En tiempos donde la cultura se convierte en campo de batalla simbólica, el 46.º CineFestival de San Antonio, celebrado del 9 al 13 de julio, ofrece una respuesta silenciosa y contundente: más de 90 películas, la mayoría con sello latinoamericano, que narran desde dentro historias de identidad, resistencia, trauma y celebración. Organizado por el Guadalupe Cultural Arts Center, este festival no es solo una vitrina de cine, sino una trinchera para la memoria y la visibilidad.
Entre los títulos destacados figura “Selena y Los Dinos”, documental dirigido por Isabel Castro, que reinterpreta la figura de la estrella tejana a través de material de archivo y testimonios familiares. La cinta, que ya fue premiada en Sundance y adquirida por Netflix, no se limita a la nostalgia: rescata la dimensión íntima, social y cultural de Selena como símbolo de una generación bicultural. La misma generación que hoy vuelve a mirar a su ídolo desde otro lugar: con conciencia política y orgullo identitario.
También resonó con fuerza el documental “Uvalde Mom”, que narra el acto de coraje de Angeli Rose Gómez, madre que entró a rescatar a sus hijos durante el tiroteo en la escuela primaria Robb Elementary. Rodado con sensibilidad y enfoque comunitario, el filme de la directora Anayansi Prado convierte el dolor en relato de dignidad, en una América Latina que también es Texas, y donde las balas a menudo son más rápidas que las reformas.
El festival, que también acogió ficciones, animación y cine experimental —como “Carnalismo”, “Hola Frida” o “Mad Bills to Pay”—, confirma que el cine latino en Estados Unidos ya no es un apéndice, sino un cuerpo propio, con voz y mirada. Las historias cruzan fronteras nacionales, de género, de clase. Hablan en spanglish, en imágenes de archivo, en acentos diversos. No buscan explicar lo latino a los demás, sino contarlo entre nosotros, con nuestras contradicciones y nuestras luces.
La elección de sedes como el Carver Community Cultural Center o SAY Sí refuerza ese enfoque comunitario: el festival no ocurre en las alturas académicas ni en circuitos de élite, sino en espacios habitados por los públicos que se ven reflejados en la pantalla. De ahí su impacto, su cercanía, su potencia narrativa. Y de ahí también que muchas funciones hayan sido gratuitas o de acceso popular.
En un año donde los discursos antimigrantes resurgen en todo el continente, el CineFestival de San Antonio recuerda una verdad olvidada: el arte no necesita pasaporte. Las historias contadas por y para latinos en EE.UU. son también parte del patrimonio cultural de América Latina. Y cuando se proyectan con libertad, permiten una forma de justicia simbólica: la de ser vistos, la de contar lo que otros prefieren callar.