Cuando comenzó la emigración árabe a Las Américas a caballo entre los siglos XIX y XX, llegar a ese continente se transformó en una obsesión juvenil. El éxito de los pioneros tuvo un eco multiplicado en la tierra natal. Por medio de cartas que cruzaban el océano, los emigrados compartían con familiares y amigos aventuras, hallazgos y relatos seductores, avivando así los sueños de quienes ansiaban labrarse un futuro mejor. Aunque el anhelo era compartido, la emigración resultaba ardua: las restricciones de ciertos países latinoamericanos obstaculizaban el camino, negando a los árabes los privilegios que sí tenían los europeos.
Dichas restricciones contribuyeron, en gran parte, a decidir el rumbo de flujos migratorios que recibió este continente desde la segunda mitad del siglo XIX. Los únicos exentos de dichas limitaciones eran los europeos. Según las leyes de migración latinoamericanas, sólo ellos estaban capacitados para contribuir al desarrollo anhelado. Los intelectuales latinoamericanos de la época, defendieron con ardor esta tesis. Juán Alberdi señala al respecto: “…Europa nos ha traído la noción del orden, los principios de la civilización cristiana. La Europa pues nos ha traído la patria, si agregamos que nos trajo hasta la población que constituye el personal y cuerpo de la patria”.
En esas fechas, Europa atravesaba momentos políticos y económicos muy delicados, lo que contribuyó al notable incremento del número de emigrantes. En el aspecto político, los hechos más trascendentes fueron: la desaparición del Reino de Nápoles, las Guerras Carlistas en España, las revueltas de Alemania que ponían en peligro su unidad nacional, las sublevaciones de Hungría y de Polonia y las guerra austro-prusianas y franco-prusianas. Desde el punto de vista económico, como consecuencia de la Revolución Industrial, el número de parados en la Europa industrializada llegó a cifras desconocidas hasta entonces. Gran cantidad de los desocupados, tanto en las ciudades como en los campos, encontraron en la emigración una solución a sus miserias: América era la salvación.
Las zonas europeas que no conocieron los desajustes de la Revolución Industrial, y sí los efectos del subdesarrollo y la pobreza, suministraron también cuotas elevadísimas de emigrantes; es el caso de Nápoles, Sicilia y Calabría en Italia o Andalucía y Galicia en España. Entre 1860 y 1910, el número de europeos, en su mayoría mediterráneos, que llegó a América Latina, superó los 6 millones.
En contraste con los europeos, los emigrantes árabes (igual que los emigrantes chinos), fueron considerados de raza inferior. Se hizo todo lo posible para obstaculizar su llegada. En algunos países se hablaba del peligro de mezclarse, mediante casamientos mixtos, con algunas minorías como la árabe o la china (ambas consideradas de raza amarilla). Se decía que el mestizaje puede producir deformaciones fisiológicas.
Continuará