La fragilidad global y los desafíos de América Latina ante un 2026 de crecimiento débil

23 septembre 2025 - 15:01

El Foro Económico Mundial ha difundido un sondeo entre economistas de alto nivel que anticipa un 2026 marcado por un crecimiento frágil, perturbaciones persistentes y riesgos cada vez más visibles en las economías avanzadas. Para América Latina, las conclusiones del informe reafirman la sensación de vulnerabilidad frente a un orden internacional en transformación.

Tres cuartas partes de los especialistas consultados sostienen que la economía mundial se debilitará durante el próximo año. La lectura dominante es que los problemas ya no obedecen únicamente a los ciclos recesivos o expansivos habituales, sino que remiten a mutaciones más profundas que reconfiguran las bases mismas del comercio y de las finanzas internacionales. Entre esas mutaciones figuran el deterioro de las cadenas de valor, la incertidumbre fiscal y el peso creciente de la deuda, factores que golpean tanto a países emergentes como a naciones consideradas ricas.

El informe resulta revelador porque identifica a los mercados emergentes, en particular los asiáticos y algunos del Medio Oriente y del Norte de África, como motores residuales del crecimiento. Al mismo tiempo, subraya que China se encuentra en un escenario de debilidad estructural, marcada por deflación y un dinamismo que ya no corresponde a la potencia expansiva de décadas anteriores. Esta mezcla de impulso parcial y freno en el gigante asiático plantea interrogantes sobre la capacidad real del sur global de sostener la actividad mundial sin un acompañamiento vigoroso de las economías desarrolladas.

Europa concentra gran parte de las inquietudes. Cuarenta por ciento de los economistas prevé un crecimiento bajo, mientras la mayoría anticipa expansiones fiscales que apenas podrán suavizar un estancamiento prolongado. Estados Unidos tampoco ofrece un horizonte alentador. Más de la mitad de los encuestados espera un avance débil o muy débil, con inflación persistente y una política monetaria más laxa que no logra restaurar la confianza de los mercados.

El elemento novedoso está en el desplazamiento de las vulnerabilidades vinculadas a la deuda. Aquello que antes se atribuía de manera casi exclusiva a países en desarrollo aparece hoy en el corazón de las economías avanzadas. Ocho de cada diez especialistas advierten que los riesgos en esos países crecerán en 2026. La fragilidad fiscal se ubica entre los principales obstáculos para el crecimiento, con un 41 % de menciones en el caso de los países ricos frente a un 12 % en los emergentes. La inversión de papeles refleja un sistema financiero global tensionado hasta el punto de quebrar referencias históricas.

Para América Latina, el informe ofrece varias enseñanzas. Una de ellas es la persistencia de la dependencia respecto de la demanda externa y de los precios de las materias primas. La reducción de la inflación internacional ligada al abaratamiento de la energía concede un respiro, pero la volatilidad en alimentos y combustibles sigue golpeando con dureza a los sectores más vulnerables. Otra enseñanza es que la fragilidad de los sistemas fiscales limita la capacidad de los gobiernos para desplegar políticas contracíclicas sólidas. La presión social obliga a buscar recursos, y la deuda externa vuelve a ser tentación en un contexto de tasas internacionales elevadas y percepción de riesgo desfavorable.

El informe también sugiere que la región debe acelerar una diversificación productiva largamente postergada. Si el comercio internacional se fragmenta y las cadenas globales se reconfiguran, los países que no logren insertarse en nuevos circuitos tecnológicos o energéticos quedarán relegados.

El Foro no entrega pronósticos cerrados, pero sí emite advertencias que la región debe considerar con seriedad. Los riesgos fiscales en las economías desarrolladas pueden repercutir en los flujos de inversión hacia América Latina. La moderación del crecimiento en China reduce expectativas de demanda de materias primas. Y la incapacidad de Europa y Estados Unidos de sostener un dinamismo robusto limita los márgenes de negociación para países que requieren mercados abiertos y financiamiento estable.

El año 2026 se perfila como una etapa de transición hacia un orden económico más fragmentado y menos previsible. América Latina tiene ante sí la oportunidad de reforzar su autonomía fiscal, diversificar sus fuentes de crecimiento y construir consensos regionales que le permitan resistir mejor los impactos externos. Permanecer en la espera pasiva de los vaivenes internacionales equivale a perpetuar una vulnerabilidad que acompaña a la región desde hace demasiado tiempo.

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