¿Qué quedó de los que llegaron con pasaporte otomano y un apellido extraño? ¿Cómo se funden las historias del Levante con las del Caribe, los Andes o el Magdalena? Esta serie propone recorrer, sin nostalgia ni cifras abrumadoras, el itinerario discreto pero profundo de la inmigración árabe en tres países andinos: Venezuela, Ecuador y Colombia. Un proceso de ósmosis más que de asimilación, donde lo árabe no se borró: se mezcló.
Desde los primeros sirios, libaneses y palestinos que bajaron de barcos en puertos menores a fines del siglo XIX hasta los descendientes que hoy son parte activa del tejido político, comercial y cultural, esta historia traza un mapa distinto. Ni épica ni victimismo: integración callada, persistente, familiar. Una travesía que va de la tienda ambulante a la alcaldía, del café con cardamomo al castellano costeño, del exilio al arraigo.
A lo largo de cinco entregas, esta serie firmada por Simón Alhué explora los orígenes, etapas y huellas de esa presencia árabe en tierras que un día también soñaron con una sola patria: la Gran Colombia. Aquí no hay centro ni periferia. Solo historias cruzadas por la necesidad, la adaptación y la memoria.
“¡Beduinos! al fin izamos la tienda / ofrecemos a esta tierra el grito de nuestros / caballos interiores…”, escribió Jorge García Usta.
La metáfora es física, pero describe bien lo que pasó: en la osmosis cultural, lo que se considera «menor» no desaparece, se mezcla. A veces, incluso se impone. Roma conquistó militarmente a Grecia, pero fue Grecia quien dejó huella en la cultura. Lo mismo podría decirse de ciertas migraciones, como la árabe, que con el tiempo se funden en el paisaje social sin perder del todo su aroma.
Cuando los primeros sirio-libaneses y palestinos llegaron al Caribe y los Andes hacia finales del siglo XIX, América Latina ya tenía medio siglo de independencia. Había repúblicas, banderas y constituciones. Pero seguía habiendo una memoria común que unía a Venezuela, Colombia y Ecuador: la de la Gran Colombia. A pesar de la fragmentación, estas tres repúblicas compartían una historia prehispánica y virreinal, una gesta independentista en común y un destino marcado por el mismo Libertador.
La geografía y los intereses económicos separaron aquel sueño bolivariano. Pero la cultura, los afectos y las necesidades —como veremos en esta serie— mantuvieron ese hilo entre los pueblos.
El inmigrante árabe, al llegar, no distinguía mucho entre estas naciones. Venía del Imperio Otomano, traía pasaporte otomano y era etiquetado como “turco”. Para muchos, América era una sola cosa: un lugar posible. Solo con el tiempo, sobre todo a partir de la segunda y tercera generación, sus descendientes se volvieron venezolanos, ecuatorianos o colombianos de cuerpo entero.
Estos inmigrantes llegaron en tres olas:
- La pionera (1880-1920), hecha de fundadores y comerciantes errantes.
- La intermedia (1920-1945), marcada por los Mandatos francés y británico tras la caída del Imperio Otomano.
- Y la contemporánea (1945-1990), atravesada por las guerras civiles del Líbano y los desplazamientos palestinos tras 1948.
Cada etapa no solo cambió el pasaporte que portaban, sino también el modo en que se relacionaron con su entorno.
Esta primera entrega busca situar el escenario: un trío de países que, sin ser destino prioritario, acogió a miles de árabes. Lugares donde la patria se buscaba aún y donde la voz de los recién llegados resonó, poco a poco, como parte de esa búsqueda.
En las próximas entregas, exploraremos cómo se asentaron, qué oficios ejercieron, qué tensiones vivieron, qué transformaciones provocaron, y cómo dejaron huella —a veces inadvertida— en las formas de hablar, de vestir, de comerciar, de creer y de narrar la vida en esta parte del continente.