El G20 desafía a Trump: un multilateralismo que resiste en tiempos de fragmentación

23 novembre 2025 - 07:00


El G20 celebrado en Sudáfrica aprobó una declaración final que reafirma el compromiso climático y el multilateralismo, ignorando la presión de Estados Unidos. La decisión refleja un momento de reacomodo global en el que ni Europa ni las potencias del Sur Global están dispuestas a renunciar a la gobernanza colectiva.

La cumbre del G20 en Sudáfrica terminó con un gesto significativo, ya que los líderes aprobaron una declaración final que mantiene las referencias al cambio climático, a la cooperación internacional y al marco multilateral pese a la presión de Estados Unidos y los esfuerzos de Donald Trump por limitar el alcance ambiental del documento. La fotografía resulta elocuente, pues la principal instancia económica global avanza en una dirección mientras Washington presiona en sentido distinto. El equilibrio internacional evoluciona hacia una fragmentación creciente, con dinámicas que se desarrollan a ritmos y objetivos que ya no coinciden.

En el contexto español, la decisión tiene implicaciones claras para la política exterior y el papel de la UE en la gobernanza global. La Unión Europea, enfrentada desde hace años a una creciente competencia estratégica y a un debilitamiento institucional interno, encuentra en el G20 un espacio donde todavía puede proyectar influencia. El respaldo colectivo al multilateralismo funciona como una defensa del propio proyecto europeo, basado en cooperación, reglas comunes y previsibilidad económica. Lo sucedido en la cumbre de Sudáfrica no queda relegado a un escenario ajeno, ya que intersecta directamente con el debate en el que Madrid y Bruselas articulan su política exterior.

El segundo elemento clave del documento es la cuestión climática. Mientras Washington resiste cualquier referencia a las mudanzas climáticas, la mayoría del G20 opta por mantener el consenso científico internacional. Esto implica reconocer que la transición energética no es una consigna ideológica, sino una realidad económica en proceso de consolidación. Para la economía española —altamente expuesta al cambio climático y dependiente de sectores como el turismo, la agricultura y la energía importada— mantener vivo el marco global es vital. El rechazo estadounidense muestra la persistencia de una fractura que no afecta solo al medioambiente, sino al modo en que se organiza el comercio internacional.

La posición de Sudáfrica como anfitriona introduce un matiz relevante, porque muestra hasta qué punto los países emergentes buscan influir en la agenda global. El Sur Global empieza a situarse como productor de orientaciones estratégicas y no únicamente como receptor de reglas ajenas. Este desplazamiento obliga a Europa a leer el mapa de forma menos complaciente. Los países africanos, latinoamericanos y asiáticos están construyendo un discurso propio que combina pragmatismo económico, reivindicación de soberanía y búsqueda de autonomía estratégica. En este entorno, el G20 se convierte en un laboratorio de nuevas alianzas transcontinentales.

El choque con Washington, sin embargo, no anticipa una ruptura definitiva. La cumbre pone de relieve algo más sutil, pues demuestra que el resto del G20 es capaz de avanzar incluso sin el consentimiento estadounidense. La gobernanza global ya no depende de un único centro de poder. El bloque de los dispuestos —Europa, Sudáfrica, India, Brasil y buena parte de Asia— demuestra que la cooperación puede sostenerse sin unanimidad absoluta. Esta dinámica abre oportunidades para actores medianos como España, que pueden ganar protagonismo si logran articular posiciones compartidas dentro de la UE.

El balance de la cumbre sugiere que la gobernanza global atraviesa una transformación profunda sin derivar hacia un vacío institucional. El multilateralismo se transforma, sobreviviendo incluso a la resistencia de una de las potencias que lo impulsaron originalmente. Para España, este movimiento refuerza la necesidad de una política exterior activa y una inserción estratégica en un mundo donde ya no existe un árbitro único, sino múltiples centros de gravedad.

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