Una réplica a tamaño real del galeón español Espíritu Santo se convierte en la pieza central del nuevo Museo del Galeón de Manila, un espacio que revisita la ruta Manila-Acapulco y el alto coste humano de uno de los primeros grandes circuitos de la globalización.
Frente a la bahía de Manila se alza desde esta semana una imagen que parece llegada del siglo XVII: la réplica a tamaño real de un galeón español domina el nuevo Museo del Galeón, una apuesta cultural que busca contar la historia —y también las heridas— de la ruta marítima que unió Filipinas con América durante más de dos siglos.
El museo abrirá oficialmente sus puertas el 1 de mayo y su gran protagonista será el Espíritu Santo, un galeón construido originalmente en 1603 en Cavite, convertido ahora en símbolo de una época que conectó Manila con Acapulco y, desde allí, con Europa.
Durante más de tres siglos, entre 1565 y 1898, Filipinas fue colonia española y formó parte de una intensa red comercial transoceánica. Plata procedente de América llegaba a Manila y regresaba convertida en seda, porcelana, jade y otros productos de lujo procedentes de Asia. Fue uno de los primeros sistemas de comercio verdaderamente globales.
Pero aquella prosperidad tuvo un precio elevado.
Según los historiadores, miles de filipinos fueron obligados a trabajar en la construcción de los barcos o a embarcarse como marineros durante años, muchas veces bajo condiciones extremas. En algunos trayectos, uno de cada tres tripulantes moría durante la travesía, marcada por enfermedades, hambre y hacinamiento.
“El primer comercio global también fue una historia de explotación”, resume Manuel Quezon, director del museo, que insiste en que el proyecto no pretende idealizar la epopeya marítima, sino mostrar también la violencia colonial que la sostuvo.
El recorrido expositivo reconstruye 250 años de historia desde la perspectiva filipina. Los visitantes podrán recorrer las cubiertas del galeón, rodeados por una gran pantalla inmersiva que recrea cielos nocturnos y travesías oceánicas, además de contemplar piezas originales de la época, entre ellas fragmentos arqueológicos y objetos utilizados como contrapeso en las bodegas.
La construcción del museo, valorada en unos 16,5 millones de dólares, fue financiada principalmente por algunas de las familias más poderosas de Filipinas, después de varios intentos fallidos de conseguir respaldo público.
La réplica del Espíritu Santo, sin embargo, no fue levantada en madera. Las especies resistentes utilizadas en los galeones originales prácticamente han desaparecido. El nuevo barco fue construido con fibra de vidrio y materiales sintéticos, aunque respeta fielmente el diseño y las dimensiones históricas.
Más que nostalgia colonial, el museo busca abrir una conversación sobre memoria, identidad y herencia compartida entre Asia, América y Europa.
Porque detrás del brillo de la plata y las sedas, también viajaban el desarraigo, la muerte y una forma temprana de globalización que cambió el mundo.