Desde Comalapa, un pueblo enclavado en el altiplano guatemalteco, vuelve a emerger la voz pictórica de la artista kaqchikel Ester Miza. Su nueva exposición, “Nunca más”, no solo es una muestra de arte: es un acto de memoria y un gesto de resistencia contra el olvido.
Miza, quien durante años mantuvo su obra resguardada del escrutinio público debido al clima de represión, retoma con fuerza una narrativa visual que confronta uno de los episodios más oscuros de la historia de Guatemala: el conflicto armado interno (1960-1996). La serie dramatiza, a través de trazos crudos y simbología indígena, las heridas abiertas de la guerra, las desapariciones forzadas, el dolor de las madres, la dignidad de las comunidades mayas y la necesidad de justicia.
Más que retratar escenas del pasado, Miza interpela al presente. Su pintura es testimonio, pero también demanda. Cada lienzo denuncia la impunidad estructural, al tiempo que rinde homenaje a las víctimas y eleva el arte como lenguaje de sanación colectiva.
En una sociedad donde el relato oficial ha intentado silenciar las voces indígenas, la obra de Ester Miza irrumpe como un grito desde abajo, pigmentado por la verdad popular. Su arte no busca el aplauso estético, sino el reconocimiento histórico.
Comalapa, donde se halló una de las mayores fosas comunes del país, no es solo escenario: es memoria viva. Y Miza, con su pincel, se convierte en cronista del trauma y la dignidad.