La imagen del árabe en América Latina ha mejorado paulatinamente, gracias a factores sociales, políticos y económicos:
– En el plano social, la graduación universitaria de los descendientes de árabes y su incorporación a la vida profesional como cuadros cualificados facilitaron vínculos más estrechos con sus colegas de trabajo, lo que en muchos casos desembocó en enlaces matrimoniales. El porcentaje de matrimonios fuera de la comunidad árabe aumentó notablemente. Algunos jóvenes universitarios de origen árabe contrajeron matrimonio con personas de la alta sociedad. Cabe señalar, sin embargo, que hasta bien entrados los años sesenta del siglo XX, la mayoría de los casamientos mixtos fueron protagonizados por varones.
– En el plano político, la afiliación a partidos fortaleció el proceso de integración, sobre todo al ocupar los descendientes de árabes cargos de máxima responsabilidad. De este modo, el origen árabe dejó de ser un obstáculo para obtener votos y alcanzar triunfos electorales.
– Desde la economía, el éxito de muchos comerciantes y empresarios árabes, que lograron amasar fortunas y generar empleo, contribuyó a desmontar los prejuicios del pasado. Quedó sin fundamento la antigua propaganda según la cual el objetivo del árabe era explotar los recursos del país y marcharse.
Todo lo anterior favoreció una transformación profunda en la percepción pública. El término “turco”, que durante mucho tiempo tuvo una carga peyorativa, empezó a perder esa connotación. Algunos personajes públicos de origen árabe incluso lo adoptaron como apodo, de forma voluntaria.
Este cambio de imagen motivó, sobre todo a partir de la tercera generación, un renovado interés por la historia y la civilización árabes. Movidos por el deseo de reconectar con sus raíces, muchos comenzaron a estudiar el árabe, a visitar las tierras de sus antepasados, e incluso a buscar en ellas una futura esposa.
Algunos artistas y escritores de origen árabe convirtieron en protagonista de sus obras a un miembro de su comunidad, como un gesto de memoria y reivindicación. Ejemplos de ello son los argentinos Juana Dib y Jorge Asís; los brasileños Yamil Mansur y Salomón Jorge; y el chileno Mahfud Massís.
Lo mismo puede decirse de grandes autores latinoamericanos que, en sus novelas, retrataron al inmigrante árabe o a su descendiente como símbolo de honestidad, laboriosidad e integración, o como víctima de una injusticia social. Basta citar, entre otros:
– Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez;
– Gabriela, clavo y canela, de Jorge Amado;
– El señor presidente, de Miguel Ángel Asturias;
– Cuentos de Eva Luna, de Isabel Allende.
Esta figura también ha estado presente en algunas telenovelas de amplia audiencia. Es el caso de la serie mexicana Los Plateados (2006), emitida por varias cadenas en España y América Latina, donde el personaje árabe aparece con rasgos de nobleza, sacrificio o marginalidad, insertado plenamente en el tejido social.