El colectivo de autónomos en España rozó los 3,5 millones de afiliados en junio de 2026, un 7,2% más que hace una década, según datos de la Asociación de Trabajadores Autónomos. El crecimiento en número convive con una transformación estructural: los autónomos extranjeros prácticamente se duplicaron, las mujeres ganan peso en el colectivo y la pluriactividad se dispara, mientras los autónomos con trabajadores a su cargo retroceden un 6,2%.
El colectivo de trabajadores autónomos en España alcanzó los 3.463.806 afiliados en junio de 2026, frente a los 3.231.941 registrados en el mismo mes de 2016, lo que supone un incremento del 7,2% en diez años, según los datos difundidos por la Asociación de Trabajadores Autónomos (ATA). Las cifras absolutas señalan crecimiento, pero el análisis desagregado revela una transformación mucho más significativa en la composición interna del colectivo: quién trabaja por cuenta propia en España ha cambiado de forma sustancial, y en qué condiciones lo hace también. El presidente de ATA, Lorenzo Amor, lo sintetiza con una frase que captura el cambio: «El perfil del nuevo autónomo en España ha cambiado profundamente en apenas una década».
De los más de tres millones de autónomos actuales, los clasificados como persona física —es decir, sin constituir sociedad— crecieron en 41.102 personas, un 2,1%, superando la barrera de los dos millones. Son este grupo y sus transformaciones internas los que ofrecen el retrato más detallado de cómo ha evolucionado el trabajo autónomo en España durante la última década. Los tres ejes de cambio más relevantes son la procedencia, el género y el tamaño de las unidades productivas.
Los extranjeros, del 9% al 17% del colectivo
El cambio más llamativo en la composición del colectivo es el protagonizado por los autónomos de origen extranjero. En 2016 representaban el 9% del total de autónomos persona física; en 2026 han alcanzado el 17%, con 342.919 afiliados. El crecimiento porcentual del 93,6% en una década equivale a 165.781 nuevos autónomos extranjeros, una cifra que prácticamente dobla la presencia de este grupo en el mercado de trabajo autónomo español.
Este aumento refleja tanto el crecimiento de la población inmigrante en España como la tendencia de una parte de esa población a optar por el trabajo por cuenta propia como vía de inserción laboral, especialmente en sectores de servicios con bajas barreras de entrada. La distribución sectorial refuerza esa lectura: casi el 75% de los autónomos persona física trabaja en el sector servicios, que creció un 4% en la década analizada, mientras que la construcción registró un incremento del 11,5%, otro sector con alta presencia de trabajadores de origen extranjero.
Más mujeres, menos hombres y más pluriactividad
El segundo eje de transformación es el de género. El número de mujeres autónomas aumentó un 10,4% en el periodo analizado, con 71.746 afiliadas más. En el mismo lapso, los hombres autónomos retrocedieron un 2,4%, con una pérdida de 30.644 afiliados. Como resultado, el peso de las mujeres dentro del colectivo de autónomos persona física creció casi tres puntos porcentuales en diez años, pasando del 34,7% al 37,5% del total. La tendencia apunta hacia una mayor paridad, aunque el colectivo sigue siendo mayoritariamente masculino.
El tercer fenómeno destacado por ATA es el de la pluriactividad, definida como la combinación de trabajo por cuenta ajena con una actividad por cuenta propia. Este perfil creció un 83,4% en la última década, pasando de 95.067 personas en 2016 a 174.380 en 2026, lo que equivale a 79.313 pluriactivos adicionales. La expansión de la pluriactividad refleja una tendencia estructural del mercado laboral contemporáneo: el trabajo autónomo ya no es necesariamente una opción exclusiva sino complementaria, una segunda fuente de ingresos que permite a los trabajadores diversificar su situación ante la precariedad de los empleos por cuenta ajena.
Autónomos más pequeños: menos empleadores y sin asalariados
El dato que más preocupa a los analistas del mercado laboral no es el volumen total del colectivo sino su capacidad de generar empleo, que ha retrocedido de forma significativa. Los autónomos persona física sin asalariados crecieron en 68.073 personas en una década, un 4,4%. En cambio, los autónomos con trabajadores a su cargo bajaron un 6,2%. Destaca especialmente el descenso de aquellos que hace diez años tenían un trabajador y ahora no tienen ninguno, un retroceso del 8,6% que apunta a un proceso de contracción del tamaño medio de las unidades productivas autónomas.
Esta evolución tiene consecuencias que van más allá del dato estadístico. El autónomo empleador es el eslabón que conecta el trabajo por cuenta propia con la generación de empleo asalariado en las pequeñas empresas, y su retroceso implica que el crecimiento del colectivo autónomo se produce principalmente en el segmento de los trabajadores individuales, sin capacidad de tracción sobre el empleo ajeno. El perfil que emerge de los datos es el de un colectivo más numeroso, más diverso en origen y género, más integrado en la pluriactividad, pero también más atomizado y con menor capacidad de crear tejido productivo que hace una década.