Onetti, Roa Bastos y el poder de la palabra exiliada

14 juillet 2025 - 10:44

El 17 de noviembre de 1989, Juan Carlos Onetti escribió desde su rincón en Madrid un artículo breve y definitivo sobre Augusto Roa Bastos. Publicado en El País bajo el título Uno de los más grandes del castellano, el texto era mucho más que una reseña literaria: se trataba de un reconocimiento fraterno entre exiliados, un homenaje sin retórica al autor de Yo, el supremo, quien entonces vivía desterrado en Toulouse.

Onetti no recurría a elogios fáciles. Destacaba que Roa Bastos no había escrito, como tantos otros, “sobre un dictador latinoamericano”. Había hecho algo más radical y peligroso: se había convertido en el propio dictador, José Gaspar de Francia, para narrar desde sus huesos, sus miedos y sus delirios. “Así como un doctor Jekyll por voluntad y sin drogas”, escribía Onetti, en una de esas imágenes sencillas y demoledoras que tanto lo caracterizaban.

Ese artículo es también un retrato de la literatura latinoamericana como territorio de voces desplazadas. Habla de Roa Bastos, pero se lee como una especie de autorretrato: Onetti, uruguayo exiliado en España; Roa Bastos, paraguayo exiliado en Francia. Ambos expulsados de sus patrias, ambos sin renunciar jamás a la lengua y a la imaginación como único refugio verdadero.

Hoy, más de tres décadas después, esas líneas cobran una resonancia inesperada. Paraguay vive tiempos de búsqueda democrática, y Roa Bastos es estudiado como uno de los novelistas más audaces del siglo XX. Al mismo tiempo, Onetti se consolida como el gran escritor de la melancolía urbana y del desencanto latinoamericano.

Tal vez por eso conviene recordar esas palabras como un doble homenaje: al genio narrativo de Roa Bastos y a la mirada lúcida de Onetti, quien reconoció en su colega paraguayo no solo a un maestro del idioma, sino a un hombre que “recibe también la luz que se merece”.

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