En conversación con Miquel Echarri, en el diario El País, el director de cine franco-griego, Costa-Gavras ha reflexionado a sus 92 años sobre su trayectoria vital y su pasión cinematográfica, pero también sobre la política y el mundo. Su autobiografía da cuenta de la historia de un extranjero que al llegar a Francia se sintió tratado, por primera vez, como el ciudadano de una democracia y no como el súbdito de un Estado policial.
Para el cineasta, Donald Trump es la personalidad que mejor define esta época, también nota que la izquierda francesa, inmersa en una deriva ridícula, ha sido incapaz de construir una propuesta razonable mientras que la derecha, en su peor versión, está cerca de alcanzar el poder a través de un joven radical e ignorante, sin formación ni educación. Pero no solo la democracia francesa está en peligro, también lo está la democracia occidental. Y este declive tiene que ver, entre otras cosas, con el hecho de que se ha perdido la capacidad de diálogo. Hoy 24 recupera las reflexiones más notables de quien se dice es el padre del cine político.
Hace 25 años Costa-Gavras se definía como un optimista cauto y un escéptico, lo sigue siendo. Todavía se indigna cuando lee el periódico y no ha caído en la resignación, cree en la posibilidad de cambio y aún parece confiar en la capacidad transformadora de la juventud más progresista, sensata y razonable.
En sus inicios, cuenta, estuvo vinculado a cierta izquierda intelectual francesa, aquella que rechazaba la tiranía estalinista y soviética, marcadamente distinta de la intelectualidad burguesa de la Sorbona que hacía turismo revolucionario ingenuo.
Sus amigos no eran dogmáticos. Uno de ellos fue el notable intelectual Jorge Semprún, quien fuera expulsado del comunismo español y a quien Costa-Gavras parece recordar con enorme afección. De hecho, ya no hará una película sobre la guerra civil española, el franquismo y la transición. ¿Por qué? Porque planeaba hacerla con Semprún y sin él eso ya no es posible, ha explicado.
Su filiación política se mantiene un poco escorada a la izquierda pero no muy lejos del centro. Le gusta escuchar a todo el mundo, sopesar las razones de unos y otros y tomar sus propias decisiones, defiende. Ha procurado no ser un dogmático y no perder la capacidad de pensar por sí mismo y de seguir escuchando. Pero la izquierda política lo ha decepcionado. Aun así, simpatiza con el activismo progresista y con aquellos que están comprometidos en la lucha contra el cambio climático, el racismo y el populismo identitario, también con quienes están a favor de cierta equidad.
En Francia ha pasado la mayor parte de su vida y ve con perspectiva crítica la deriva de la izquierda francesa actual, tan diferente de la izquierda que, con sus aciertos y errores, logró un impacto positivo sobre la cultura y el clima de convivencia. Entre tanto, la derecha radical está cerca de llegar al poder, liderada por un joven radical de 30 años, Jordan Gardella, sin estudios ni cualidades intelectuales o humanas de ningún tipo, más allá de su oportunismo y su falta de escrúpulos, precisa. Costa-Gavras nota que la izquierda francesa tiene parte de culpa en este desastre porque no ha sido capaz de articular una alternativa sensata, progresista y humana.
A su juicio, hoy no solo peligra la democracia en Francia, la democracia en todo el mundo occidental está en peligro. “Nuestra incapacidad para el diálogo está destruyendo la democracia que es el mejor instrumento de convivencia en libertad que hemos sido capaces de crear, pasamos de las ideas del diálogo a la religión del dinero y el éxito”. Los parlamentos han dejado de ser espacios de intercambio libre de ideas y deliberación, el ágora, hoy son escenarios de confrontación agresiva y esos nuevos espacios de interacción social, como Internet, coadyuvan al aislamiento y a la radicalización y a hacer que nos respetemos cada vez menos unos a otros, analiza.
“Donald Trump, siento decirlo, es la personalidad que mejor define nuestra época”, opina. Observa como el político estadounidense ha demostrado que no necesita dialogar con nadie, transigir con nadie, ni respetar ninguna regla para hacerse con todo el poder en una democracia de 300 millones de habitantes. Hace lo que le apetece, sin inhibiciones ni límites, subraya.
La perfecta metáfora de esa anomalía política que es Trump es ese vídeo en que se muestra a sí mismo, en un avión, bombardeando con excrementos a quienes se manifiestan en su contra, reflexiona el cineasta. ¿Hay algo menos democrático que un presidente que detesta a todo el que no le secunda y además presume de ello?, cuestiona.
Al ser consultado si acaso Trump y su imagen de tirano pueril, envilecido por su vanidad y egolatría, no merece una película, Costa-Gavras ofrece una respuesta demoledora y zanja el asunto indicando que Trump es un ejemplo de la banalidad llevada al máximo, pero resulta demasiado atroz e inverosímil como para dedicarle una película, ni siquiera existe la posibilidad de parodiarlo porque él ya se parodia a sí mismo.