Diálogo de culturas y miradas cruzadas entre mundos lejanos (XI)

27 juillet 2025 - 13:26
Foto reciente de alumnos del colegio San Maron, fundado en Buenos Aires por la mision maronita a comienzos del siglo XX

Foto reciente de alumnos del colegio San Maron, fundado en Buenos Aires por la mision maronita a comienzos del siglo XX

En América Latina, las primeras generaciones de inmigrantes árabes lucharon por preservar su lengua materna en tierra ajena. Fundaron escuelas, contrataron maestros y transmitieron costumbres. Pero con el tiempo, el árabe fue cediendo terreno. Esta es la historia de una transmisión interrumpida, de un idioma que resistió lo que pudo, entre tensiones de integración, fe y olvido.

Los primeros inmigrantes árabes establecidos en América Latina se esforzaron por enseñar a sus hijos el idioma árabe. Como esto no era viable en las instituciones públicas supervisadas por el Estado, fundaron escuelas privadas con el objetivo de transmitir su legado cultural y lingüístico a sus descendientes, aunque el proceso fue largo y con resultados dispares.

Las primeras escuelas árabes surgieron en los países que recibieron mayores flujos migratorios. Entre ellas figuran la Escuela Libanesa (1900) y la Escuela Siria (1902), ambas en Buenos Aires; la Escuela Flor de la Beneficencia en Río de Janeiro (1907); y la Escuela de Lengua Árabe de Santiago de Chile (1917).

Salvo en los primeros años, estas escuelas rara vez atrajeron a los hijos de inmigrantes. Las razones fueron diversas: falta de interés, escasa utilidad percibida del idioma o la dificultad de compaginar la educación local con las clases adicionales. Algunas familias con mayor poder adquisitivo contrataban profesores particulares de estas instituciones. Sin embargo, incluso en esos casos, aprender árabe no era considerado prioritario. Una argentina de ascendencia árabe, perteneciente a este estrato social, comenta respecto a su madre: “Ella llamaba a un profesor de árabe sólo para prestar un servicio a un pobre hombre de la colectividad. El árabe era, a los ojos de los argentinos, la lengua de los turcos. Valía más ignorarlo” (Abou, Salim. Le Liban déraciné).

Así, el idioma árabe se convirtió, paradójicamente, en un factor que obstaculizaba la anhelada integración en la sociedad. La única excepción notable al desinterés generalizado fue la de algunos musulmanes practicantes, quienes vinculaban el cumplimiento de sus obligaciones religiosas —como la oración, uno de los cinco pilares del Islam, que requiere el uso del árabe— al conocimiento de esta lengua.

Este desinterés progresivo condujo a la desaparición paulatina de muchas de estas escuelas. Sólo sobrevivieron aquellas que adoptaron el currículo del sistema público del país receptor, como el Colegio San Marón de Buenos Aires, que además abrió sus puertas a alumnos sin ascendencia árabe. En estos casos, sin embargo, el árabe se enseña como una asignatura secundaria. También persistieron centros dependientes de instituciones religiosas, que ofrecían clases nocturnas dirigidas principalmente a adultos, muchos de ellos sin raíces árabes.

En la actualidad, la transmisión del árabe a las nuevas generaciones de esta diáspora sólo parece mínimamente asegurada en la denominada Zona de la Triple Frontera (Argentina-Brasil-Paraguay), donde la inmigración árabe ha sido más reciente. Allí, comunidades musulmanas han establecido escuelas y centros religiosos que desempeñan un papel activo en la preservación del idioma.

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