en qué proporción gastan realmente los hogares españoles su renta disponible. Este ajuste continuo es clave para que el índice no quede desfasado respecto a la realidad. El mandato de revisión metodológica más profunda, el que afecta a qué artículos se incluyen y cómo se clasifican, llega de la Comisión Europea, que exige que todos los estados miembros actualicen sus metodologías de forma periódica para garantizar la comparabilidad entre países.

La nueva metodología incorpora también mejoras técnicas en la forma de capturar los precios. El INE ha adoptado el uso del web scraping —la extracción automatizada de precios directamente de páginas de internet— y ha ampliado el uso de los datos de ventas de las empresas. Estas herramientas permiten captar variaciones de precio con mayor frecuencia y precisión, reduciendo el margen de error en el cálculo final del IPC. Por primera vez aparecen en la cesta los anticonceptivos no orales, así como los geles hidroalcohólicos y los líquidos antisépticos para manos, productos cuyo consumo masivo se asentó durante la pandemia y no ha retrocedido a los niveles anteriores a 2020. 

Lo que el IPC dice sobre los hábitos de consumo en España

La foto que emerge de la nueva cesta es la de un país donde el protagonismo del gasto se ha desplazado de los bienes hacia los servicios. En 2026, la alimentación y las bebidas no alcohólicas siguen ocupando la primera posición dentro del IPC, con el 17,4% del peso total. Pero muy cerca ya se sitúan los restaurantes y los servicios de alojamiento, que alcanzan el 17%. El transporte y la vivienda —incluido el alquiler— completan los grandes pilares del índice. Esta estructura refleja que los hogares españoles destinan cada vez una proporción mayor de su gasto a servicios y cada vez menor a bienes manufacturados de consumo discrecional.

El contexto en que llega esta actualización es significativo. Los expertos económicos llevan tres años consecutivos subestimando el crecimiento real de la economía española, según el estudio anual Diana Esade, que mide la precisión de más de veinte centros de análisis nacionales e internacionales. En 2024, la diferencia media entre las previsiones y el crecimiento real del Producto Interior Bruto (PIB) fue de 1,4 puntos porcentuales; en 2025 se redujo a siete décimas. Una metodología estadística más precisa, que capture mejor los cambios en los hábitos de consumo, contribuye a que los modelos de previsión económica mejoren su exactitud y a que las decisiones de política monetaria —como las del Banco Central Europeo (BCE) sobre los tipos de interés— se adopten sobre una base empírica más sólida.

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