Arequipa no recibe un congreso, sino a una memoria. La décima edición del Congreso Internacional de la Lengua Española (CILE) no solo ha elegido la ciudad natal de Mario Vargas Llosa como sede: la ha convertido en un espacio simbólico donde la lengua abraza al autor que la llevó a sus extremos más fecundos. A seis meses de su muerte, el homenaje reúne al rey Felipe VI, al ministro español de Cultura Ernest Urtasun, escritores de distintos países y a una comunidad iberoamericana que entiende que la literatura también es diplomacia cultural.
El acto no gira en torno al protocolo institucional, sino a la vigencia de una obra que atravesó fronteras políticas, identitarias y estéticas. Vargas Llosa no fue únicamente un novelista canonizado: polemista, lector universal, disidente sistemático, su relación con el español fue una forma de intervenir en el mundo. Por eso Arequipa no lo despide, lo reinscribe. Cada país representado en este encuentro no viene a rendir tributo, sino a reafirmar que la lengua es un espacio político y creativo que se sostiene en quienes la expanden con riesgo y belleza.
La presencia de Javier Cercas, Carlos Granés, Alonso Cueto o Soledad Álvarez da a este homenaje una proyección transversal: España, América del Sur y el Caribe reconstruyen, desde sus voces actuales, una genealogía literaria que no necesita uniforme ideológico para reconocerse como comunidad. Que Felipe VI participe no añade solemnidad: su presencia certifica que la cultura es, en el mundo hispánico, un vector de pertenencia más resistente que la diplomacia coyuntural.
Vargas Llosa encarnó algo que el CILE no puede ignorar: la lengua no es una institución, sino un territorio expandido por la imaginación y el conflicto. El escritor peruano discutió con su tiempo, con sus países y consigo mismo. Cambió de ideas sin renunciar al debate intelectual y defendió la literatura como acto de libertad. Esa tensión —entre tradición y crítica, pertenencia y ruptura— es la verdadera herencia que el Congreso debería asumir.
El homenaje en Arequipa ocurre en un momento en que el español vive simultáneamente una expansión demográfica y una fragmentación política. En este contexto, recordar a Vargas Llosa no es un gesto nostálgico, sino una forma de interrogar el presente: ¿cómo sostener una lengua común sin renunciar a su diversidad? ¿cómo evitar que la cultura se convierta en un dispositivo ornamental o en un campo de batalla ideológico sin lectura?
El Congreso no debería limitarse a la celebración. La obra del autor peruano, con sus controversias y su potencia narrativa, ofrece una brújula más compleja: la lengua es un espacio de desacuerdo creador, no un museo de consensos. Si Arequipa logra que este homenaje active esa discusión, el recuerdo se convertirá en horizonte.