Etapa intermedia (1920-1945): tiempos de consolidación
Durante las décadas de entreguerras, la inmigración árabe en América Latina cambia de ritmo y de forma. Ya no llegan solo pioneros con pasaporte otomano y un puñado de palabras en español. Ahora llegan familias con nacionalidades emitidas por Francia o el Reino Unido, en virtud de los mandatos que las potencias ejercen sobre el Levante tras el desmembramiento del Imperio Otomano. Los pasaportes son franceses para los sirio-libaneses y británicos para los palestinos.
Esta etapa se caracteriza por una mayor diversidad religiosa y regional. Los libaneses siguen siendo mayoría, pero se integran nuevos flujos: sirios cristianos que se asientan en Venezuela; palestinos, tanto cristianos como musulmanes, que llegan en mayor número a Colombia; drusos y ortodoxos que se instalan en ciudades costeras de Ecuador. Aun así, el modelo dominante continúa siendo el de la familia cristiana emprendedora, con origen en el Monte Líbano: austera, trabajadora y con una fuerte vocación mercantil.
Para mediados del siglo XX, el impacto humano de esta inmigración ya no pasa desapercibido. En Colombia, los hijos de inmigrantes empiezan a ocupar espacios cívicos y políticos, ingresan a la universidad, participan en la vida pública. En Venezuela y Ecuador, en cambio, los árabes más visibles en la cultura siguen siendo aquellos que vinieron desde Oriente Medio, y varios de ellos aún no habían echado raíces definitivas.
Una frase atribuida a Simón Bolívar ayuda a entender el contraste: Colombia es una escuela, Venezuela un cuartel y Ecuador un convento. El dicho, más simbólico que exacto, ilumina ciertos patrones. En Venezuela, marcada por su tradición militarista y caudillista, el ambiente no ofrecía a los hijos de inmigrantes condiciones favorables para una participación política temprana. En Ecuador, el choque entre clericalismo y liberalismo hacía del país un terreno inestable, especialmente para quienes venían de culturas distintas y trataban de ubicarse en el mapa. En cambio, en Colombia —con su relativa estabilidad política, su sistema universitario y su vida urbana más abierta— se dio una integración más rápida, y la segunda generación árabe ya comenzaba a dejar su huella.
La ósmosis cultural de esta etapa no fue simétrica. Los árabes incorporaron costumbres locales, adaptaron sus prácticas religiosas, aprendieron el idioma y establecieron vínculos con las élites comerciales criollas. Pero también dejaron huella: en el comercio minorista, en la gastronomía, en la lengua popular y, en algunos casos, en la política. Era una integración callada, más pragmática que ideológica, pero con efectos duraderos.