Hans Christian Andersen, 150 años después: el alma del cuento sigue susurrando

03 août 2025 - 21:06

La muerte de Andersen en 1875 no cerró el libro. A 150 años de su partida, sus cuentos aún dialogan con la infancia, la pérdida y el asombro de generaciones enteras. En Dinamarca, y más allá, el legado del autor del “Patito feo” sigue reclamando un lugar en la conciencia cultural de Europa y del mundo.

Copenhague, 1875. El autor murió en una cama sencilla, tras años de fragilidad, en una casa prestada por amigos. No dejó herederos. Pero su legado traspasó las fronteras del tiempo y de los países. Hans Christian Andersen falleció hace exactamente 150 años, pero sus cuentos siguen respirando en las bibliotecas escolares, los relatos orales y las adaptaciones animadas que aún buscan en su obra una forma de belleza herida y de redención.

A Andersen se lo ha encasillado —y acaso disminuido— como autor infantil. Sin embargo, su poética trasciende la niñez. En muchos de sus relatos no hay moraleja, ni final feliz, ni lección edificante. Hay dolor, nostalgia, ternura, muerte, injusticia y transformación. Hay una mirada compasiva sobre lo pequeño y lo desechado. En “El soldadito de plomo”, el protagonista termina consumido por el fuego; en “La pequeña cerillera”, la muerte es el único consuelo; en “El patito feo”, la belleza nace de la diferencia, pero no sin pasar antes por la humillación.

Pocos escritores entendieron con tanta delicadeza las emociones de quienes habitan los márgenes: niños, objetos, animales, pobres, diferentes. Andersen fue, él mismo, un hijo del desarraigo. Nacido en Odense en 1805, hijo de un zapatero y una lavandera, creció entre cuentos populares, privaciones y sueños de grandeza. Su ascenso a la fama no fue inmediato: debió batallar con el prejuicio, la crítica académica y su propia inseguridad. Nunca se sintió plenamente aceptado por la élite danesa. Fue, como sus personajes, un forastero.

Pero su prosa —o mejor dicho, su arte de contar— resistió el juicio del tiempo. Andersen escribía para conmover, para decir sin solemnidad lo que el corazón sabe. Su estilo sencillo escondía una hondura simbólica que apenas requería adornos. En muchos sentidos, fue precursor de la literatura moderna: creó personajes sin destino heroico, relatos breves cargados de emoción, y una voz que se dirige con respeto tanto al niño como al adulto.

En este siglo de velocidad y saturación, recordar a Andersen constituye mucho más que un ejercicio nostálgico. Es una forma de preguntarnos qué lugar ocupa hoy la imaginación, qué valor le damos a la vulnerabilidad, y si todavía sabemos escuchar la voz temblorosa de quienes han sido relegados. Andersen escribió para aquellos que no tenían castillos ni coronas, pero sí un alma.

Dinamarca lo celebra con exposiciones, reediciones y homenajes. En América Latina, quizá la mejor forma de recordarlo sea volver a sus cuentos sin prisa, con los ojos limpios. Porque el alma del cuento —esa que susurra en la oscuridad de la noche, que acompaña en el dolor o ilumina un rincón olvidado— sigue viva, mientras alguien lea, o mientras alguien narre.

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